Tan pronto ingresaba a Throckmorton Fine Art, en East 57th Street, el visitante se sorprendía al verse rodeado de artefactos antiguos. Una figura de Buda aceptaba ofrendas en el ascensor, y dentro de la galería, una piedra de erudito china se hallaba junto a un yugo de juego de pelota maya. Un paso más y se encontraba en el paisaje del Perú precolombino.
Aparte de la obra pionera de Edward Ranney de finales de la década de 1970, en los últimos veinte años la obra y la carrera de Martín Chambi han recibido mucha atención a escala internacional tanto editorialmente como por medio de exposiciones. Eruditos y curadores se han concentrado en él como una estrella reluciente entre los fotógrafos que trabajaron en Perú durante la primera mitad del siglo XX. Dentro de esa perspectiva, gran parte de la obra que se ha visto y que ha llegado a identificarse con el artista es su conjunto de fotografías documentales. Existen muchas razones lógicas para que esto haya sucedido, pero la exposición de Throckmorton Fine Art se centró en un grupo de imágenes mucho menos conocidas.

Chambi fue un personaje extraordinario. El curso de su vida se inició en una diminuta aldea de la meseta de Puno, al sur de Perú. Cuando niño, acostumbraba acompañar a su padre a trabajar en las minas de oro de la región de Carabaya, donde vio la primera cámara, en manos del fotógrafo de la compañía, y fue, básicamente, amor a primera vista. Su temprana capacitación técnica y profesional se llevó a cabo en Arequipa, en el estudio de Max T. Vargas, en donde gran parte de la alta sociedad de la ciudad posaba para retratos formales. Con esas bases, un agudo ojo artístico y una férrea dedicación a la población indígena de su país, Chambi fundó en 1920 un estudio en Cuzco, donde pasó el resto de su vida.
En el prólogo a Martín Chambi, Photographs, 1920-1950 (Smithsonian Institution, 1993), Mario Vargas Llosa anota que el estatus de la fotografía en Perú en el siglo XIX y comienzos del XX había sido ante todo el de una ocupación técnica, y afirma que Chambi amplió y llevó ese estatus al nivel de una forma de arte. Además, empleó su arte para registrar en forma metódica la variada gama de habitantes del país. Se sentía bien con la clase alta de Cuzco, al igual que con la población indígena —los intelectuales y los agricultores— del país que tanto amaba.
Aunque el ingenio y la ironía propios del artista están presentes en la mayoría de sus obras más famosas, esta exposición se concentró no en las postales más conocidas, los retratos formales y grupales de su estudio, sino en el trabajo que realizó en el campo peruano. Es en esas fotografías donde la mano del artista se hace más evidente, quizás porque era una parte de Perú, del lugar. Por muchos años viajó por el país fotografiando lugares precolombinos, paisajes y comunidades indígenas. En esta pequeña exposición de cuarenta fotografías era fácil ver que la afirmación de Vargas Llosa tiene mucho sentido. Sus fotografías de ruinas se vuelven casi escultóricas. Están tomadas y enmarcadas de tal forma que producen imágenes tan relacionadas con la abstracción como con el hecho de ser las imágenes documentadas de sitios arqueológicos.
Dos vistas del Altar de Ollantaytambo, ambas de la década de 1940, suplicaban que se les viera como esculturas. Cuando se les miraba era difícil no pensar que eran un presagio de las enormes instalaciones de acero de Richard Serra. En Kenko, Inside Altar (1940s), Chambi produjo una imagen que es a la vez una nítida vista interior de una ruina y una obra de escultura abstracta. Esta fotografía presentaba un tour de force de sus habilidades técnicas, la maestría que exigía a sus herramientas, y su percepción de las fotografías como obras de arte. Estas mismas cualidades podían verse en Twelve Point Stone (1930s), que reduce un antiguo muro a una sutil obra de abstracción geométrica.
Ninguna exposición de este tamaño se puede calificar como innovadora, pero sí se puede decir que es de gran influencia en la medida en que estimula la creación de futuras exposiciones más amplias, de obras afines. Ésta fue un gran complemento a la infinitamente fascinante y perspicaz documentación que Chambi logró conseguir entre los ricos y pobres de Perú, y a sus espléndidos y densos paisajes.
La exposición estaba documentada con un catálogo totalmente ilustrado disponible en la galería.
CLAYTON KIRKING
