Raúl Vásquez tiene una larga trayectoria en el arte panameño contemporáneo, dentro del cual ha desempeñado un rol valioso como creador, pensador y catalizador para el desarrollo de la expresión artística de todo un grupo de pintores de su región. Nació en 1954 —y aún vive hoy en día— en la legendaria Villa de Los Santos, una pequeña ciudad en la península de Azuero, sobre el lado pacífico de la República de Panamá, una región principalmente agrícola y ganadera que Vásquez ha descrito como “bella, mágica y cargada de historia”.

Vásquez tuvo sus primeras exposiciones a fines de los años setenta y a lo largo de una carrera exitosa como pintor ha tenido más de una docena de muestras individuales en Panamá y en el exterior. Es un hombre enigmático y rebelde, cuyo estilo artístico emana en gran parte de un proceso autodidacta, quien ha enriquecido sus conocimientos a través de la lectura continua y la experimentación con el arte. Sin embargo, vale notar que, en la secundaria fue estudiante y amigo del pintor panameño Juan Manuel Pérez, quien había estudiado arte en México y que luego fue profesor en la Escuela de Bellas Artes de Chitré, donde tuvo una influencia importante en los pintores de la región azuerense. Además, siendo aún joven, Vásquez tuvo la oportunidad de pasar algunos meses como estudiante becado en Florencia y luego en la ciudad de México. A Vásquez, en su rebeldía, no le interesó nada del arte tradicional que vio en Italia, pero en México sintió que “vibraba con el arte y las raíces de ese pueblo”. Esta conexión se refleja en su lenguaje pictórico, que está vinculado con el arte de los indígenas de América, y también con la pintura de maestros mexicanos como Fernando Toledo y Rufino Tamayo.
En su mundo creativo, Vásquez se nutre de las tradiciones panameñas, el arte precolombino, los dibujos prehistóricos y el arte aborigen australiano. De igual manera, ha influido en su modo de pintar su práctica del chamanismo, con su profundo interés por la presencia de lo ancestral y lo espiritual en todos los aspectos de la naturaleza. Muestra preferencia por las tonalidades terrosas o pétreas, junto con los colores fuertes, y la mayoría de sus lienzos se caracteriza por superficies de textura áspera y arenosa, en las que el artista raya líneas y formas con profundidad física. En esos ambientes ricos en materia, Vásquez inserta elementos del mundo natural, a veces dibujados de la manera más esquemática, junto con signos y formas simbólicas como espirales, cruces, flechas y círculos.
En sus obras más recientes exhibidas en la Galería Habitante, Vásquez se dio la libertad de presentar objetos poco usuales, que dan la impresión de ser talismanes, elementos con significados mágicos que sólo podemos intuir. La muestra incluyó cocos pintados, caparazones de tortugas dibujados y el cuero de un lagarto intervenido; pequeñas esculturas de piedra, arena y ladrillo; y tallas en madera con aplicaciones y pintura en técnica mixta. Si alguna vez su pintura pareció chamánica, en esta exposición la impresión es absoluta, pues todas las piezas comunican un sentido intenso de misterio y primitivismo. Se trata de un Vásquez maduro creando objetos que parecen salirle del alma, quien deja a un lado el lienzo tradicional, ese cuadrilátero que por su forma parece destinado a decorar. Las piezas en esta muestra hablan más de creencias profundas y de una conexión esencial con la naturaleza y el cosmos.
Con tallas y trazos sencillos, Vásquez representa animales como manta rayas, pescados, pájaros, chivos, búhos, grillos y hormigas, todos ellos con ojos penetrantes, depositarios de una fuerza primigenia. Hay personajes extraños, como una culebra-venado, un duende de ojos verdes y brujos cuyas formas están rayadas sobre la superficie de un coco o un trozo de madera vieja. Los objetos parecen hallazgos que invitan a un análisis antropológico, por la manera en que entrelazan el lenguaje simbólico con la manualidad rústica. En su Venus de La Espigadilla, Vásquez da fe de sus conocimientos de la historia del arte con la figura de una fémina en un pedazo de madera de bordes desgastados y curvos. La Espigadilla es un lugar cercano a la Villa de Los Santos, sugiriendo —al estilo de las Venus primitivas— un hallazgo prehistórico sobre territorio panameño. La impresión visual que causan la Venus y otras piezas resulta más intensa por la incorporación de clavos de hierro en sus perímetros. Aunque inicialmente puedan parecer superfluos, a nivel de significado, estos clavos ordinarios se dejan interpretar como dolorosos símbolos de la invasión de lo industrial en el mundo natural.
Aunque el catálogo reproduce una dedicatoria firmada por el gran pintor Francisco Toledo, ésta es la muestra en la que Vásquez más se ha alejado de la influencia de la escuela mexicana en sus obras. En esta etapa de plena madurez, Vásquez logra crear un conjunto de obras refrescantes y genuinas, con mensajes transmitidos en un idioma inocente y primitivo que inevitablemente toca la fibra espiritual de hasta el más escéptico espectador.
MÓNICA E. KUPFER
