El arte urbano —ese fenómeno tan controvertible y tan difícil de definir— es aceptado cada vez más dentro de unos espacios reservados para los artistas que habían cumplido con ciertas pruebas y se habían probado no sólo por su excelencia y originalidad sino también porque su obra era consecuente y seguía siendo relevante con el paso del tiempo. Esto ha ocurrido, en parte, porque muchos de los artistas “de la calle” se han dado cuenta de que hay que jugar unos juegos distintos a los que jugaban cuando el dinero y la fama no eran importantes (ejemplos: resolver el problema de lo efímero de sus obras, usar diferentes soportes y mejores materiales).

Producto de esta estética (el arte producido por “los marginados”, autodidactas y rebeldes que quieren expresarse/acusar/reclamar/proponer Utopías, y ser oídos y tomados en serio no sólo por los suyos sino por los que controlan el mundo del arte y por una sociedad piramidal muy conservadora y rígida), amante de la música de su generación (y experimentado disc jockey), es Carlos Colon (autodidacta, de padres puertorriqueños, que nació y vive en Chicago, quien comienza a graffitear a los l3 años influenciado por el movimiento graffitero de Nueva York, y quien en poco tiempo se ha ganado un cierto reconocimiento internacional), conocido como DZINE.
Este joven artista trata —y muchas veces logra— de traducir las energías del arte y la música urbana que lo rodean/afectan/influencian en Chicago y después en otras ciudades (esos colores, esos ritmos, esas expresiones de indignación y esperanza tan particulares), en originales y armoniosos “cantos” que nos pueden elevar al crear espacios/experiencias agradables.
En la exposición Beautiful Otherness, que se presentó en el Museo de Arte de Puerto Rico desde agosto hasta septiembre de 2006 (exposición que creemos fue totalmente prematura para que ocupara una de las principales salas de “el museo nacional”, que trata de establecer su posición en el mundo del arte), vemos cómo el artista, bajo la estética que él ahora llama “punk/funk/psicodélica”, crea unos diseños y unas texturas llamativas/alegres/divertidas (en todo tipo de formato) usando acrílicos y cuentas de vidrio (Beadazzled). (¿Graffiteo para museos y coleccionistas?).
En sus enormes cuadros y paneles, DZINE trata de llevar/traducir “a la representación visual los efectos sonoros de la música” (su música, la música de una generación) y crea unos diseños abstractos y semiabstractos (donde podemos ver nubes, lluvia, flores, diseños industriales, etc.) que combinan, con inteligencia y efectividad, la corriente psicodélica y el Pop de los 60 y 70, con elementos orgánicos postmodernos. En paneles monumentales como Beautiful Otherness de 2004 (acrílico y cuentas de vidrio sobre tela), y Punk Funk de 2005 (acrílico, envirotex y barniz sobre madera), donde ya no usa las cuentas de vidrio que definieron su obra y ayudaron tanto a su popularidad, el artista construye coloridos “paisajes” donde se ve el paso/cambio del arte urbano crudo/rudo a un trabajo mucho más formal. DZINE, consciente ya de la perdurabilidad de su obra, va a redefinir las reglas de su juego. El problema mayor es que estas obras, aunque impactantes al principio, pueden convertirse en calculados ejercicios que nos podrían aburrir en un futuro no muy lejano, y ser confundidas con la decoración de un lobby de un hotel en Las Vegas. En sus obras de menor tamaño vemos a un DZINE más intimista, más lírico, más honesto. La obra de mayor interés de la exposición es Hero/Heroine: East, de 2006, un tocadiscos, y bocinas de los 70, cubierto de cuentas de vidrio y fijado en la parte baja de una de las paredes (obra hecha en colaboración con Codi Hudson).
Aunque hasta cierto punto yo veo lo que está haciendo DZINE con el arte de la calle como lo que Federico García Lorca hiciera con la poesía popular andaluza/gitana en su Romancero gitano: “elevar” lo popular y efímero, y darle entrada a los espacios del canon, hay mucha gente que ve la obra de este joven poeta visual como un arte muy decorativo, sumamente superficial, donde se combinan elementos orgánicos usados y re-usados, un minimalismo trasnochado, algo de los discursos psicodélicos y Pop de los 60, para la construcción de diseños agradables e inofensivos que no tendrán ninguna consecuencia. Veremos. Solo el Tiempo puede ser el Juez.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
