Territorios de trance, es el sugestivo, evocador y no menos poético título de la más reciente exposición del fotógrafo brasileño Mario Cravo Neto, en la madrileña Galería Fernando Pradilla. Ésta es la segunda muestra personal del artista en dicho espacio, después de que en el año 2004, y a propósito de PhotoEspaña, se inaugurará El ahora eterno. Ambas han ofrecido la posibilidad al campo cultural español de establecer un diálogo con una propuesta que, desatendiendo la sed de exotismo desmedido y el fetichismo de turno de la subjetividad occidental, plantea un repaso por la herencia antropológica que ha legado el mestizaje y la transculturación al espacio fulgurante y superpuesto del Brasil contemporáneo.

Compuesta de diecisiete imágenes en color y en blanco y negro, de impresionante factura y cualidades retinianas de altísima seducción, ésta es una muestra soberbiamente hermosa al tiempo que inquietante. El propio título condiciona al interlocutor advirtiendo sobre el carácter casi litúrgico y sagrado de estas instantánea que son, al final de la peripecia estética, un documento mayúsculo en el que se evidencia el carácter antropológico-poético que destila su obra, así como el entendimiento de la apasionada reconciliación dispuesta por la confluencia cultural, étnica y racial del noreste brasileño que es a fin de cuentas el texto referencial que sirve a Cravo Neto para la articulación de su obra: la mezcla de la tradición de una población indígena con el legado cultural portugués y africano, introducidos durante el período colonial. Los personajes, objetos y animales contemplan, para el fotógrafo que los ha interpretado, las heridas en proceso de cicatrización de su herencia mutua. Aquí se establece un juego brutal de compromiso, pertenencia, mirada crítica y estatización poética que no hace sino redimensionar el valor y la pertinencia de su propuesta.
El relato fotográfico de Cravo Neto tiene varias virtudes, algunas subrayadas ya por la crítica, y que tienen en esta exposición su correlato más elocuente. Una de ellas, quizás bien determinante, es ante todo el carácter escultórico, de síntesis y de sobriedad repelente que destilan sus imágenes. En toda su obra, así como en la serie que ahora exhibe Pradilla, el artista alcanza a trazar elaborados palimpsestos y superficies travestis (pero al mismo tiempo sintéticas, aunque esto pueda parecer paradójico), donde la iconografía ritual africana y brasileña, pero también el lejano oriente y los mitos clásicos, “aparecen aquí teñidos de una negritud que restituye ancestros del género humano, ancestros que Cravo Neto acerca a la materia preexistente y al mundo animal, en un viaje de magia blanca y memoria inconsciente”. Siendo así, la obra propuesta fotográfica es en sí misma un ejercicio de reducción estética potente, vigorosa, que nada tiene que ver con el reduccionismo desde el que se suele encarar la visión oportunista (y también turística) de este estos universos sincréticos y de exuberante mitologización, donde el prejuicio desfavorable establece una perspectiva vertical en la que el otro es siempre observado como lo bárbaro, lo exótico, lo raro, lo seductor… En oposición a este tipo de discurso del que hace antropología gratuita y fosiliza una realidad que apenas conoce, el trabajo de Cravo Neto resulta una indagación seria, audaz y estética de signo periférico en una práctica cultural de la que él mismo participa y de algún modo es portador en potencia.
El carácter escenográfico y casi preformativo, muy acorde con la puesta en escena del ritual y la práctica del mito, es otra de las evidencias visuales más sintomáticas en estas obras expuestas en galería. La poética del gesto y el énfasis de la pose trascendente en estas imágenes son lenguajes en sí mismos, y los objetos incluidos sirven como elementos de un vocabulario que articula ese lenguaje y dotan de sentidos muchos, a veces inaprensibles, la escena en cuestión. De este modo, la escenificación tiene un punto central en el discurrir fotográfico de este artista, por lo que algunos han llegado a hablar incluso de cierto histrionismo del acto fotográfico que “nos hace recordar a cineastas como Glauber Rocha. En su película Antonio das Mortes (1969), la estética de artificialidad de Rocha no es contraria a la veracidad del documental”. En cambio, es una manera alternativa de articular los hechos de la sociedad, la historia y la cultura. También es una manera de disipar la verosimilitud engañosa del cine del primer mundo. Para Cravo Neto, su estudio es el lugar de la revelación, de la interpretación y de la memoria. También es un lugar donde las inclinaciones del artista convergen y se mezclan: la escultura se vuelve viva, las fotografías adquieren textura y profundidad, los actores dirigen y se encarnan, los apoyos se transforman en elementos de una instalación, los objetos se metamorfosean en amuletos, efectos ópticos sintetizan características acústicas. El uso de la fotografía de Cravo Neto como medio (una opoción que transfigura) transporta la mente, transforma la realidad, y traduce los símbolos de texto a imagen, de un dato en el subconsciente a una representación en la mente expresiva. Su obra investiga la riqueza de los mitos que viven en él y tal vez en nosotros.
ANDRÉS ISAAC SANTANA
