Exposición Individualene 2007 - mar 2007· Por María Clara Bernal

Juan Fernando Herrán

Alcuadrado Arte Actual

Del 11 al 24 de octubre, la Galería Alcuadrado expone en el Centro Jorge Eliécer Gaitán de la Universidad Nacional la serie Campo Santo de Juan Fernando Herrán. La muestra incluye alrededor de treinta fotografías digitales de gran formato que conforman, con ayuda del lugar escogido y el montaje de la muestra, un espacio melancólico y reflexivo.

En los últimos años, la obra fotográfica de Herrán se ha caracterizado por develar ciertas situaciones que de otra manera permanecerían ocultas e inalcanzables. Hay una estrategia común a los encuentros de las amapolas, los aviones militares o las cruces que involucra caminar hasta lugares de difícil acceso. Esto que a primera vista parece sólo circunstancial funciona como preparación, casi como una meditación que le permite al artista aproximarse al encuentro con una dimensión real del espacio que fotografía. En esta ocasión, el encuentro es el resultado de una manifestación colectiva y silenciosa localizada en medio de la nada. Se trata de una especie de cima sembrada literalmente de cruces.

Exposición Individual: Juan Fernando Herrán — imagen 1
Juan Fernando Herrán. s.n. (Nazareno), 2006. Impresión inkjet. 148,5 x 99 cm. (58 1/2 x 39 pulgadas).

La proliferación de la forma y lo primitivo de su factura hace que las imágenes producidas por Herrán lleven a un cuestionamiento sobre cómo funciona el encuentro entre la línea horizontal y la vertical en nuestros imaginarios. Como si se tratase de un conocimiento innato, se entiende que allí se está simbolizando el encuentro entre el mundo terrenal y el espiritual, la vida y la muerte, y en este caso, incluso es posible pensarlo a partir del enfrentamiento entre naturaleza y orden racional. En este sitio, la cruz aparece como un gesto primitivo y escultórico a la vez.

En un contexto como el nuestro en el que el carácter público de las acciones cobra cada vez más importancia, estas fotografías formulan inquietudes sobre la supervivencia, el recogimiento y la celebración privada del rito. Al aproximarse a las imágenes, es imposible no preguntarse sobre la naturaleza de este lugar que a pesar de su evidente carga religiosa, no es un templo ni tampoco un altar. En las notas preparatorias para el Ulises, James Joyce escribió: “places remember events”, tal vez este lugar es en esencia el evento que recuerda, el alto de las cruces es en este sentido uno de los territorios de la memoria.

Existe en Colombia una carga contextual muy fuerte para este tipo de imágenes. Es obvio que esto siempre está presente en la mente de Herrán. Sin embargo, la formación escultórica que recibió hace que ante su mirada la forma y la factura de estas cruces adquieran un papel protagónico. Estas están hechas en su mayoría con materiales naturales del lugar: flores, ramas e incluso piedras son parte de este Campo Santo. Las formas resultantes, a pesar de su precariedad, tienen la capacidad de mover los afectos, aún más, al tratarse de vegetación de páramo, estas formas nos son familiares y por ello las sentimos dolorosamente cercanas.

A pesar de la magnitud del espectáculo, es posible intuir, por la manera cómo son tomadas las fotografías, que este lugar se ha formado a partir del gesto íntimo. No se trata de un monumento como lo es un cementerio, pero si, de un señalamiento del lugar, un gesto privado a partir del cual se construye un espacio cargado de sentimientos colectivos.

En este sentido, el espacio seleccionado para la exposición cobra importancia, pues presenta resonancias ineludibles con las fotografías mismas, al tratarse de la casa-monumento de uno de los íconos de la violencia en Colombia. El Centro Jorge Eliécer Gaitán, a pesar de estar inacabado y olvidado, es depositario de una memoria compartida.

El reto para Herrán después del encuentro del alto de las cruces está en cómo darle las dimensiones que tiene este espacio, cómo no traicionarlo al mostrarlo, cómo no caer en la ya tradicional disposición de lo íntimo como espectáculo. Transmitir la experiencia vital del encuentro se convierte en un requerimiento, es necesario replicar de alguna manera la sensación de estar en un lugar sagrado, no por decreto sino por consenso.

Es imposible enfrentarse a estas imágenes y no preguntarse qué mueve al artista a traer a la luz este espacio oculto en medio de las montañas. ¿Por qué retar el carácter privado de este lugar? Se entiende, sin embargo, que sólo así es posible intentar un acto de conservación de algo que desaparece con el pasar de cada día, no sólo en el sentido de que las cruces vuelven a la naturaleza de donde provienen, sino también el inminente olvido del hecho que conmemoran. De esta manera, da la impresión de que al traer estas imágenes ante nosotros, Herrán está clavando otra cruz, repitiendo el acto de no dejar en el olvido.

MARÍA CLARA BERNAL

Juan Fernando Herrán, por María Clara Bernal | artnexus