En reconocimiento a sus aportaciones a la plástica mexicana, realizadas en el transcurso de una larga y prolífica trayectoria artística, se presentó a manera de homenaje póstumo la muestra titulada Raúl Anguiano, 1915-2006.
Albergada en siete salas expositivas del Antiguo Colegio de San Ildefonso, la exposición se compuso de un total de 122 obras —entre dibujos, grabados y pinturas—, producidas por quien fuera miembro fundador del Taller de Gráfica Popular.
El interés principal de la retrospectiva, que abarcó el extenso período de 1919 a 2005, residió en el hecho de haber ofrecido una enriquecedora e inédita visión de conjunto de la actividad creadora de Anguiano, ya que incluyó no sólo trabajos representativos de sus distintas etapas, sino también una cantidad considerable de obras antes desconocidas por el público, en virtud de su procedencia de colecciones particulares nacionales e internacionales.

De ahí que el espectador haya tenido la oportunidad de aproximarse al universo de preocupaciones formales y de contenido del artista jalisciense, quien, tal como evidenció esta muestra, transitó por derroteros que no se limitaron al de la característica imaginería indigenista que le confirió un lugar destacado entre los últimos exponentes de la Escuela Mexicana de Pintura.
Así, la exposición antológica —que permaneció abierta de mayo a agosto pasados— constituyó un revelador itinerario por la producción plástica de Anguiano, que, de acuerdo con la curaduría de Beatriz Vidal de Alba, estuvo organizado cronológicamente y a través de núcleos temáticos.
El primero de ellos dio cabida a una serie de dibujos infantiles que ponen de manifiesto la temprana aptitud del autor en esta disciplina (Artista de cine, h.1919, lápiz sobre papel), así como a varios trabajos resultantes del estudio de la pintura en su natal Guadalajara (Joven desnudo, 1931, óleo sobre tela; Cabeza de muchacho, 1931, óleo sobre cartón).
El recorrido prosiguió con las obras plasmadas por Anguiano luego de su establecimiento en la ciudad de México. Los cuadros de este período indican el interés del artista por el fenómeno urbano de la industrialización y sus protagonistas, los obreros, recreados con trazo monumental (Fundición, 1934, y Fábrica, 1935, acuarelas sobre papel).
El apoyo a la lucha obrera y campesina, principio inherente al Taller de Gráfica Popular, es expresado por el creador en pinturas de compromiso social explícito (Manifestación de mujeres indígenas, 1937, óleo sobre tela), pero también en un grupo de litografías que capturan con soltura la picardía del pueblo (No te arrugues cuero viejo, que te quiero pa’ tambor y Por eso los hacen pandos, porque los montan tiernitos, ambas de 1939).
Asimismo, la vida cotidiana de las clases populares de la capital del país deviene para el dibujante en motivo de construcción, con base en un lenguaje figurativo de fluidez dinámica y matiz expresionista, de escenas circenses, de carpas y de prostíbulos (La madame, 1936, gouache sobre papel; La carpa, 1937, óleo sobre cartón).
Se concedió después especial atención a los cuadros reunidos en torno del núcleo temático “Retrato. Metáfora de la forma”, en virtud de dos consideraciones: la importancia de la obra de Anguiano en el retrato moderno de México y la consistencia de su producción en este género, dentro del cual pintó óleos de excelente factura, recogiendo imágenes de parientes (Flor de pato, 1942) y de mujeres famosas de la época (Retrato de María Asúnsolo, 1942; Desnudo de Pita Amor, 1948-1950).
A continuación se expusieron lienzos que dan cuenta de otro tipo de retrato, a saber, el que se abisma en el alma del pueblo, sea en su dimensión trágica (Campesino asesinado, 1953), en su honda religiosidad (Cristo milagroso, 1959) o en sus festividades (Carnaval de Veracruz, 1957).
Si en tales trabajos se descubre que Anguiano no era ajeno a las lecciones del expresionismo, el guión expositivo aludió también a la influencia sobre él ejercida por otras vanguardias, en particular la del surrealismo (La llamada del instinto, 1942, y Caín, 1943, ambos óleos sobre tela).
Los dos restantes núcleos temáticos de la exposición versaron sobre la producción más conocida del artista. Por una parte, su incursión en el muralismo, ámbito en el cual se desempeñó hasta el final de su vida. Al respecto, se incluyeron La batalla entre guerreros mayas, 1964, pintura mural sobre madera —restaurada ex profeso para esta muestra—, y bocetos sobre papel de murales como El hombre, la palabra y la técnica, 1998, y La Creación, 2001.
Por la otra, “Intermedio con los lacandones” congregó sus emblemáticas creaciones referidas al entorno selvático, la vida diaria y las costumbres de la etnia chiapaneca, entre las cuales figuraron los óleos Lacandones asando monos sarahuatos (1950), El matapalo (1951), y el que acaso sea el más célebre de todo su legado, La espina (1951).
Desde esta amplia perspectiva otorgada por el discurso museográfico, la obra de Raúl Anguiano emerge como una sucesión de poéticas realistas siempre remisoras al manejo depurado de la línea. Mientras que sus murales, configuraciones geométricas impresas de movimiento, acusan una clara continuidad de forma y fondo con respecto a los postulados dictados por Rivera, Orozco y Siqueiros, su pintura de caballete recoge un lenguaje más personal que, liberado de los imperativos del contenido sociohistórico, se explaya en la retratística con elocuente sobriedad clasicista. Por último, su perseverante exploración de paradigmas identitarios se traduce en una vigorosa estética de lo popular y lo indígena, signada por una plasticidad al servicio de un profundo sentido de asombro y celebración.
ARGELIA CASTILLO
