La monumental instalación del artista brasileño Ernesto Neto en el histórico y emblemático monumento parisino del Panteón, en París, tuvo lugar entre septiembre y diciembre de 2006. Esta muestra estuvo enmarcada en dos importantes acontecimientos: por un lado, formó parte del 35º Festival de Otoño de París, tradicional evento multidisciplinario en el que las diversas artes se dan cita en esa ciudad y, por otra parte, en la reapertura del Panteón, luego de veinte años de cierre al público.
A través del deseo de reavivar y dar a conocer el patrimonio nacional, el Estado francés apoyó el proyecto de Neto. En efecto, este edificio resguarda la memoria histórica y lo más fecundo de la intelectualidad francesa, pues las tumbas de las más importantes figuras políticas y culturales, comenzando por Napoleón, pasando por Voltaire, Rousseau, Víctor Hugo, Alejandro Dumas, y 72 personajes más, se hallan en el Panteón. Finalizada su construcción en 1790, bajo el mandato de Luis XV, el Panteón fue reformulado arquitectónicamente, para cumplir su función actual, entre 1791 y 1793. Es un edificio monumental, de gran altura y abundante luminosidad. En este contexto, se levantó Leviatán. Thot, una gigantesca escultura-instalación blanda y orgánica, de enormes proporciones, fascinante por su presencia invasiva que se mueve pendularmente por las cuatro naves que estructuran el edificio. Fascinante también por el enorme desafío a la escala que implicó la realización de esta magistral obra. En efecto, la parte más alta de Leviatán Thot, situada bajo las cúpulas, es de 60 metros e implicó cerca de 2.000 m2 de tela.

Como Leviatán, monstruo bíblico marino, conocido por su monumentalidad, ferocidad y capacidad de “retorcerse” y “enroscarse”, esta pieza colgaba sostenida por arneses en diversas alturas y formas, tornándose una propuesta participativa de fuerte intensidad para el espectador, pues despertó sus sentidos del tacto, de la vista y, por supuesto, de su ubicación espacial frente a lo monumental. Al mismo tiempo, esta voluptuosidad orgánica destacaba por su equilibrio, visto de diversas maneras: en su interrelación con el espacio arquitectónico y en el equilibrio entre el peso y la levedad. El uso alternado de arena y de pequeñas bolitas de poliestireno dentro de las telas hizo efecto de balanza y permitió jugar con las alturas. Neto realizó una repartición equilibrada de las formas a lo largo y ancho de las naves, así como de los materiales. Ello hizo que esta instalación tuviese a su vez otra dualidad: ni era móvil ni tampoco era completamente estática. Sencillamente, parecía pendular o moverse muy ligeramente según el movimiento del aire. Estos aspectos, aunados a la altura y al peso que se sentía encima del espectador, creaban una enorme tensión. Otras formas caían a ras del piso o colgaban a la altura del espectador, tornando habitual su presencia.
El carácter material, volumétrico y blando de la obra tenía enorme sensualidad. Fragmentos de cuerpo, bultos, estiramientos que semejaban “ligamentos musculares”, aperturas, masas caídas, son algunas de las cualidades que hacen de esta instalación una obra “antropomorfa”. Este “cuerpo espacial”, como lo denomina el artista, contrastaba con la verticalidad y el raciocinio de la arquitectura en que se encontraba, adquiriendo, por oposición y por sus formas, connotaciones simbólicas tanto femeninas como masculinas. Contener elementos duales es significativo en esta pieza, porque ella es pesada y liviana; inmóvil y potencialmente móvil; simbólicamente femenina y a la vez masculina. Cualquiera de estas acepciones no impiden sin embargo, sentirla como una obra que implicó para el artista uno de sus mayores desafíos: hacer que un espacio preestablecido y demarcado como el monumento del Panteón se vuelva el cuerpo mismo de su obra. Pese al compromiso adquirido con las instancias oficiales, Neto creó en ese lugar una de las obras más complejas, que será determinante y referencial en su trayectoria artística: creó a escala monumental un sistema de formas y de relaciones de fuerzas, en el que el equilibrio era impecable y a la vez era propiciador de un juego de tensiones, que producían, simultáneamente, una alarmante inestabilidad. Y a la vez, una obra absolutamente carnal, sensorial, e incluso, en cierto modo, erótica.

La voluptuosidad de las formas no parece casual. No sólo es distintivo en la trayectoria de Neto (desde las piezas a menor escala con medias de nylon hasta las diversas ambientaciones que ha realizado) sino desde el concepto mismo de la modernidad brasileña. La “antropofagia” como idea asoma en este caso, como la manera de “devorar”, “invadir”, no sólo ese espacio, sino una cultura heredada de Europa. Pero sucede que Francia restituye ese espacio al público invitando a un artista brasileño a realizar esta importante intervención. Es un reconocimiento al “otro”, entendiendo este hecho como creación de un espacio posible para la diversidad cultural.
En medio del Panteón está el péndulo de Foucault, oscilando según el paso gravitacional de la Tierra, constatación material y visible del equilibrio. Leviatán Thot le seguía el ritmo, inmóvil y silente.
SUSANA BENKO
Investigadora de arte. Coordinadora Editorial de ArtNexus en Venezuela. Gerente de Museología del Museo Alejandro Otero y miembro de AICA.

