Exposición Individualene 2007 - mar 2007· Por Eva Grinstein

Horacio Coppola

MALBA - Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires

Hace exactamente diez años, el gran homenaje que merecía Horacio Coppola no lo organizó un museo argentino, sino el IVAM de Valencia. Bajo el título El Buenos Aires de Horacio Coppola, sus mejores piezas fueron reunidas entonces, con la excusa de celebrar los noventa años de vida de uno de los padres de la fotografía argentina. Hoy, diez años después, y coincidiendo con el cumpleaños número cien del artista, le toca por fin a un museo argentino (probablemente el mejor, el MALBA) la responsabilidad de rendir el esperado tributo al pionero y testigo de aquel moderno país naciente.

Exposición Individual: Horacio Coppola — imagen 1
Horacio Coppola. Avenida Alvear (hoy Avenida del Libertador) esquina Avenida Sarmiento, 1936-2006. Impresión en gelatina de plata sobre papel. 21,7 x 28,1 cm. (8 1/2 x 11 pulgadas).

Nacido en 1906 en Buenos Aires, este descendiente de inmigrantes italianos acompañó el transcurso de casi todo el siglo XX, aunque a diferencia de un brillante par generacional como Antonio Berni (1905-1981), que continuó experimentando y cambiando hasta el último día de su vida, Coppola centró el grueso de su aporte en el período de su juventud, coincidente con la incipiente modernización de la ciudad que quedó para siempre documentada en sus imágenes. El gran mérito de Coppola, luego de formarse en la Bauhaus europea siguiendo el derrotero de tantos otros artistas latinoamericanos, inquietos y embelesados con el latido vital de las vanguardias, fue el de detenerse a mirar qué sucedía con su ciudad natal, esa ciudad porteña que vertiginosamente se ensanchaba en los años veinte, treinta, cuarenta. La gran serie de Coppola, por supuesto representada en esta muestra antológica en el MALBA, es la de Viejo Buenos Aires, adiós (1936), una colección exquisita que conjuga cierta nostalgia hacia ese sabor pueblerino que se va perdiendo, unido a la fascinación ante los avances del progreso.

En esta retrospectiva del centenario, se exhibe también una verdadera joya filmada por Coppola en una de sus varias incursiones cinematográficas. Se trata de Así nació el Obelisco (1936), film en 16 mm ahora transferido a digital y presentado en una pequeña salita ubicada en medio de la serie de fotos. La película de Coppola, su mirada sobre los trabajadores que edifican lo que luego sería el símbolo más reconocible de la ciudad, es una invitación a pensar en la construcción de los símbolos, en la carga histórica y afectiva de los monumentos que nos rodean. En este caso, gracias a la oportuna intromisión de Coppola, que valora a tiempo la importancia de este monstruo en principio resistido por los habitantes de la ciudad, es posible vislumbrar el futuro en cada golpe de martillo y en el equilibrio de los obreros —tal vez ajenos a la relevancia de su trabajo— sobre las vigas. En el marco de esta revisita, el MALBA exhibe también otros dos cortos realizados por Coppola en 16 mm, en Berlín y París: Traum (1933) y Un dique en el Sena (1934), restaurados y transferidos también a formato digital por Fernando Martín Peña, responsable del área de cine del museo. Vale consignar que la realización de la muestra de fotos contó con la coproducción de la galería que representa al artista, Jorge Mara–La Ruche.

Quitando el Homenaje a Juan Gris, que da cuenta de esa típica mirada local puesta en Europa, todas las obras remiten a esquinas, a fachadas, a calles y edificios emblemáticos de Buenos Aires. La mirada actual no puede dejar de advertir el paso del tiempo: lo que entonces era celebrado por moderno, hoy ha desaparecido. El tranvía, el buzón, las marquesinas y los edificios “altos” son sólo recuerdos de un pasado no tan lejano, un pasado espléndido y reluciente en las fotos de Coppola.

Cuando su cámara se demora en los empedrados húmedos que pronto van a desaparecer, y cuando se fascina con los neones que empiezan a identificar a la calle que nunca duerme, la avenida Corrientes, el testigo acumula evidencias envueltas en composiciones correctamente clásicas. Poder degustar esas estampas en copias nuevas e impecables en gelatina de plata, tantas décadas después, cuando la ciudad ya es en definitiva otra también diferente de ese sueño moderno que a Coppola le tocó registrar, es sin dudas un privilegio que cruza las fronteras generacionales y nos confronta a todos con aquello que nos constituye.

EVA GRINSTEIN

Horacio Coppola, por Eva Grinstein | artnexus