Del 10 de mayo al 17 de junio, se realizó en la Galería Ruth Benzacar la primera individual temática del escultor brasileño Artur Lescher (São Paulo, 1962), denominada Paisajes mínimos. Para tales efectos, el artista sacó el máximo de provecho a las cualidades topológicas del recinto expositivo, cuya disposición horizontal redobló la potencia tautológica del formato “paisaje”, en el que Lescher instaló sus inéditos objetos neominimalistas y esculturas site-specific, con el propósito de redefinir el espacio de la galería, a partir de eficaces contrastes e interjuegos de concentraciones, tensiones y distensiones.

Este nuevo opus, efectuado en diferentes tipos de materiales, como porcelana, madera, acero inoxidable, vidrio, fieltro, finas sogas y cordones de seda, puso el acento en las variadas y complejas posibilidades que están contenidas dentro de la poética espacial que actualmente el artista brasileño viene desarrollando, con la intención de concretar un orden plástico en tercera dimensión, como si se tratase de un hábitat y, paralelamente, muy neutro, serial, si bien en este nuevo sintagma híbrido de obras, el encadenamiento metonímico, entre cada una de ellas, produce diversos pliegues conceptuales que hacen a estos trabajos romper ex profeso, con la inmediatez de las certezas sensoriales. Ello implica que Lescher promueve, con sus Paisajes mínimos, un modelo crítico que polemiza con la supuesta "coherencia" iconográfica que ha existido en el campo de las artes visuales, la teoría de la representación, la del lenguaje y aquella de los órdenes naturales mismos.
Con la "caída de la imagen del mundo", presidida por el cartesianismo y su noción de evidencia, el sentido empieza a trastabillar, desaparece, se desvanece, en un salto de discontinuidades al que no es ajeno el arte contemporáneo. En tal sentido, vale subrayar las declaraciones del propio artista: “Esta muestra discute la noción de paisaje, de forma casi indexical, dado que los trabajos expuestos aluden lejanamente a ríos, playas, lagunas, rayos y lluvias, tratando que la selección de los mismos propiciase una visión clara de mi labor actual”. Por su parte, al referirse a las distintas constelaciones de micro-instalaciones que articuló para esta muestra, Lescher agrega: “Las obras establecían relaciones dinámicas con el espacio, en su conjunto, como cuerpo de obra total, pero, simultáneamente, seguían teniendo su propia autonomía, produciendo tensiones y distensiones, necesarias para su existencia, como los diversos tipos de encuentros que deseo establecer entre materiales, formas y construcciones, lo cual, viene aconteciendo desde mi trabajo site-specific, expuesto en la última edición de la Bienal del Mercosur (Porto Alegre)”.
Un cuerpo de obras sustancial se repartió en toda la sala principal de la Galería Ruth Benzacar, integrado por piezas como Aguja negra, homenaje o citación erudita de los Tagli (Tajos) de Lucio Fontana, ligeramente suspendida sobre la pared, acariciándola, casi etérea; las series de los Cometas, con sus tensores; la Armadilha para baby, las Lagunas, el Rio de Prata, desencadenando dicha situación de interrogación y puesta en abismo de los sistemas “evidentes” de representación espacial, al desvincularlos del ámbito de la tradición, pues ya no transmiten la enciclopedia tribal, ni los procesos culturales que otrora convertían a la imagen en una suma de sedimentos cristalizados o en mera anécdota.
Para Lescher, lo que importa es el comienzo de la crítica al propio discurso de la escultura, al crear una nueva cartografía geográfica, en la que los signos entran en rotación y dislocación. De tal suerte, la playa, el río, el desierto, en tanto índices temáticos, nos conectan con “paisajes desnudos”, y es ese tipo de despojamiento radical lo que los distingue y desliga de todo tipo de alusiones previsibles. La diferencia no es tanto natural como estética, de regímenes de significación, al pasar revista a las obras expuestas.
Que sean postminimalistas no implica que sean mudas. En ellas, encontramos un singular “susurro del lenguaje” espacial, que funciona a través de encadenamientos alegóricos certeros, es decir, aquellas huellas de lo que hubiese sido un “mundo”, antes de que la mano del hombre decidiera reescribirlo.
En el trabajo escultórico de Lescher se pone de manifiesto un doble proceso de acción sobre los materiales, las estructuras que no son inalterables y los mensajes que decide codificar. Por un lado, crea piezas que parecen objetos compenetrados y familiarizados con el design y el “ser de confianza”, propio de lo utilitario. Sin embargo, a posteriori, transforma y modifica severamente esa objetualidad difusa, en piezas que son objetos completamente inútiles e imposibles de transitar, como su Armadilha para baby. Se trata de un enorme tejido tramado por cilindros de inmaculada y blanca porcelana, insertados en largos barrales de madera oscura. La alfombra enrollable está sólo para ser contemplada y recorrerla por sus bordes o adyacencias, sin pisarla ni usarla. Jugando con la sección cilíndrica y la cuadrangular, el artista generó una escultura en campo expandido, que apela al tacto, esto es, a las cualidades puramente táctiles de la escultura contemporánea.
Artur Lescher acaba de ser galardonado con el preciado Special Award for Kajima Sculpture Competition (Japón).
CLAUDIA LAUDANNO
