Emilio Sánchez fue un producto de dos mundos: producto de una juventud que transcurrió en Cuba, inmerso en la cultura caribeña, también estuvo inmerso en el escenario artístico de Manhattan durante los años triunfantes de la década de 1950 y los que siguieron. Desde 1952 hasta su muerte en 1999, residió permanentemente en Manhattan, pero durante ese tiempo viajó mucho, primero por el Caribe y más tarde explorando los países alrededor del Mediterráneo. A pesar de la relativa oscuridad de su nombre en algunos círculos, expuso de manera sistemática durante su vida y está representado en la mayoría de los museos y colecciones importantes de Estados Unidos, Europa y América latina. Hoy, la Fundación Emilio Sánchez es la primera fundación de caridad basada en la obra y el legado de un artista latino.

Sus temas y estilos fueron tan variados y eclécticos que cualquier intento de etiquetar o categorizar su arte sería falso. Su producción abarcó desde bodegones académicamente miméticos hasta escenas de la vida callejera y barrios urbanos; desde casas cubanas muy detalladas, de brillantes colores, hasta representaciones formales de paisajes citadinos de Nueva York. Una reciente exposición en Latin Collector, que se centró en las Abstracciones arquitectónicas de Sánchez, demostró cuán familiar y esquivo puede ser su arte.
Las obras de esta pequeña exposición rigurosamente editada abarcaban unas cuantas décadas, variaban en tamaño, estaban ejecutadas en diferentes medios y compartían la conexión de ser abstracciones urbanas, pero variaban de los detalles íntimos a amplios horizontes. Aunque en algún nivel consistente desde el punto de vista estilístico, su arte es un arte de contradicciones. A primera vista, estas pinturas exudaban una fresca inmediatez, casi una candidez que ocultaba su sofisticación formal y la versatilidad de las preferencias estéticas del artista. Uno se sentía tentado a hacer asociaciones instantáneas entre Sánchez y otros artistas, pero la lista que se le venía a la mente de inmediato —O’Keeffe, Sheeler, Crawford, Moscowitz, Pippin y Hopper— revela la heterogeneidad detrás de su obra. Untitled (Looking West From My Studio) reducía la arquitectura de Nueva York a simples bloques de color, donde la edificación central de la composición estaba interpretada mediante su ausencia antes que estar escondida, y parecía dar un paso adelante del precisionismo. Por otro lado, Untitled (Almacenes) cambiaba de una vista panorámica al detalle de una entrada en rampa y un pedacito de muro, haciendo las áreas fuertes de luz y sombra una parte tangible de la composición, como un Hopper más riguroso. En otra dirección más, Sánchez hizo una acuarela muy oscura y opaca que se deleita con los diseños cuadriculados de la periferia del centro de Manhattan. La quietud y franqueza de esta pintura, combinadas con sus extrañas proporciones y la afectada representación de las figuras de la calle coquetean con el efecto surrealista.
En esta exposición no había mucho espacio para una gama temática, ni fue, de ninguna manera, la perspectiva general más amplia de su arte. Sin embargo, la virtud de una exposición más pequeña, bien seleccionada, es que arroja una gran luz sobre algunas de las dimensiones más particulares de un artista. Ésta demostró lo interesante que fue Sánchez como pintor. Aunque la idea que algunas personas tienen de él como artista puede ser muy diferente de la que presentaron las obras, éstas fueron consecuentes con sus valores básicos de sofisticada franqueza y sus temas de arquitectura y lugar. Así como la vida de Sánchez lo llevó a ambientes muy diferentes y lo expuso a diferentes culturas, él logró asimilar y apreciar los diferentes estilos y alternativas artísticas que lo rodearon, aunque mantuvo su propia opinión. A pesar de su amor por la arquitectura y la geometría, sería un error tratar de encasillarlo.
JOHN ANGELINE
