Desafiar a Francisco de Goya, un artista clásico considerado acertadamente como el precursor del arte moderno, no es fácil. Pero ése es precisamente el reto que se ha impuesto María Brito en su nueva exposición, titulada Las Goyescas. Un reto del que la artista sale bien parada.
La exposición retoma, con la elegancia y la osadía de una artista que sabe lo que hace, veinte de los famosos grabados Los Caprichos de Goya —esas perturbadoras imágenes de frailes avariciosos, casamientos impuestos o aquelarres de brujas— que Brito transfigura aquí con depurada ejecución en pequeñas esculturas blancas que resplandecen como extrañas apariciones por el espacio de la Bernice Steinbaum Gallery.

La artista consigue así, con engañosa facilidad, la singular metamorfosis de transformar las oscuras descripciones de las grotescas costumbres españolas del siglo XIX pintadas por Goya en níveas escenas tridimensionales que son, además, un pertinente comentario sobre los sucesos actuales que nos rodean.
Situadas en altos pilares sobre los que parecen flotar, Brito ha realizado una serie de miniaturas (11 x 15 x 13 pulgadas) en arcilla sintética de grabados como Ya van desplumados, Hilan delgado, Mucho que chupar, ¿No hay quien nos desate? o El sueño de la razón produce monstruos.
El doble contraste visual de trocar primero el negro original de los grabados en blanco y las líneas planas en figuras tridimensionales podría fácilmente ser considerado de primera impresión como un anatema, otro agravio postmoderno a la gloria del pintor español, similar al cometido no hace mucho por los hermanos Chapman, que desfiguraron una serie original de Los desastres de la guerra.
Sin embargo, una de las características principales de estas Goyescas de María Brito es el respeto por la obra en las que se basan, y la limpieza tanto en la ejecución como en el material elegido, aciertos que renuevan el impacto de estos hermosos y macabros esperpentos.
Tanto así que las nuevas obras de Brito nos mueven a revaluar la relevancia de los comentarios de Goya en una época de guerra como ésta, en la que la invasión norteamericana de Iraq tiene un claro paralelismo con la incursión napoleónica de España, respresentada también por el pintor aragonés en sus conocidos Desastres de la guerra.
Como la invasión napoleónica de España, la norteamericana en Iraq tiene la pretendida benévola intención de derrocar a un tirano y sacar a ese país del oscurantismo islámico. La reacción española de hace 200 años se halla recogida en canciones populares que proclamaban que “Con las bombas que tiran los fanfarrones (franceses), se hacen las gaditanas tirabuzones”, o en ese famoso grito de “vivan las cadenas”, sucinto alegato que expresaba claramente que cualquier rey ibérico como Fernando VII era preferible a un tirano francés, por más ilustrado y liberal que fuera.
Y en Iraq hoy en día sucede lo mismo: una vez derrumbada la trama de falsedades sobre las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein, Estados Unidos insiste en imponer una deforme idea de democracia, a la cual gran parte de los habitantes se resiste a base de atentados diarios, hazañas partisanas recogidas probablemente en el folklore popular iraquí, sin que desde estas costas nos enteremos porque la libertad de información no llega a tanto.
Como Goya —cuyo grabado más conocido, El sueño de la razón produce monstruos, es una inequívoca advertencia contra el estupor mental que periódicamente acomete a personas y naciones y que suele producir en distintas formas de tiranía, libremente elegidas o no—, Brito plantea aquí y ahora por medio de esta reinterpretación la urgencia de un cambio social, político y cultural.
Si Los Caprichos de Goya son una serie de feroces críticas a la Iglesia, el Estado y la crueldad de las costumbres populares que probablemente hoy serían vistas como propaganda política, Las Goyescas de Brito retoman ese cruel hilo narrativo sobre la injusticia y la impunidad, actualizada y redefinida para la sensibilidad actual.
La modernidad de Goya reside en gran medida en que fue el primer pintor en revelar la crueldad de la sociedad y de la guerra en grabados que no son una obra de la imaginación, sino que tienen la contundencia de los hechos, de algo palpable que se levanta junto a nosotros. La de Brito, en establecer con fina delicadeza que, a pesar del tiempo transcurrido, seguimos viviendo las mismas pesadillas.
JAVIER MARTÍNEZ DE PISÓN
