Los bordes del dibujo es una recopilación de ejemplos representativos del dibujo contemporáneo en Colombia. En ella participan Johanna Calle, Mateo López, Liliana Estrada, Luz Ángela Lizarazo, Ana Patricia Palacios, Humberto Junca, Pablo Solano, Claudia Puentes, Teresa Sánchez, Máximo Flórez, Olga Lucía García, Carlos Mery, Carlos Franklin, Miguel Ángel Rojas y Marta Combariza.

La muestra, curada por Ana María Lozano incluye dibujos hechos con lápiz, con ropa e incluso con video, en una investigación acerca de cómo se desdibujan los límites de la técnica, y se busca evidenciar los mecanismos por los cuales se establece un diálogo con otras técnicas y disciplinas. Los resultados de la transgresión son ambiguos en su carácter revolucionario, puesto que habitan un medio tradicional pero desbordan definiciones. El dibujo se traduce aquí en manifestaciones multidisciplinares que van desde los bordados hasta las transformaciones sutiles de la arquitectura.
Lozano parte de la inquietud sobre las condiciones que permiten que hoy en día el dibujo se convierta en un lenguaje dominante cuando siempre ha sido considerado, como es el caso también de la fotografía, un gesto provisional y transitorio, un lenguaje sin terminar, un lenguaje intermedio.

A partir de un tema tan antiguo como el arte mismo y una mirada transversal a las soluciones que diferentes generaciones han dado a una misma problemática, la muestra explora la representación basada en la línea, el punto, el volumen y el vacío, siendo este último uno de los elementos más recurrentes. El espacio vacío adquiere vital importancia en trabajos como el de Claudia Puentes quien en su obra Encuentros delineados dibuja en la ventana de un carro la silueta de los transeúntes, logrando que, cuando el carro se mueva, deje en el vidrio sólo la silueta vaciada de contenido de esas presencias momentáneas. O los dibujos de Carlos Franklin quien a partir de unas líneas creadas con materiales frágiles como pelo o polvo construye personajes que se mueven en espacios que adquieren una presencia inimaginable. De manera similar, los dibujos en tinta de Pablo Solano revelan una operación menor con una materialidad parcial pero no por esto faltos de fuerza.
En su aparente sencillez formal, el medio se revela como multifacético e inabarcable; cada vez que se intenta una definición de lo que es el dibujo éste se transforma y aparece en un cuerpo diferente y con unos caprichos distintos. Es, como lo describe la curadora; “un lenguaje que muchas obras habitan por su manera de comportarse rizomática y que escapa sedimentación.”

La línea adquiere vida y volumen en el caso de Broadway, de Miguel Ángel Rojas, con la fila ondulante en la pared de decenas de “hormigas” que transportan hojas de coca. O en la obra Entre de Marta Combariza, que presenta una serie de vestiduras imposibles, formando un dibujo con el hilo y las siluetas de la ropa.
Así, la laboriosidad, el oficio reflexivo y la aproximación casi obsesiva al dibujo son otras constantes que se hacen evidentes en la exposición. A lo largo de su serie Dibujos que caen, Mateo imita con exactitud los objetos cotidianos como un cartón de leche; se trata de un dibujo que se traduce en el plano tridimensional engañando al observador con su realismo; sin embargo, despierta sospecha al revelarse de alguna manera la fragilidad del papel que se vuelve estructura y soporte para la línea al mismo tiempo. Los dibujos pertenecientes a la serie Efluvios de Johanna Calle son, por otra parte, una reiteración de un mismo movimiento que se convierte en el gesto ondular del agua rodeando los personajes a mitad de camino entre el cuento, el sueño y la situación de nuestro país.

Los pupitres titulados Con la derecha de Humberto Junca representan la apropiación más informal del dibujo callejero. Al tomar y “curar” una muestra de tablas en pupitres en las que niños han garabateado nombres y dibujos, Junca revela el alto poder evocador de este gesto, pues trae a la memoria las largas lecciones escolares. Algo parecido hace Darío Ramírez con su serie de billetes perforados basándose en la práctica común, también impulsada por el tedio que es la de intervenir los billetes de una manera sutil.
Con sus diferentes formas de confrontar al público: lo bello, lo automático, lo cuidado y lo descuidado, la muestra hace evidente la dificultad de domesticar lo que se muestra: no son pintura, escultura ni arquitectura sino dibujos que se informan e hibridan con todas las anteriores. Con la diversidad de propuestas se muestra el dibujo como un lenguaje contemporáneo que tiene cierta capacidad de transgresión y de desarticulación a partir de lo nimio, lo pequeño, lo sutil, “la voz baja”, como lo describe la curadora. El dibujo se muestra aquí como resultado final y afirmación completa y no como preludio de algo por venir.
MARÍA CLARA BERNAL

