La exposición personal de Ángel Delgado (La Habana, 1965) en la Galería Nina Menocal de la ciudad de México muestra el giro de una poética sostenida por el residuo testimonial de lo autobiográfico.Como un productor visual de la experiencia, Ángel Delgado toma distancia de su tiempo para fabular desde otro espacio ajeno a los traumas insulares. La resistencia a la política cede su protagonismo a la resistencia al mercado. Por ello, se mantiene la fidelidad a materiales efímeros como el jabón de lavar o íconos relacionados con la privación de libertad, como las esposas metálicas para maniatar detenidos.
En Constancias (noviembre de 2006 - enero de 2007), la crónica visual del encierro ordinario se reemplaza por una reflexión acerca de la prisión existencial o castigo que sufren los hombres incompletos. Al desmarcarse de lo puramente anecdótico, Delgado prescinde de oficiar como narrador-voyeur del presidio a la manera de Carlos Montenegro en Hombres sin mujer (1938) o de Reinaldo Arenas en sus memorias póstumas (1990). El jolongo, la requisa y la cordillera (traslado repentino de una cárcel a otra) se traduce en la angustia por una falta de libertad mayor: la imposibilidad de cambiar la vida. Los perdedores sociales se transforman en esa “memoria acumulada” dispersa en la quietud de hombrecillos atrapados entre viejos periódicos que representan la circularidad de la historia. Entre el acontecer y el olvido, su futuro inmediato consistiría en el anonimato de una reescritura histórica que los excluye de sus anales.

Sujetas a los hilos invisibles de la estructura dominante, estas marionetas de jabón representan la cosificación humana anticipada por George Orwell en su novela 1984. Es decir, se reproduce la tragedia donde las personas sin derecho a elegir acaban relegadas al estatus de no-personas. Si en la prisión concreta los reclusos tienen que hacerse los duros para sobrevivir, en las galeras imaginarias no hay esperanza de redención alguna. La dimensión abstracta que prevalece en estos objetos e instalaciones reivindica la desesperanza que generó la poética de Ángel Delgado en los años noventa. Fuera de los muros de cal que nublan la vista de sus inquilinos, el muro formado por un retablo de seres-ovejas corporiza la ironía de la metamorfosis. De la absurda rebelión a la orgánica sumisión, ya no tiene sentido evocar la escena de un desesperado inyectándose petróleo en una pierna para ganarse unos días en la enfermería de la prisión. Muros (2006) es una pieza que sintetiza los procesos de renuncia en las sociedades de control. Bajo esta premisa simbólica, se pierden los episodios reales en nombre de abstracciones derivadas del orden hegemónico imperante.
Dentro de este ámbito fantasmal, se aprecia un contrapunto entre las pompas de jabón como signo de limpieza y el vacío generado por su desaparición. La instalación Con el agua al cuello son unas carretillas llenas de agua en las que flotan cabezas humanas hechas con jabón. Su matiz procesal reside en la documentación fotográfica de los personajes, hasta quedar sumergidos en una especie de suicidio colectivo. Sin aludir al encierro literal, las carretillas-celdas ilustran otros muros de agua donde otros sujetos pretenden escapar hacia la nada. Estas imágenes carentes de identidad terminan colgadas de la pared de la galería como emblemas de un vía crucis creíble por el hecho de ser increíble. La sutileza alegórica de esta pieza confirma que el dramatismo de las historias reales no es un salvoconducto para la factura del buen arte. Con el agua al cuello (2006) es un síntoma de esta paradoja de la complicidad entre el arte y la vida.
Constancias es el reverso de la historia de su creador. Aquí el tema del control y la vigilancia no constituye el centro de atención que provocó el encarcelamiento del artista por defecar encima de un periódico Granma en 1990. Ésta es la causa de que el efecto de esos archivos infinitos pueda detectarse en cualquier lugar del planeta. El Mito de la Isla como prisión perfecta se desvanece ante un extraño gavetero donde podrían guardarse llaves, cerrojos o sistemas de alarma. Ángel Delgado ha logrado traspasar el suceso biográfico que un día lo apartó de los suyos para articular ficciones universalmente locales. Esta vez la fría manipulación de los signos se impone a la calidez de las vivencias compartidas. Al crear una atmósfera regida por la paranoia globalizada, su discurso postestimonial alcanza a respirar como forma entre barreras virtuales, como ideas donde se torna complicado percibir el comienzo o el fin de los límites.
HÉCTOR ANTÓN CASTILLO
