Árboles, vendas, insectos, basura, banderas. Donna Conlon emplea materiales poco tradicionales en su trabajo artístico, en obras en las que el proceso tiene tanto valor como el producto y en las que ella explora las posibilidades expresivas del arte efímero y de performance, de los ensamblajes, las intervenciones y las instalaciones. Es una artista que esculpe, descubre, recicla y filma, creando nuevos significados y recontextualizando los objetos cotidianos y los desechos de la sociedad globalizada, con un respeto infinito por la conservación y el balance biológico del planeta. Sus obras, además de reflejar imaginación, sentido de humor y creatividad en el uso de elementos biológicos o reciclados, demuestran una significativa carga política, conocimiento científico y un urgente mensaje ecológico.
Los vínculos de Donna Conlon con la ciencia son profundos, pues fue en la rama de la biología que hizo sus estudios universitarios, llegando a obtener una Maestría con especialización en Entomología en 1991. Fue cuando cerraba esa etapa de su vida que Conlon decidió explorar otros caminos, sobre todo en cuanto a la autoexpresión, interés que la condujo a educarse inicialmente en el área de la escultura, y luego a sumergirse de lleno en el mundo del arte. Ya en 1993, formó parte de una exposición colectiva en la Universidad de Cornell, y cuatro años después, presentó su primera muestra individual: una selección de esculturas en piedra, madera y cemento en el espacio del Departamento de Expresiones Artísticas de la Universidad de Panamá.

Sin embargo, fue con su muestra Permutaciones en 1999 que Conlon se hizo notar de manera contundente en el ambiente artístico de Panamá, país al que se había mudado cinco años antes. Las permutaciones eran esculturas que reproducían formas de la naturaleza con sustancias tan diversas como alambre, papel, látex, aserrín y polen. No se trataba de la representación de la naturaleza con sus verdes, espléndidos y tropicales, sino de seudorreliquias de crisálidas, frutas, semillas y nidos abandonados en el tiempo, como elementos botánicos con aire de huacas arqueológicas. Conlon buscaba incitar más preguntas que respuestas: un plano superior de contemplación sobre la naturaleza, donde ella siempre ha buscado nuevas direcciones y posibles vías de evolución. Mientras lograba ingresos como ilustradora científica en aquellos años, Conlon siguió experimentando en el arte tridimensional con sustancias diversas, creando formas orgánicas como cestos o nidos con delicadas ramas o alambre, redes como medusas y obras tejidas con reminiscencias de las piezas de soga de Eva Hesse. En 1999, Conlon cruzó la línea de la escultura a la creación de instalaciones con su pieza Dónde ponerlo todo, y en 2000, durante un viaje a Costa Rica, por primera vez hizo intervenciones directas en la naturaleza al llenar las raíces de grandes árboles con alambres y hojas, obras que documentó con fotografías.

Sedienta de información e intercambio intelectual, y luego de trabajar la escultura por su cuenta en Panamá a lo largo de cinco años, Conlon se inscribió en 1999 para estudios de postgrado en artes plásticas en Estados Unidos. Allá, en el noreste norteamericano, donde permaneció durante aproximadamente dos años, con frecuentes viajes de vuelta a Panamá, su obra tomaría nuevos giros. Sobre todo, desarrolló —en parte como consecuencia de una muerte en la familia— un interés en el arte efímero y el uso de nuevos materiales. Produjo, por ejemplo, Fragilidad capturada (2000), una pieza en la que incorporó mosquitos muertos —víctimas de “esa violencia hacia pequeñas criaturas tan aceptada por la sociedad”— en una colcha de secciones de plástico cosidas con hilo rojo. Insectos voladores —en este caso, típulas— también protagonizaron la obra Proyecto para mejorar la naturaleza (2001), en la que Conlon creó tres súper insectos escultóricos al injertarle a uno las alas, a otro las patas, y al tercero, las antenas de otros insectos “donantes”. La intervención, que hace referencia a temas científicos y ambientales como la manipulación biológica y la selección artificial, dio como resultado una obra de arte tanto hermosa como perturbadora.

Las obras de Conlon son producto, en gran medida, del ambiente que la circunda y las cosas que encuentra disponibles en su entorno. Aunque el mundo natural seguía teniendo parte importante en sus obras, durante su época de estudios, impresionada por la mugre y el desorden urbano en la ciudad de Baltimore, Conlon empezó a incorporar basura en su trabajo. El proceso se inició al coleccionar, entre otras cosas, casi dos mil pajillas1 de plástico que encontraba en el camino matutino de la casa a la universidad. La decisión de reinsertar esa colección de objetos inanimados en el contexto sociocultural dio origen a trabajos como Limpieza II (2001), un video de doble canal, donde de un lado se observa la mano de la artista recogiendo las pajillas una por una, y del otro lado, la mano reubicándolas en diversos espacios urbanos. Por primera vez, la artista incorporaba en una obra tanto el movimiento como el sonido, así como su propia participación activa, llevando a cabo la acción con la mano izquierda, mientras sostenía la cámara de video con la derecha.
Conlon empezó a emplear la acción artística como acto reparador y compensador, para poner las cosas en orden, o para curar heridas o daños. Durante una residencia en el Vermont Studio Center, en el verano de 2001, llevó a cabo una intervención en el bosque titulada Árbol cortado con curitas, donde aplicó pequeñas vendas adhesivas al tronco segado de un árbol, dejando caer al lado de éste, en una pila de basura, los centenares de envoltorios de papel. En un solo gesto, la artista creó la metáfora de una cura para el perjuicio causado a la naturaleza por el hombre, mientras que, paradójicamente, engendraba un nuevo daño, haciendo énfasis con su acción en lo inútil que resultan las soluciones a medias contra la contaminación. La misma línea metafórica proveería la base posteriormente para su serie de cuatro Proyectos del Bosque (2001-2002), intervenciones captadas en video que muestran las manos de la artista “curando” plantas maltratadas u hojas rotas con hilo y aguja, grapas, goma, parches de otras hojas, y hasta envolviendo una planta con gasa para reparar el tallo. En la obra Invasión (2001), que formó parte de la muestra organizada por Sculptors at Work y exhibida en la Corcoran Gallery de Washington D.C., Conlon también envolvió plantas: en este caso, árboles vivos en un parque, que cubrió con cables enredados y desechos encontrados.

La colección de objets trouvées que se fue acumulando en el estudio de Donna Conlon dio origen a dos video instalaciones, Gran ciudad y Singular Solitario, que presentó en 2002 como parte de su tesis para culminar la Maestría en Artes Plásticas del Maryland Institute of Arts. Gran ciudad, título que hace referencia irónica al eslogan de la ciudad de Baltimore, trataba sobre el consumismo lamentable y excesivo que se da en las grandes ciudades, a través de la ubicación ordenada (sobre las paredes de una habitación blanca) de cientos de pequeños objetos multicolores de plástico incluidos ganchos de cabello, tapas de gaseosas, juguetes, puntas de hipodérmicas y probetas con tapas codificadas por color, en las que se distribuyen drogas. La instalación resultó aun más intensa por la proyección del video, en el que aparecía sólo su boca, a la que iba insertando aquellas probetas, en su mayoría vacías, una por una, hasta llenar a saturación el orificio, en un acto de consumición repugnante e insostenible.

Otro sentido de proporción es evidente en la instalación Singular solitario que Conlon creó con un gran número de zapatos individuales desechados que encontró tanto en Panamá como en Estados Unidos. La obra incluyó filas de calzados —de hombres, mujeres y niños—clasificados con etiquetas por fecha, como artefactos en un museo o evidencia policíaca, fotos Polaroid de los zapatos en diversos contextos y un video de la artista caminando en los zapatos de más de doscientas personas. Conlon filmó sus pies cruzando el plano visual de manera repetitiva, de derecha a izquierda, contra una variedad de fondos, con un pie desnudo y el otro calzado con cada uno de esos zapatos impares. Cada uno revela una personalidad única, como tuvieron sus dueños, cuya ausencia se percibe en la forma gastada de la suela y el carácter del objeto usado y desechado. Singular solitario permite interpretaciones diversas por la manera en que los zapatos conllevan significados y simbolismos múltiples, desde la representación de una cultura particular o una identidad personal hasta la obsesión por la moda o la fijación sexual por los pies.

Los desperdicios de los seres humanos también formaron parte integral de la intervención Carretera campestre (2002), que Conlon documentó como un video durante una residencia en la renombrada colonia artística de Skowhegan, en el estado de Maine. La artista creó, a lo largo de las dos líneas amarillas que demarcan el centro de la carretera en un área rural, un eje de basura con todo lo que encontraba tirado a los costados de la calle. Los movimientos repetitivos de Conlon, la reubicación de la basura sobre las líneas paralelas de la carretera, la perspectiva profunda y las laderas de bosques de verde natural constituyen una imagen emblemática de su arte. El mensaje de conservación es contundente, pues la basura colocada en “orden” estorba el paisaje de una manera irónicamente agresiva; la misma basura que a los lados, mezclada con el mundo natural, se vuelve inocua y fácil de ignorar. Aunque el mensaje parecía sencillo, el video titulado Refugio natural, que Conlon filmó durante la misma época, sirvió para hacer notar las complejidades y contradicciones del proceso ecológico. En este video, cada vez que la mano de la artista recoge algún desecho, nos hace ver que alguna pequeña criatura ya lo ha convertido en su refugio. En un acto absurdo de conservación, la eliminación de la basura también constituye la destrucción del nuevo hábitat del animal.

En la serie de fotografías titulada Árboles de basura (2004), Conlon encontró y documentó basura colocada en árboles de la ciudad de Panamá. Entre ramas vivas, descubrió radiografías, paraguas rotos, envases de jugo y bolsas de comida chatarra, objetos ubicados con cuidado incluso en árboles cerca de contenedores para basura. Luego, en el video Todo arreglado, del mismo año, retomó las ideas de Limpieza II y desarrolló el concepto de sus fotografías por medio de una inversión de roles, pues en esta obra es la mano de la artista la que coloca objetos desechados, uno tras otro, en posiciones irónicamente estratégicas dentro del paisaje urbano. Una tapa metálica cubre perfectamente la abertura de una tubería, un vaso de plástico cabe en el espacio de una cerca de ciclón, una pajilla se inserta con facilidad en la rendija de un enchufe eléctrico. En un orden subvertido, cada desecho parece tener su “lugar”. Como en otras obras, Conlon va creando un ritmo visual y auditivo al colocar los objetos en ese presunto orden, dentro de ciudades afectadas por tantos actos cotidianos de silenciosa y progresiva destrucción.
La polución y la relación del ser humano con el agua son temas del video Marea baja (2004), en el que cientos de viejas llantas de hule ruedan hacia la orilla del mar en la bahía de Panamá, donde el romper de las olas las reúne. A pesar de las promesas políticas, es bien conocido que la contaminación de la bahía sigue aumentando a un compás continuo, como lo hacen las llantas en Marea baja. La misma bahía aparece en el video animado titulado Espectros urbanos (2004) —obra que, junto con Todo arreglado, hizo a Conlon merecedora del primer premio de la IV Bienal Centroamericana—, que se inicia con una vista de los rascacielos en el sector de Paitilla, en la ciudad de Panamá, observado desde lo que parece un pedestal de concreto. En un plano frontal, se van acumulando —poco a poco, con sus correspondientes sonidos, y en un ritmo casi travieso— varias pilas de desechos, como tapas metálicas de botellas y cajas de fósforos. En el espacio entre el pedestal del primer plano y el cielo, los objetos van creando torrecitas que reproducen la imagen de los rascacielos con acumulaciones de basura ordenada. Las nubes se mueven con el viento y pasan algunas aves en vuelo, como recordatorio de que en este espacio alguna vez dominó la naturaleza. Espectros urbanos formó parte de la selección de la curadora Rosa Martínez para la exposición Siempre un poco más lejos, en la 51a Bienal de Venecia, uno de las dos muestras internacionales que constituyeron el eje del renombrado evento artístico en 2005. Con sus referencias creativas y lúdicas a problemas mundiales como la saturación urbana y el mal manejo de los desechos, Espectros urbanos se comunica en un lenguaje internacional.

Gran parte de la obra de Conlon enfoca lo que ella llama los “artefactos del consumismo”, toda aquella parafernalia que desechamos, que nunca desaparecerá de la Tierra. En su preocupación por el medio ambiente, sus acciones muestran conexiones con figuras clave en la historia del arte y con otros artistas de hoy. Conlon conoce bien las ideas pioneras sobre arte ecológico que promovió Josef Beuys, quien proponía una mayor comprensión de la interacción entre la naturaleza y la cultura humana, así como el arte de performance y los happenings que hicieron famoso a Allan Kaprow. También hay un vínculo importante entre Conlon y las ideas del Arte Povera de los años sesenta, particularmente, en el carácter antitradicional y subversivo de su arte, así como en su interés por las acciones de arte y el uso de materiales cotidianos. Conlon guarda relación con figuras contemporáneas tales como Nina Katchadourian, cuya obra incluye la “reparación” de telarañas y hongos; Mel Chin, con sus proyectos para la restauración ecológica; y la “arqueología moderna” que practica Mark Dion. Como ellos, Conlon crea arte que promueve un análisis de la cultura contemporánea. En el proceso de examinar los hábitos y los desperdicios de la humanidad, Conlon busca —como dijera Kaprow— la integración del arte y la vida.
En reacción a la invasión de Irak por Estados Unidos en 2003, Conlon participó en actos de protesta y creó obras como los videos Desatado —donde sus manos aparecen atando los cordones de “toda clase de zapatos, de toda clase de personas”— y Coexistencia, una pieza poco usual dentro del trabajo de esta artista, obra con la que luego representó a Panamá en el Pabellón del Instituto Italo-Latinoamericano, en la Bienal de Venecia de 2005. Coexistencia muestra la marcha de una multitud de hormigas arrieras2 a través del bosque tropical panameño, activísimos insectos que se desplazan cargando pedazos de hojas que han cortado y que transportan hacia sus nidos. Lo sorprendente en el video es que, en vez de trozos de hojas, algunas hormigas cargan signos de la paz o banderas que representan a los 191 países miembros de las Naciones Unidas3. Como en un desfile de nacionalidades, Conlon logró —a través de una larga preparación y cuidadosa filmación— que las hormigas transportaran símbolos políticos en una marcha productiva, silenciosa y pacífica. Aunque la obra muestra, con especial encanto, cómo en el mundo natural muchos pueden trabajar juntos por el bien de toda la comunidad, desde el punto de vista científico, hay un subtexto importante. Estas hormigas —que pueden ser muy destructivas— viven en colonias, en grandes urbes, con una clase dominante y otra esclavizada, dentro de una estructura social en la que sólo las mujeres trabajan. El mensaje de Coexistencia claramente refleja una combinación lograda de ciencia, conciencia y arte.

En la Bienal de Arte de Panamá de 2005, Conlon presentó el video Más me dan, para el cual coleccionó bolsas de plástico de lugares diversos, incluidos tiendas, aeropuertos, revistas de arte, hospitales y casas de empeño (como en el caso del título de la obra), que hablan de la globalización del exceso. En el video, contra un fondo negro, vemos las manos de la artista abriendo bolsas que, como muñecas rusas, revelan una, y luego otra, bolsa menor en su interior. La multiplicidad de colores y logotipos, el sonido que producen las bolsas, más el compás divertido de la obra, crean un efecto seductor e incitan una curiosidad casi infantil por ver lo escondido. Las manos sin cuerpo —las mismas que conocimos recogiendo basura en sus primeros videos— se han convertido con los años en actores sofisticados, como mimos silenciosos que con su posición o movimiento logran transmitir sensaciones humanas.
En un video reciente, titulado Estación seca (2006), creado por Conlon en colaboración con el artista panameño Jonathan Harker, la basura vuelve a reinar, pero de manera diferente, estridente, con el ruido dramático y hasta ensordecedor de botellas que se lanzan y se revientan unas contra otras en una gran montaña de vidrio verde, en un centro de reciclamiento en las afueras de Panamá. A diferencia de los múltiples trabajos solitarios que ha creado Conlon, Estación seca requirió de todo un equipo de ayudantes tirando botellas desde diversos ángulos, y de Harker dirigiendo la acción como un conductor de orquesta, para lograr la cadencia y la intensidad sonora adecuadas. En este video, y el sonido va in crescendo y luego desciende, para terminar con un último, dramático golpe de vidrio. El video ofrece, como tantas de las obras de Conlon, una combinación de la acción del arte con la vida cotidiana, un comentario sobre la conservación ecológica, pero, sobre todo, una experiencia catártica que habla de creación, destrucción y reciclaje.
NOTAS
1. En diversas partes de América Latina son conocidos como carrizos, popotes, pitillos o sorbetes.
2. A estas hormigas se les conoce en Panamá como arrieras. En otros países tienen nombres como attas cortahojas, podadoras o zompopas.
3. Con relación a las hormigas y banderas, vienen a la mente los trabajos de Yukinori Yanagi presentados en la XXIII Bienal de São Paulo, en la que los insectos creaban caminos, migrando entre enormes acrílicos con arena de colores que conformaban las banderas de diversos países del mundo.
MÓNICA E. KUPFER
Crítica de arte y curadora con Doctorado en Historia del Arte. Directora-Fundadora de la Bienal de Arte de Panamá.

