Un beat abstracto recorre toda la exposición. (Tal vez beat es una palabra que delata mi edad. Es probable que hoy ese impulso rítmico se nombre de otra manera). Celebro la presencia de lo abstracto de nuevo en el arte, porque lo abstracto al fin es ritmo, presente en la escritura, en la fotografía, en un pedazo de mancha, en la arquitectura, en toda nuestra vida. Celebro la aparición de lo abstracto porque a veces tanta información, tanto relato, nos separan de esos mundos más atávicos -¿animales?- a los que sólo se llega siguiendo un beat; se llega a través de la música.
En la exposición de Ana Laura Aláez, el ritmo crea su propia arquitectura: a veces el “paseante” de esta Arquitectura de sonido, el nombre de la exposición, se sorprende con ciertas cavernas donde el sonido se concentra. Cavernas rojas, triangulares ojivas, amplificadores con cuerpo. A veces sigue la luz azul del piso.

Y es que hay que detenerse en el piso inclinado que construye definitivamente un espacio independiente al del museo. Muchos artistas lo han hecho antes: me acuerdo de Louis Bourgeois o de Carlos Capelán, quienes crearon celdas y living para separar de manera ritual sus referentes; para darles la importancia que se merecen frente a La Historia Oficial, consagrada por la institución de “lo artístico”.
Es difícil encontrar un espacio más independiente de la vida cotidiana que una discoteca. Cuando recorrí la exposición estaba llena de gente joven. La música invitaba a recorrerla despacio. La exposición definitivamente los conectaba con sus experiencias.
Celebro en esta exposición también las fotografías. Bambi y Afraid to be in love (la feminidad y su extrema fragilidad en dos situaciones diferentes). Void (una mujer decidida a crear su propio dispositivo de mirada). Pink Room (el video de la mujer ensimismada en sus cambios de atuendo, esa primera capa de la seducción). Pero, sobre todo, dos de ellas llamaron mi atención: Shiva y Venus. Me interesaron por varias razones: porque el escenario para la mirada es muy complejo —como la mirada femenina sobre si misma—, y además, porque el desnudo permite hacer toda clase de vínculos con el erotismo, con la historia de los artistas clásicos y con los estudios de la naturaleza.
Frente a estas dos grandes fotografías recordé la idea que exploró Amelia Jones sobre Cindy Sherman. Plantea que las mujeres se miran a sí mismas siendo miradas. En estas fotografías se crea un dispositivo complejo, como dije anteriormente: la artista misma, una mujer joven, desnuda boca abajo sobre un espejo redondo, con las piernas levantadas, una posición que anula la racionalidad y es abierta al juego. La piel perfecta. La piel como luz (un beat abstracto. Me acuerdo de los desnudos de las pinturas barrocas que entre otras cosas, ampliaban la luz de las velas en los espacios cortesanos). Está desnuda pero no completamente, porque el dispositivo que crea para mirarse siendo mirada tiene elementos que, en parte, la cubren: escultóricos labiales y polvos de colores.
Amelia Jones nos dice que la mujer pasa por tres actos femeninos con respecto a la mirada. Uno indiferente, pasivo; otro más activo y perverso, cuando crea todas las condiciones para ser mirada como quieren los hombres mirar, o, para decirlo de otra manera, como la cultura quiere ver a la mujer. Es decir, satisfaciendo el deseo cultural, la artista se convierte, ella misma, en lo más deseable posible y crea un escenario para capturar la mirada. Es un comportamiento cercano a los dispositivos biológicos de las flores. El tercer acto es una mirada activa en el cual la mujer propone cómo quiere ser mirada. En esta exposición, las dos últimas actitudes se dan en un mismo escenario, que atrapa la mirada de un espectador que quiere ser seducido y, a la vez, la seducción es la propuesta.
Las mujeres se miran a sí mismas siendo miradas, pero también se miran a sí mismas, miradas por sí mismas, en un espejo y en la intimidad de su propio espacio. En Shiva, un pedazo de ciudad se refleja a través de la ventana, y se refleja invertida. El espejo y el espacio personal y secreto, una mirada tautológica. A veces el espíritu de las ciudades contemporáneas no está en sus calles, como parece, sino en sus espacios íntimos que permiten desplegar una alquimia secreta.
Celebro las obras de arte que pueden reactualizar los mitos. Venus como la diosa del conocimiento a través de los sentidos; Venus como una manera de explorar la naturaleza. Por el momento, el contexto que permite que una Venus se construya a sí misma, por lo menos es un indicador de una generación de mujeres post- hipi, menos culposa de ser bellas y menos interesada en asumir roles de tanto peso.
La seducción es subversiva. Es anti-institucional, antitrabajo de 8 horas diarias. Es el olvido de todo, excepto del cuerpo o de uno mismo. Es el imperio de las posiciones “inútiles”. Es un espacio que le da voz a “la figura”, no al discurso. Es subversiva porque puede ser un mundo, aquel de Baudelaire y de Matisse, de “lujo, calma y voluptuosidad”.
NATALIA GUTIÉRREZ
