Caos es el título de la reciente individual pictórica del artista Oscar Oiwa (São Paulo, 1962), que se expuso del 4 de octubre al 4 de noviembre último, en la Galería Thomas Cohn.
La actual producción de este artista brasileño, de raíces niponas, radicado en Nueva York, consiste en un combate centímetro a centímetro con el descentramiento, la expansión, y la movilidad de los registros icónicos a los que acude, para hacer ostensible que la exhibición de esa misma lucha cuerpo a cuerpo con la pintura puede convertirse en un estado impasible.

Situándose, pues, en ese umbral intraspasable, Oiwa afronta de lleno la tarea de concretar imágenes postapocalípticas, es decir, vedutas o panorámicas sombrías de un después del después, que enfatizan los conceptos de ruptura, discontinuidad, no sólo históricas, sino también, espaciales, temporales y existenciales, para jugar a cerrarse a sí mismo todas las puertas de la representación icónica tradicional. De tal suerte, nos da a ver el espectáculo de la pintura como artificio, simulacro y metaficción, pero siempre basándose en algún tipo de referente documental o anclaje histórico, generalmente, extraídos de fotografías de grandes catástrofes, las cuales parafrasean la historia del siglo XX y XXI, inventariando todos los discursos de la modernidad y tardomodernidad que congrega, declamando irónicamente sus retóricas, para luego pulverizarlos, reduciéndolos a la nada. Con su magistral calidad técnica, las diferentes posibilidades de la pintura se dan cita en polípticos gigantescos, poniéndolas al alcance de nuestros ojos, en una sumatoria de pequeñas muertes y resurrecciones. Sus actuales obras ponen en evidencia la manipulación de tácticas opuestas, de lenguajes entrecruzados, superponiendo la función representativa y el carácter de la pintura que representa y la pintura que se somete a juicio constantemente.
Obras como Apartamento, Casa de la Cascada, Corporación, Coliseum, Casa polar y Escaleras parecen atacadas por un quiebre esencial, una fisura radical que es, sin lugar a dudas, una exploración del espacio polidimensional, hasta ahora nunca vista desde los trabajos pioneros de Roberto Matta.
Con fuerte acento narrativo, en un clima paradójicamente patético y enfriado, en virtud del uso de una paleta mental, contenida, de valores muy bajos, con iluminaciones de blancos en puntos certeros y toques sectorizados de color atmosférico, Oiwa plantea en Caos una suerte de retrospectiva paródica y cínica, para dejar al desnudo las insuficiencias de nuestra propia cultura en un mundo crecientemente globalizado.
Se puede interpretar este reciente corpus de obras como una doble estrategia de ida y vuelta, como una forma de docto escepticismo y, también, de desmantelamiento de todo tipo de logocentrismos.
A partir de su formación de arquitecto, el artista hace añicos la convención pictórica, sustituyendo la imagen originaria por cúmulos de huellas manipuladas técnicamente a través de operaciones de encuadre, display, reducción, introducción de entramados laberínticos, aplanamientos, infiltraciones variadas de la condición fotográfica de la imagen, hiperrealismo, cómic, con lo cual dichas pinturas de portento resultan atravesadas por una irrealidad irónica y falsamente mecánica.
Y así, traslada al óleo, con obsesiva meticulosidad collages fotográficos, que él mismo construye, a partir de recortes de diarios y revistas, como ocurre en Apartamento, que conciernen a un presente ominoso vivido en primera persona. Se trata de imágenes apropiadas que, en su origen, carecían de toda pretensión estética, y que estaban allí para dar cuenta de un acontecimiento luctuoso, como el terremoto de Kobe (Japón), acaecido en 1996. He aquí también una suerte de matizado compromiso emocional y la catarsis de identificación con uno de sus temas predilectos: el de la muerte y la resurrección en una ecuación que es totalidad de sentido.
Según palabras del propio artista, esta obra retrata el orden existente dentro del caos y cómo lo absurdo, trasladado a otro contexto, se vuelve perfectamente aceptable. Oiwa prosigue su reflexión en torno a esta pintura, declarando que el paisaje es una recreación de una antigua serie llamada Arquitectura postmoderna, iniciada poco después del terremoto de Kobe, donde reconstruyó una morada de alto patrón, con sofás Le Corbusier, piso en ajedrez de mármol italiano, televisión de plasma y un Porsche en un garaje sin salida.
La tentación descriptiva y hermenéutica juega socarronamente aquí con las trampas del estilo, con el peso específico de la tradición del arte, subvirtiendo los contenidos iconográficos que elige representar. Sus gigantescas oleografías son retazos de un presente-no presente, con un planteo estético onírico, por momentos neosurreal, donde leemos los restos de aquello separado por la muerte, el tiempo y la insistencia en la supervivencia, más allá de los desastres naturales. La contundente escala de grises y negros muy bajos, típicos de un adentro profundo es una forma de nihilismo pictórico. Ya lo dijo alguna vez Gerhard Richter: "El gris está más cualificado que ningún otro color para no representar nada en absoluto".
Es indudable que Oiwa se encuentra interesado en sobrepasar el mero estrato visual de la fisicalidad del cuadro, yendo al encuentro de la materia gris. De alguna manera, el artista se ejercita en esa toma de distancia, en esa estrategia del intervalo duchampiano, sacrificando las convenciones superfluas de la pintura, para advertirnos de la imposibilidad de crear una imagen cuya lectura sea unitaria.
CLAUDIA LAUDANNO
