Después de casi un siglo de su aparición como el más revolucionario discurso estético después del impresionismo (y compitiendo desde la segunda década del XX con el cubismo y el dadaísmo, —avenidas todas que rompen con los cánones establecidos desde el Renacimiento), la abstracción continúa manifestándose y reinventándose en todas partes del mundo con fuerzas y originalidad impresionantes. ¿Será una reacción a que estemos bombardeados diariamente en la televisión, el internet, el cine y los billboards por billones de imágenes figurativas/realistas/surrealistas, y que tanto los artistas como el público quieren ser exponerse y entrar en mundos totalmente secretos (que pueden comunicar desde la paz y el misticismo hasta violentos “juegos” que invitan —a “los iniciados”— a ver sus luchas interiores como lo hizo Pollock)? O, ¿será que la abstracción, aunque puede tener unas fuerzas/energías enormes, y crear verdaderas complicidades, no te obliga a “ver”/”leer” una historia, y puede ser muy atractiva/conveniente como decoración inofensiva en espacios como oficinas, bancos, hoteles, etc., ya que no ofenden a nadie, como lo pueden hacer un desnudo, un Cristo crucificado o un momento histórico? No lo sé. Lo que sí es obvio es que en Puerto Rico se continúa haciendo una abstracción admirable que incluye desde Maestros que están pintando y esculpiendo desde los 50, como Julio Rosado del Valle hasta jóvenes con enormes talentos (como Ricardo Ávalos, Boricua Rivera y Melvin Martínez).

Recientemente se presentó una excelente exposición de pinturas abstractas de Wilfredo Chiesa en la Galería Biaggi-Faure de San Juan. Esta exposición, junto a la que la siguió inmediatamente (una hermosa exposición de otro refinado pintor abstracto de la misma generación de Chiesa: Jaime Romano), demuestran claramente que éste es un discurso vivo y sin límites, tanto en una pequeña isla como Puerto Rico como en las capitales más atrevidas del mundo.
Chiesa, que pertenece a la segunda generación de abstractos puertorriqueños (a la primera pertenecen artistas como Julio Rosado del Valle, Luis Hernández Cruz, Noemí Ruiz, Rolando López Dirube; en la segunda —que ya tienen más de 50 años— encontramos, entre muchos, a Roberto Bonilla Ryan, Julio Suárez, Jaime Suárez, Melquíades Rosario Sastre, Carmen Inés Blondet, Rafael Rivera Rosa y el ya mencionado Jaime Romano), titula su exposición Lumina porque en ella va a darnos una valiosa clase (ésa no era su intención, ya que Chiesa es un artista verdaderamente humilde) sobre el uso de la luz en su discurso geométrico/minimalista.
En Lumina, este consecuente creador de elegantes y enigmáticas obras que nos han venido intrigando por más de tres décadas (que vive en Boston, donde es profesor de pintura en la Universidad de Massachussets, Boston) expone una serie de pinturas donde reafirma, con madurez y nuevas libertades, el estilo que lo ha definido siempre: composiciones donde protagonizan los arcos y los rectángulos, donde los pone a interactuar, a jugar, y que nos pueden hacer pensar en algunos fragmentos de los planos de la construcción de iglesias y catedrales románicas, góticas y renacentistas, con los cuales el pintor decide “divertirse”. Pero en este discurso hay una visión muy personal de la pintura abstracta en sí, en el uso del espacio, el color y la luz, en traducir una visión estética y existencial que comparten cuatro amigos-artistas abstractos muy unidos (Luis Hernández Cruz, Julio Suárez, el fenecido Marcos Irizarry y Chiesa), que Hernández Cruz resume señalando “que el arte es metáfora de la vida, de la Tierra y del Universo”.
Quizás los constantes juegos de arcos y espacios rectangulares sean para Chiesa una metáfora de los pasos/andares/sueños/pruebas de la vida y de los momentos que tenemos que parar y aceptar las limitaciones, las fronteras, los límites. Quizás quien mejor ha podido capturar esta visión es su íntimo amigo Julio Suárez (compañero de estudios y de aventuras por muchos años y también pintor abstracto extraordinario), cuando hablando de su propia obra también se está refiriendo a Chiesa: “En cada cuadro que yo pinto, en cada pintura, ahí lo que está, por más simple que sea, es todo lo que yo he aprendido hasta ese momento, lo que yo he vivido hasta ese momento. Cada sentimiento representado en mis obras es una iluminación que no se puede decir con palabras, y por eso necesito visualmente”.
Usando colores sobrios/elegantes, combinándolos con gran magisterio, y construyendo refinadas tensiones y armonías, el artista logra, en cada obra, un juego geométrico de luz y misticismo. Tal parece que Chiesa se ha dejado llevar en un fascinante viaje laberíntico y quiere compartir con el público algunas “entradas” y algunas “salidas” donde la luz nos arma de fuerzas para cuando tengamos que confrontar las oscuridades, los precipicios, las caídas.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
