Daniel Joglar nació en Mar del Plata, Argentina, en 1966. Vive y trabaja en Buenos Aires y desde 1997 viene forjándose una carrera en las artes plásticas, respaldada por experiencias como el trabajo dirigido por Kuitca en las becas a jóvenes artistas, la obtención del Primer Premio en la Bienal Nacional de Arte en Bahía Blanca o la Beca del Fondo Nacional de las Artes y el subsidio para la creación artística de la Fundación Antorchas, entre otros reconocimientos.
En esta ocasión, el artista presenta una instalación en una de las salas expositivas del Centro Colombo Americano de Bogotá, compuesta de innumerables objetos que penden del techo con hilos de nylon que los sujetan. A distancia media del piso, barras de madera con terminaciones esféricas, finos tubos metálicos, placas de aglomerado de madera en formas geométricas, aros y otros objetos conforman una suerte de móvil que el espectador contempla desde los bordes de la sala. La impenetrable composición se dispone a diferentes alturas e inclinaciones para ser vista como un dibujo tridimensional en el que los objetos se leen como trazos, líneas y puntos focales suspendidos en el espacio.

Joglar suele crear instalaciones a partir de objetos encontrados según el lugar en donde se haya programado exponer su obra. Así, su producción cobra un carácter site-specific que podría parecer de una simpleza absoluta, pero que cobra complejidad en la medida en que construye conexiones formales de volumen, simetría y ordenamiento lógicos. En el aparente caos del sinnúmero de elementos que involucra, el artista orquesta una dialéctica bien pensada, directa y clara, lo que denota una intencionalidad programada y de trasfondo esquemático. Cierta rigidez matemática juega con un sinfín de posibilidades dadas por los entramados de objetos colgantes según el ángulo desde donde se visualicen.
Desde el punto de vista conceptual, llaman la atención nociones como “equilibrio”, “balance”, “gravedad”, “luz”, “tiempo”, “espacio”, “velocidad”, que son importantes a la hora de disponer cada elemento teniendo en cuenta su papel como parte integral de la obra. No es gratuito que los objetos de esta instalación sean livianos y la justificación del artista a esa característica yace en la necesidad de que no haya unos que “pesen” más que otros ni en literalidad ni en corporeidad.
El trabajo de Joglar involucra reiterativamente lo mágico. De hecho, el nombre mismo de la exposición, …Nothing in My Hands; Nothing Up My Sleeves… (…Nada por aquí; nada por allá…), evoca la frase insignia de los prestidigitadores que logran ilusiones ópticas con la destreza de las manos, recontextualizando los elementos objeto de su acto. De igual manera, esta obra es mágica por cuanto resignifica dichos objetos, aunque de una manera más explícita que la que pudiera corresponder al mero ilusionismo. Es más el resultado del proceso mental de esa resignificación lo que es ingenioso, impactante y divertido. Lo mucho que se puede decir del efecto compositivo de un conjunto de varillas, formas inventadas y objetos cotidianos torna lo elemental en una complejidad de relaciones formales cuya maravilla es, justamente, llenar de significados lo insignificante.
No es el simbolismo de los objetos lo que interesa más al artista sino su forma, su función y el carácter de los materiales de que están hechos. El artista divide en tres grupos básicos los elementos que utiliza para conformar su representación: el primer grupo es de cosas nuevas que se pueden comprar en cualquier lugar; el segundo es de cosas que pertenecen a colecciones (disparadores nostálgicos) y el tercero es de cosas únicas. Daniel Joglar afirma: “Intento ejercer una acción dispositiva sobre estas cosas para terminar con su identidad o funcionalidad, para que pasen a verse de otro modo. Me interesa disponer las cosas de modo que el objeto se ensimisme, como si se encerrara sobre sí a tal punto que sólo es lo que es, al punto que se ve de otro modo”.
MARÍA JOSÉ RAMÍREZ
