El Museo de Arte Moderno presentó, del 8 de junio al 17 de septiembre pasado, De la materia y la idea, exposición retrospectiva del artista mexicano Eloy Tarcisio. En un ejercicio curatorial ajeno a organizaciones cronológicas o temáticas, la muestra transitaba orgánicamente entre pinturas, instalaciones y dibujos realizados a partir de 1975 y hasta la fecha, mostrando al espectador la forma en que el artista ha elaborado un discurso conceptual basado en lo matérico y lo expresivo, donde los materiales tienen un papel simbólico en diálogo continuo con la expresividad propia del pulso del artista. Resulta particularmente interesante la manera en que Tarcisio se relaciona con lo pictórico, pues, contrario a muchos artistas que trabajan desde la materialidad y la instalación, Tarcisio lo hace siempre desde una perspectiva pictórica, sin por ello negar nunca las cualidades específicas del lenguaje tridimensional. En su obra, la mancha y el color aparecen como estrategias discursivas cuasi expresionistas, que vinculan la obra a lo inconsciente y quizá incluso, a lo naif. Es por ello que el título de la exposición resulta tan contundente, pues mientras lo matérico y lo conceptual aparentan una falsa dicotomía, Tarcisio trata de revelar a la materia como la fundamentación del concepto, como el origen. Es por ello que la tierra y la sangre, las especias y el mole, los nopales, elotes y magueyes aparecen con tanta insistencia en la obra del artista, pues, a través de ellos, Tarcisio habla de la memoria, del lugar al que pertenece, de la condición híbrida y liminar de su patria y, por lo tanto, de sí mismo.

La resignificación de las identidades nacionales desde una perspectiva personal es probablemente lo que más interesa a Tarcisio, quien lleva más de treinta años elaborando su propia versión de la mexicanidad, en la que se interpolan arbitrariamente las tragedias personales con las tragedias políticas, las aventuras amorosas y el olor a mole, la desesperación urbana y la desesperanza rural, el amor por la tierra, la memoria y sus huaraches. El creador habla de un México personal, pero no hay en su mirada una perspectiva postmoderna, y en ese sentido resulta preciso acotar la diferencia de la producción de Tarcisio con los productores neomexicanistas ochenteros, para quienes el cinismo de una visión fragmentaria es lo que construye la idea misma de identidad contemporánea. Contrariamente, a Tarcisio le interesa la posibilidad de recuperar un sentido de la memoria y la historia del lugar, es decir, el pasado recuperado como posibilidad de construcción de futuros, y en este sentido es que la obra de este artista corresponde brutalmente al espíritu de los setenta, pues conlleva inminentemente una dimensión utópica, un vislumbramiento entre pasado y futuro.
La muestra presenta una selección que prepondera la pintura sobre la instalación u otras manifestaciones desarrolladas por el artista a lo largo de su producción. Piezas como Mayahuel (2005-2006) muestran un claro interés en la vinculación de dibujos esquemáticos con pintura expresiva, donde el mito y lo personal dialogan dentro del espacio pictórico, siempre en claras alusiones a un regreso a lo primordial. En esa pintura —una de las más emblemáticas de la muestra—, el artista habla de la diosa del maguey y, por ende, del pulque, de la embriaguez. Tarcisio representa al maguey como una mujer arropada por cientos de senos, alimentadora, dadora de vida y erótica a un mismo tiempo, pero no entregada sino digna, de pie, mirando otro cuerpo femenino fragmentado, dislocado. Y es que en las pinturas del artista aparecen alusiones recurrentes al cuerpo deseante: el beso y el corazón, la transparencia y la pareja, siempre como dibujos esquemáticos que hacen pensar más en idealizaciones y recuerdos que en fidedignas representaciones. Es el caso de obras como Primera pareja (2005-2006), claramente alusiva a los mitos sobre el origen, donde con trazos rápidos elabora dos siluetas sobre manchas y escurrimientos, que hacen pensar en pinturas rupestres, en huellas o rastros. Lo importante en la pintura de Tarcisio es la unidad que consigue entre sus materiales, su trazo y sus títulos, relacionados tan íntimamente que es imposible desligarlos.
Pirámide (2002) es otra pintura especialmente interesante en la muestra; un esgrafiado de una pirámide hecho sobre una tela pintada con mole es lo único que requiere el artista para desembocar una serie de reflexiones sobre la idea de lo mexicano, como esta constante hibridación no sólo de culturas sino de momentos culturales, donde se mezclan la cosmogonía ancestral con especias hindes traídas por los españoles, pero también las visiones de lo exótico y lo turístico, con una especie de orgullo nacionalista venido a menos.
LARISA ESCOBEDO
