Las obras del artista argentino Leandro Erlich ocupan un espacio de la galería, piezas que funcionan como objetos de expresión y documentación al mismo tiempo. Personajes vivos, individuos que transitan de un extremo a otro, de una pared a otra, personajes reflejos. Erlich comienza a acaparar la atención internacional durante la Bienal de Venecia (2001), donde presenta su pieza Swimming Pool, a la que luego sigue un número creciente de obras emblemáticas: la pérdida de la imagen real y el rescate de la imagen perdida, escenas sin principio ni fin, rostros emocionados, sombras que interactúan.

En su ensayo La precesión de los simulacros el filósofo francés Jean Baudrillard afirma: “En el truco de lo visual no se trata nunca de confundir con lo real, sino de producir un simulacro, con plena conciencia del juego y del artificio.”1 El trabajo de Leandro Erlich opera sobre el enigma de la irrealidad mientras propone un concepto hipotético asociado a la existencia humana que puede tomar forma bajo el agua o en la plana superficie de un edificio. Frente al espejo se desencadenan historias inmersas en una particular poética del movimiento, movimiento sugerido, contracción, reacción, respuesta inmediata del cuerpo que cae, una niña en el balcón se desliza sin remedio, una mujer aparece adherida a la pared como una mosca, y un hombre se escurre desde la ventana, tratando de recuperar sus lentes, en un intento de burlar la gravedad: gravedad que persiste en atraparlo hacia lo alto.
La estrategia de representación visual se multiplica, video-performance-instalación. Durante casi diez minutos, el artista nos ubica en medio de una sesión de ballet chino, ensayo, puesta en escena, actores que repiten con exactitud varias cadenas de acciones, bailarines que se reproducen sin que nos percatemos, el objeto y su doble saludan desde la intimidad azarosa del salón. La pieza El Ballet Studio recuerda, quizá por su cadencia, al teatro Kabuki japonés. Los bailarines juegan, ejecutan maniobras con sus cuerpos, las manos desaparecen/aparecen en diminutas fracciones de tiempo. La energía es contenida, refrenada, no hay apuro, ni necesidad de arremeter contra el espejo, porque se escapa el contenido, se disgrega, se va en la travesía, se convierte en inasible materia, conjetura, concepción del mañana que no existe, reflejo imposible de apresar. La música que acompaña al ejercicio físico inunda el espacio, el espacio de ficción, el espectáculo documentado en video, el espacio imaginario, espacio público, el espacio infinito de la galería.
El cuerpo se completa en el eco ilusorio de sí mismo, su propia imagen, el fantasma que reposa contra una lámina (¿de metal?). La obra instalativa The Ring deviene perpetua observación del objeto, dimensiones duplicadas, cuadrado perfecto, su bipolaridad. La estructura ubicada en un costado de la pequeña sala atrae las miradas del público no sólo por el fervor de los colores, contrastan rojo y azul, sino por la ineludible belleza —formal y conceptual— que la distingue. La figura que emerge del espejo ofrece el acabado, construye, simula, perfecciona las proporciones de la entidad real mediante la mimesis y el proceso de contemplación. El espectador se siente desarmado, vigila atentamente, espera el momento oportuno para que nadie esté cerca. Entonces toca, palpa, apenas puede intuir la frágil línea, sutil rasgo que separa el campo corpóreo del campo irreal. “La imposibilidad de escenificar la ilusión es del mismo tipo que la imposibilidad de rescatar un nivel absoluto de realidad”, dice Baudrillard refiriéndose al controvertido origen de la ilusión.2 Leandro Erlich explora ese tenue espacio que limita el mundo tangible de lo inmaterial, marca su territorio, su ámbito de estudio, mezcla, combina, descubre posibilidades nuevas, escabrosas, crueles, de una irrealidad real, o una realidad inventada. Sus piezas contienen la desvanecida coloración del simulacro, fibra etérea, trompe-l’oeil, metáfora de lo prohibido, y también la masa sólida, palpable, éxtasis de los cuerpos colocados sobre el edificio. ¿Quién cuelga de la ventana? ¿Quién se desliza? Acaso el espectador se ha convertido en un elemento imprescindible para el trabajo del artista mientras la documentación de la pieza original muta gradualmente en obra de arte.
The Corridor parece una protuberancia en la pared, un corredor al que nadie tiene acceso, un pasadizo angosto que penetra el interior del muro. El túnel exhibe dos hileras de puertas que decrecen hasta quedar a la altura de los ojos, puertas cerradas, puertas secretas que despiertan la impúdica maquinaria de la imaginación. “Reaccionamos emocionalmente a aquello que acontece”, afirma el antropólogo teatral Eugenio Barba,3 y el espectador se detiene ante la sombra del suspenso, se deja seducir por la propuesta, sin cuestionar ni interpretar, en un gesto culpable. La sombra del vacío permanece, invade la psiquis del receptor, su personalidad, psicología del cómplice, la ilusión del vacío. Cuando se acaban las preguntas, el público todavía imagina dónde termina el corredor, o dónde empieza.
Culto al objeto y su reflejo adjunto, las piezas de Leandro Erlich recuperan el placer del juego y la ilusión. Las figuras aparecen superpuestas, intercaladas, hipnotizan al espectador, complementan la existencia, alteran los sentidos. El poder inmenso de la imagen queda al descubierto una vez más, un arma perfecta para recrear/subvertir las cualidades esenciales del sujeto.
NOTAS
1. Jean Baudrillard, “La precesión de los simulacros” en La precessions des simulacres l’effet beaubourg a l’ombre des majorités silencieuses. Editorial Kairós, S. A. 1978, p. 34.
2. Ibid. p. 47.
3. Eugenio Barba, Más allá de las islas flotantes, Colección Escenología. Universidad Autónoma Metropolitana, 1986, p. 268.
DINORAH PÉREZ
