Exposición Individualene 2007 - mar 2007· Por Tatiana Flores

Magdalena Fernández

Museo de Arte Contemporáneo Caracas

La experiencia de visitar la reciente exposición de Magdalena Fernández en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas fue verdaderamente cautivadora. Naturaleza y tecnología convergían en un espacio oscuro, por cuanto oscilantes imágenes de videos proyectados sobre pisos y paredes, las únicas fuentes de luz, coexistían con extraños sonidos selváticos que alternaban entre graznidos irregulares y estridentes chillidos. La exposición, desorientadora en un principio, envolvía los sentidos, comprometiendo el cuerpo y la mente.

Exposición Individual: Magdalena Fernández — imagen 1
Magdalena Fernández. 1i006, 2006. Fotografía digital. Foto: Morella Muñoz-Tebar.

La obra de Fernández se basa en el legado de la abstracción geométrica y el arte cinético en nuevas e inesperadas formas. Su vocabulario visual consiste en simples formas geométricas como círculos, cuadrados y cuadrículas, que cobran vida mediante movimientos orgánicos, como en la serie de videos Mobile Drawings y Mobile Paintings. En un caso, el espectador miraba hacia el piso para ver un cuadrado blanco de luz cuyos nítidos bordes empezaban a hacerse borrosos a medida que un efecto de onda los alcanzaba. La experiencia era hipnótica, a la vez que producía vértigo de inmediato, como si de pronto el piso se hubiera convertido en agua. Otro video, colocado junto a éste, era simplemente el marco blanco del cuadrado, rodeado de oscuridad, que definía los límites internos y externos y cuyas ondulaciones creaban una dicotomía similar entre forma y amorfia. La experiencia de estas obras no sólo era visual y corpórea sino también auditiva, debido a que no podía ser disociada de los estridentes sonidos que emergían de la galería contigua. Los movimientos de los cuadrados parecían seguir los patrones irregulares del ruido de la instalación luminosa Eleutherodactylus coqui (2006), cuyo título hacía referencia a una especie de rana que tiene un croar particularmente fuerte. La pieza consistía en un gran salón oscuro con una línea de luz blanca que trazaba el perímetro, y una pista de sonido del llamado de la rana. Las líneas se doblaban hacia arriba o hacia abajo a intervalos casuales a lo largo de las cuatro paredes pero, al parecer, sus movimientos no siempre coincidían con los sonidos. Los espectadores se sentían forzados a participar activamente a medida que intentaban seguir el movimiento de las líneas y conectar las experiencias visual y auditiva. Sin embargo, la naturaleza impredecible de la obra confundía las expectativas: por mucho que uno tratara, era imposible adivinar cuál de las líneas cambiaría de estática a dinámica.

Otra notable obra interactiva consistía en una proyección de video de una superficie acuosa sobre el piso. Era lo suficientemente grande como para no aceptar una contemplación pasiva; experimentar la pieza era sumergirse en ella. Una vez dentro, los suaves movimientos de la superficie azul creaban un efecto tranquilizador, como si se estuviera flotando. En un nivel formal, la obra no aludía tanto a la abstracción geométrica como al impresionismo. Su naturaleza, que lo abarcaba todo, nos recordaba la obra Water Lilies, de Monet, que cambió la experiencia de pintar, de lo retinal a lo corpóreo.

También haciendo alusión a la historia del arte, había una serie de videos monocromáticos reproducidos en una secuencia de monitores de televisión. Incluía formas básicas, entre ellas, una rejilla geométrica, líneas horizontales, un círculo negro y un cuadrado blanco que ondeaban como la superficie del agua. Aunque similar en concepto, la experiencia visual era completamente diferente para cada pieza debido a las variaciones de forma. Mientras el cuadrado mantenía su integridad como figura delimitada, las líneas horizontales se disolvían como los reflejos en una corriente. Debido a su ubicación sobre la pared, estos videos obligaban a que se les viera como pinturas, a lo largo de un eje vertical. En efecto, esta serie ofrecía una profunda reflexión sobre el legado de la abstracción geométrica, recordando las obras Black Square (1913) o White on White (1918), de Malevich, o Egg (1958), de Lygia Clark, una pintura circular negra con un borde blanco interrumpido. La cuadrícula misma nos hacía recordar la obra de Mondrian, y a Gego, más cercana al marco de referencia de Fernández, a la vez que aludía a enfoques más tradicionales de la pintura (siendo la cuadrícula la herramienta primaria para el trazado en perspectiva). Con frecuencia, las apropiaciones contienen ironía, pero no era el caso de este conjunto de obras que reflexionaba sobre la relación entre la abstracción geométrica y sus dimensiones espirituales (como en la obra de Malevich y Mondrian) y fenomenológicas (como en la de Clark y Gego). Al conciliar lo geométrico y lo orgánico, los videos de Fernández favorecen la ya antigua búsqueda de la divinidad dentro de los patrones matemáticos del mundo natural. También, abogan por la conexión fundamental entre el ojo y el cuerpo como esenciales para la experiencia humana, rebatiendo la noción convencional, expresada a las mil maravillas por Clement Greenberg, de que el arte de la pintura sólo compromete la vista.

Además de los videos, que constituían el grueso de la exposición, la artista presentó dos ambientes cinéticos constituidos esencialmente de luces. Uno de ellos sorprendía por su sencillez: un penetrable formado por pequeñas bombillas colocadas en los extremos de cables de caucho. La sensación que se experimentaba al caminar dentro de él era mágica, era como estar sobre las estrellas. El otro consistía en un salón con un techo en ángulo desde el cual pequeños orificios proyectaban rayos danzantes que se reflejaban en el piso. Sencillo y hermoso, nos recordaba la experiencia de ser niños y darnos cuenta de que no podíamos atrapar la luz.

La obra de Magdalena Fernández actualiza el legado de la abstracción geométrica para el siglo XXI y, de manera convincente, aboga por su permanente importancia. A pesar de que depende de un medio tecnológico, se aproxima a la naturaleza en una forma completamente novedosa. En una época caracterizada por la saturación de imágenes de los medios de comunicación, la exposición proporcionó inesperados estímulos sensoriales y también ofreció un respiro al extremadamente politizado ambiente de Caracas.

TATIANA FLORES

Magdalena Fernández, por Tatiana Flores | artnexus