Hasta el 29 de enero de 2007 se presentará en Bogotá la exposición Guillermo Kuitca, obras puntuales, con curaduría de Sonia Becce. La muestra comprende, de una parte, lo más destacado de su obra previa en una selección de importantes trabajos que enmarcan lo que ha sido su trayectoria como artista, e incluye una mirada al desarrollo formal y temático que ha depurado desde la década de 1990 hasta el presente.

Reciben al espectador en el tercer piso del Museo del Banco de la República, un par de mapas de gran formato, uno en azul intenso con cartografías marcadas por letras y delineamientos blancos, y el otro con fondo de color rosa fuerte. Estos lienzos, bajo el título Everything, 2005, engloban el contexto general de la exposición, pues sirven como introducción a lo que se verá al adentrarse en la sala: familiarizan al espectador con lo que ya conoce del artista en sus trabajos con mapas. De lejos parecen cuadros abstractos con trazos muy sutiles como si se tratara de un dibujo elemental sobre un plano de un solo fondo. La percepción inicial de austeridad en los lienzos contrasta con la información desbordada que se advierte una vez cerca de éstos, en ciudades, calles y localidades determinadas con numeración, señalamientos cardinales y todo tipo de ubicaciones explícitas que concientizan al espectador sobre el infinito universo de referentes que existe en la dialéctica de lo general a lo particular. Así, de esa inmensidad, surge un mundo clasificado y ordenado que denota el afán omnipresente del hombre por señalar límites, por definir su ubicación en el espacio, por etiquetar el entorno, lo que de alguna manera le permite sentirse en control de éste.
Llama la atención la serie de obras circulares, titulada Diarios; una producción realizada por intervalos desde marzo de 2000 hasta mayo de 2005. Cada una de las 19 obras es un lienzo que recoge anotaciones, dibujos, manchas de pintura, planos de otras obras del artista, números telefónicos, citas y toda suerte de elementos que registran una cotidianidad particular que no necesariamente se puede narrar linealmente y que incluso no se puede descifrar con literalidad. En dicho registro, Kuitca encuentra una manera menos convencional de dar testimonio de su acontecer diario e involucra la esencia creadora de su actividad como artista en un sinnúmero de componentes que van construyendo un imaginario propio. Cada obra se va convirtiendo paulatinamente en una movilidad pictórica. Cada lienzo es una narrativa única de un contexto, de un momento, de un ambiente, de conceptos que el artista prioriza, y todos juntos son un asombroso indicio del transcurrir del tiempo.
En otro segmento de la muestra hay lienzos de la serie de obras “nocturnas”, en las que un fondo azul oscuro sostiene vistas de planta de varios lugares que, aunque se definen como específicos (oficinas, campos de minigolf, cámara legislativa), no corresponden necesariamente a una realidad. Esos “sitios imaginados” cobran matices de verdad en la medida en que su representación se circunscribe como plano arquitectónico, que es un documento minucioso y supuestamente veraz de una tridimensionalidad llevada a la bidimensionalidad. Una vez más se cuestiona el esquema de la representación y la clasificación. El artista juega aquí con el dilema de las dimensiones de dicha representación. Esos fondos azules son alusivos a las plantillas de cromaquí con las que se trabajan los montajes de imágenes para la televisión.
En la mitad de la sala se encuentran las conocidas camas de 1992 en las que los mapas inventados de nuevo se toman la tela de los colchones. Plasma aquí cartografías imaginarias fluviales, carreteras, senderos, regiones y hasta sistemas montañosos de ciudades del mundo y de regiones puntuales, como los departamentos de Santander y Caldas, en Colombia.
La cárcel amarilla es otro lienzo con un dibujo a la manera de plano arquitectónico de planta, en el que, en un espacio pentagonal, Kuitca distribuye lo que serían celdas para los prisioneros, con sus respectivos catres y almohadas. Impacta el hecho de que esas celdas no tengan puertas ni vías de acceso entre sí, al menos representadas en el dibujo. La idea de “cárcel” se vuelve entonces contundente, pues denota un encierro hermético. Incluso en los extremos de ese pentágono, con abrumadora minuciosidad, el artista dibuja, con una infinidad de trazos redondeados diminutos, lo que se entiende sería un muro de piedras, también sin acceso alguno del exterior hacia el interior, y viceversa. Es casi que un acertijo laberíntico sin solución.
Más adelante hay varias maquetas de las conocidas bandas móviles de Kuitca y documentaciones de la instalación real que monta en un teatro, en la que representa una adaptación de la obra de Wagner El holandés errante. De nuevo, en las bandas móviles (en las que se ponen las maletas de los viajeros para recogerlas en los aeropuertos) está presente el concepto del transcurrir del tiempo. La superficie que transporta es la metáfora del banco del holandés errante.
Toda esta exposición es una exploración de rompimiento de límites, en la medida en que analiza las posibilidades de un sinnúmero de formatos, involucrando incluso el sonido, el video, el dibujo y el teatro como herramientas que le dan un impulso renovado al enfoque básico que es pictórico. Dicho enfoque define en lo general la producción de Kuitca, pero es, en lo particular, la construcción de una realidad inmensamente rica en expresividad, materiales y métodos, que describe desde la abstracción mil mundos posibles.
MARÍA JOSÉ RAMÍREZ
