Galicia fue durante los siglos XIX y XX una de las fuentes principales de la emigración española a América, hasta el punto de que en Argentina, adonde emigraron cientos de miles, el gentilicio gallego llegó a ser sinónimo de español. Y aunque también emigraron en buenas cantidades a Cuba, Puerto Rico y Venezuela, los organizadores de esta nueva edición de la bienal de la ciudad gallega de Pontevedra decidieron centrarse en la relación de Galicia con los tres países del Cono Sur, Argentina, Chile y Uruguay, que fueron el destino de sus más importantes flujos migratorios en los siglos mencionados. Y decidieron, además, hacerlo en el marco de un proyecto curatorial diseñado por la historiadora del arte argentina Victoria Noorthoorn y centrado más en la actualidad que en la historia de los vínculos que la emigración estableció entre Galicia y esos países.

De allí que, con una par de excepciones notables, los 29 artistas incluidos en ella, realizaron piezas e intervenciones que dan cuenta tanto del hecho de que quienes ahora emigran son los habitantes del Cono Sur y no los gallegos, como del contexto de globalización económica mundial en el que está ocurriendo esa inversión del sentido de los flujos migratorios que unieron a esos países. El otro aspecto importante de la estrategia adoptada por Victoria Noorthoorn consistía en impedir que la conciencia de la realidad efectiva de la emigración se redujera a su cálculo y documentación positiva, sino que se abriera a aproximaciones alegóricas o metafóricas de la misma, capaces de poner en evidencia sus dimensiones biográficas, culturales, psicológicas e imaginarias. Y proponerla, incluso, como uno de los nombres del régimen de desplazamientos y mutaciones sin fin al que estamos todos sometidos en una sociedad tan líquida como la actual.

En este sentido, la figura del artista y teórico del arte Luis Camnitzer resulta crucial, por cuanto su biografía es un excelente ejemplo de la trashumancia más que la emigración pura y simple. Camnitzer nació en 1937 en Lübeck, Alemania, y emigró con sus padres a Montevideo, Uruguay, donde se formó y en donde vivió antes de trasladarse en 1964 a Nueva York, donde actualmente vive, realizando, además, un trabajo con fuertes vínculos e implicaciones internacionales. En el Pazo de Cultura, una de las tres sedes de la bienal, Camnitzer montó una pieza muy poderosa, consistente en un árbol caído, con las raíces al aire y el tronco enteramente recubierto de lápices amarillos de mina de carbón. Las ramas, en cambio, estaban dibujadas sobre el muro contiguo, en un gesto que vendría a completar la tesis implícita en esta pieza: la fuente del arte es el desarraigo. Del árbol, del lápiz, del artista.

La uruguaya Cecilia Vignolo apuntó igualmente hacia el simbolismo de la emigración mediante una instalación articulada por una maleta abierta y puesta en el suelo, donde ella se ovilló desnuda y cubierta apenas por una sábana durante varias sesiones de cuatro horas de duración cada una. Una videoproyección realizada directamente sobre la pared duplicaba la imagen de la artista en la maleta, subrayando así la posible asociación de tal imagen con ideas como provisionalidad, mudanza interminable y viaje perpetuo. Y el argentino Roberto Jacoby radicalizó hasta bordear la metafísica la pregunta por lo que la emigración supone de cambio de terreno, con un dispositivo espacial titulado Darkroom III, en el que el espectador era sometido a una ceguera total, desde la que escuchaba relatos cortos, leídos por media docena de artistas. La experiencia intentaba poner a prueba nuestra capacidad de formar imágenes, inclusive en la más completa oscuridad.

De ida y vuelta
El otro grupo importante de la bienal lo formaron los artistas que se apuntaron a una estrategia de ida y vuelta, como los ritmos musicales que nacieron en Cádiz, fueron a La Habana y regresaron transformados a Cádiz, durante el dominio español en América: artistas como la chilena Josefina Guilisasti, que expuso un conjunto de piezas, cada una de las cuales era un gran bastidor apoyado directamente contra la pared, con el lienzo sin imprimatura, en cuyo tercio superior había pintado un cacharro o un objeto cotidiano, copiado con total fidelidad de distintos cuadros de Fernando A. de Sotomayor, un pintor gallego que ejerció un importante magisterio en la Academia de Bellas Artes de Santiago de Chile, entre 1908 y 1915.

Los argentinos Daniel Juglar y Judi Werthein optaron, en cambio, por una táctica más provocadora. Juglar compuso una suerte de enorme lámpara de araña —que también podía imaginarse como una red— con rosarios de cuentas de plástico de un verde chillón. Pero la evocación del mestizaje y la hibridación que sufrieron en América Latina los símbolos de un catolicismo como el español —cuya capital espiritual, Santiago de Compostela, está situada justamente en Galicia—, se hizo aún más clara en la intervención de Judi Wertheim. Ella diseñó una virgen de rostro y cuerpo indios y la proyectó de noche y durante la inauguración de la bienal, sobre las aguas del río de Pontevedra. Durante el resto de la bienal, y en sala donde se exhibía documentación de otros proyectos de la artista –estuvieron a disposición de los visitantes unas estampitas de esta Virgen de los que regresan, impresas con el mismo patrón con el que suelen imprimirse las auténticas estampitas de la Virgen.
Pero quien realmente batió el récord de la provocación fue el uruguayo Mario Sastre, con una serie de videos audaces y desenfadados. Sastre, que vive y trabaja actualmente en Madrid, ha optado por encarnar como personaje al videoartista latinoamericano internacionalmente famoso e interpretarlo directamente con humor, ironía o sarcasmo en unos videos que se apropian descaradamente de la estética del videoclip o, si se prefiere, de la estética entre psicodélica y pop de MTV.

Sólo que sus videos, así como su propio personaje, parodian tanto el discurso europeísta acuñado por las clases dominantes del Cono Sur en las pretendidas épocas de esplendor de esos países como sacan a la luz el fondo de violencia y tremendas desigualdades ocultas por el deslumbrante envoltorio mediático de la globalización. Desvelan, también, las miserias ocultas en la actual promoción del arte latinoamericano en Europa.

Historias olvidadas
El viaje de ida vuelta adquirió acentos dolorosos y hasta trágicos en las obras de artistas como la chilena Nury González y la argentina Ana Gallardo. La primera construyó dos instalaciones: El mercado negro del jabón y Sic transit. La primera dedicada a reconstruir el itinerario de sus abuelos españoles desde cuando al final de la Guerra Civil se refugiaron en Francia, regida primero por el mariscal Petain y luego por los nazis, antes de hacerlo definitivamente en Chile. Y la segunda, el propio itinerario que siguió la artista para recuperar la ciudadanía española, una operación muy frecuente hoy entre los descendientes de emigrantes europeos que habitan en los países del Cono Sur. Pero fue Ana Gallardo la que mejor o, por lo menos, de la manera más elegíaca cerró el ciclo de la ida y la vuelta. Su obra consistió en una videoinstalación con aspecto de sala de estar de una casa de clase media, presidida por un receptor de televisión en el que se proyectaba un video, donde sólo se veía a Eduardo Gallardo. Gallardo es el tío de Ana, tiene 78 años de edad y hace 52 abandonó su Granada natal para emigrar a Rosario, Argentina. Su sobrina le propuso, entonces, que reconstruyera los lugares donde transcurrieron su infancia y su juventud, y con esos relatos, indicaciones, esquemas y dibujos viajó a Granada y grabó en video aquello en lo que aquellos lugares se habían convertido medio siglo después. Y lo que se veía en el video era a Eduardo Gallardo viendo, en el salón de su casa en Rosario, el video que había hecho su sobrina en la ciudad a la que él jamás había vuelto. Conmovedor.

El cupo gallego
Vari Caramés fue probablemente el único de los ocho artistas gallegos representados en esta bienal que abordó directamente el tema de la emigración, ya no de los suyos, como antes dije, sino de los suramericanos en general y de los magrebís, subsaharianos y gentes de la Europa del este, que durante la última década han elegido a Galicia —y al resto de España— como el país donde realizar los sueños y las ambiciones, cuya posibilidad les niegan sus respectivos países de origen. Expuso un conjunto de fotos de color que documentan los aspectos menos visibles pero ciertamente más polémicos y deprimentes de estas nuevas diásporas. El resto de sus compañeros de cupo presentaron obras que, aunque no carecían de interés, sólo se conectaban de manera muy elíptica con el tema de la emigración y sus imaginarios. E igual les ocurrió a otros artistas latinoamericanos participantes, como fueron los casos de Ricardo Lanzarini, Marina de Caro, Marco Maggi, Eduardo Basualdo, Pablo Chiuminatto o Bernardo Oyarzum.
*Fotos de Xenaro M. Castro.
CARLOS JIMÉNEZ
Escritor y crítico de arte, curador independiente.

