El juguete favorito de niños y adolescentes varones hace unas décadas fue un kit de piezas metálicas, tornillos y poleas, ejes y herramientas llamado Mecano. En la época en que las computadoras y los juegos digitales no existían. Los jóvenes pasaban horas construyendo plataformas, vehículos y juegos mecánicos hechos con una serie limitada de elementos prefabricados pintados de colores llamativos. La creatividad del juego propiciaba la imitación y la invención de aparatos que se acercaban a las máquinas y procesos industriales. La destreza manual se unía a la capacidad de imaginar movimientos y ensambles proveyendo un grado de satisfacción ante el desafío de la complejidad.

La era del juego mecánico con materiales tangibles ha dado paso a otra en la que los lenguajes textuales, icónicos y virtuales desarrollan habilidades más comunicacionales, menos fabriles, más interpretativas que manuales. Este cambio tanto en las disciplinas laborales como en las actividades lúdicas refleja la era en la que vivimos, vinculada por decenas de dispositivos informáticos, que separan a los individuos de la experiencia con la tercera dimensión, las materias y los procesos de construcción y ensamblado, estas últimas características del capitalismo fordiano que inició con el siglo XX.
La propuesta artística de Ricardo Rendón constituye un regreso a esas no tan añejas formas de construcción de la realidad material, que a pesar de la era informática, siguen siendo el sustrato primario de las ciudades, de los edificios y de la construcción de espacios físicos. La albañilería, un oficio que ha marcado el desarrollo de la humanidad y del pensamiento (recordemos que la masonería fue un movimiento filosófico que apreciaba la capacidad constructiva humana y la consideraba una fuente de vinculación gremial), sigue siendo una tarea que jornada tras jornada transforma el mundo en el que vivimos, ya sea levantando monumentos impresionantes o resolviendo las necesidades más básicas del ser humano.
Por tales motivos, y debido a una progresión lógica de su trabajo objetual, Ricardo Rendón ha decidido centrar su producción artística exclusivamente en las técnicas de albañilería tradicionales, en sus herramientas más características (históricamente, son las mismas que se han usado por siglos) y sus destrezas más básicas. A partir de la experiencia con estas la obra de Rendón se ha transformado, de ser un simple ensamblaje de cascajo y residuos materiales (obras que realizó al concluir sus estudios en La Esmeralda hace pocos años) hasta convertirse en objetos que tienen dos vertientes: son ensamblajes que crean una sintaxis de formas equilibradas (como el caso de los picos metálicos unidos en un mango de madera, semejando formaciones naturales que recuerdan agaves) o son materiales residuales que han sido elegantemente reunidos en formas sólidas; tal es el caso de tres cubos de acrílico que contienen viruta de madera, pedacería de materiales varios o costras de yeso y pintura, respectivamente.
La obra de Rendón se revela como una meditación sobre lo manual y el oficio, que hoy día son revaluados por el arte como una reacción crítica a la excesiva virtualidad de los soportes electrónicos y como reconsideración del oficio, que fuera tan caro a la creación de arte moderno. El artista, que se ha dedicado al aprendizaje de la albañilería y puede cubrir sin problema alguno un muro con tirol (la mayoría de nosotros fracasaría desde el momento de preparar la mezcla correcta de cemento, cal y agua), intervino una de las paredes de la galería con una capa bien aplicada de cemento gris, algo francamente atractivo como muestra del oficio, y totalmente inexpresivo.
Se puede decir que la obra queda como una demostración de las posibilidades del material y su manejo, una forma de redefinir al arte como técnica pura (tekne). Rendón, como el jugador de Mecano, es el ejemplo del homo ludens que experimenta con materias y formas para reunir los conocimientos de una práctica, sin rasgos simbólicos, que lo acercan a la estética minimalista de las esculturas de Carl André o Richard Serra, con la diferencia de que en su obra la mano y la herramienta demuestran el ingenio y la estética de la labor manual.
JOSÉ MANUEL SPRINGER
