El pasado 12 de agosto se inauguró la exposición personal del pintor mexicano Fernando Ramos-Prida, titulada Autorretratos, la vida es un sueño, morir es despertar. La muestra fue exhibida en la galería Tresart de Wynwood hasta el 15 de septiembre. Esta exposición consistió en 12 bajorrelieves, cuya fecha de concepción variaba desde 1984 hasta 2002, por lo que puede decirse que funcionó como una especie de retrospectiva aunque no fuera la intención inicial. Este rango de tiempo nos da una idea clara de cuanto el artista ha estado trabajando en esta temática, cómo ha ido explorándola y cómo ésta ha ocupado su mente y su trabajo por casi dos décadas consecutivas.

Como indica el título de esta exposición, muchas de estas obras son de carácter autobiográfico, específicamente, autorretratos. Para estas obras se apoya en algunos elementos reconocibles, como ojos, dientes y narices; pero estos retratos muestran más bien una imagen de su estado de ánimo. El título de la exposición también confirma esta afirmación: a partir de una cita de un conocido poema de Calderón de la Barca, hace un paralelo entre la vida y la muerte. También se basa en la filosofía tradicional de la cultura mexicana, en la que la muerte no es un estado definitivo sino una transición. Ramos-Prida toma de la fuerte herencia precolombina en México, y esta influencia se revierte en su obra, conceptual y formalmente. Conceptualmente, se refleja en el tratamiento de la muerte, específicamente, su importancia en la vida diaria, como una condicionante.
Formalmente, se apoya en el uso de elementos representativos de la muerte, como las calaveras, símbolo que pasó de ser usado en el período precolombino a ser parte fundamental de las festividades populares contemporáneas mexicanas. La calavera está especialmente asociada a la celebración del día de los muertos, quizás el ritual más importante dentro de las celebraciones populares. En las artes visuales, esta filosofía ha dejado su impronta también, fundamentalmente en el grabado, siendo quizás José Luis Posada el artista que más las ha incorporado a su obra, haciéndolas famosas con sus satíricas representaciones de Catrina.
Ramos-Prida utiliza la misma técnica para todas sus piezas, unos relieves en madera que distan mucho del convencional bajorrelieve. En estas obras se destaca el uso poco tradicional de las técnicas de esculturas, el material es sometido a varios procedimientos, desde el clásico esculpido hasta otros menos académicos, como el fuego aplicado a la madera.
Su paleta es bien reducida, limitada a blanco, carmelita y rojo, este último utilizado de forma muy efectista. Esta selección de colores hace que la muestra en general transmita ese sentimiento de oscuridad propio de una posición existencial.
A través de las diferentes obras Ramos-Prida expresa sus estados de ánimos dentro de este sentimiento de transitoriedad que está experimentando emocionalmente. Ya en la pieza Del Libro de los Muertos, de 2000, representa lo que concibe como su retrato después de la muerte, más bien como una vista aérea de sí mismo. Para dar esta imagen, utiliza calaveras y representaciones de miembros, como manos y pies. Formalmente, se apoya en elementos propios de la escultura precolombina, y el resultado recuerda los frisos de los templos, concebidos casi como elementos arquitectónicos.
Conceptualmente, la obra de Ramos-Prida está cerca de la de artistas como Dubuffet, que aparentemente dejan a un lado su formación académica para interesarse en un tipo de obra conocida como “primitiva” por estar formalmente estructurada a partir de principios visualmente más simples. Su atracción por este tipo de obras se revierte en la creación de sus obras actuales.
A partir de una obra minimalista, Ramos-Prida nos está dando su visión personal sobre la vida y la muerte. Esta predisposición a un tema que puede considerarse mórbido por algunos se acentuó a partir de su diagnóstico de distrofia muscular. Los cambios que avizoraba le generaría esta enfermedad le han hecho reflexionar sobre su vida, la cual ve como una etapa de transición hacia un estado final, la muerte, un proceso para el que muchos se preparan durante toda su vida. Sin embargo, su representación de la muerte, y del hecho de estar muerto, no es pesimista. Ramos-Prida ve la vida como la transición necesaria e inevitable, como una preparación, quizás como el propio poema de Calderón de la Barca, como una ilusión, un sueño.
IRINA LEYVA
