A pesar de que Alfredo Jaar es uno de los artistas más importantes y representativos dentro del panorama del arte contemporáneo internacional, su obra no ha dejado de considerarse polémica. Desde hace muchos años, mucho antes de que el “arte político” fuera una moda o una categoría estética, Jaar ya viajaba y elaboraba trabajos de marcado corte conceptual, en los que, a través de la fotografía denunciaba la situación de diversos grupo humanos en situación límite por cuestiones económicas, sociales o políticas. Sus trabajos sobre los mineros brasileños, los balseros haitianos o el genocidio de Ruanda son ampliamente conocidos. La polémica ha estribado no tanto en los problemas y situaciones que denuncia, como en la resolución formal de esa denuncia. En muchas ocasiones se le ha acusado de estetizar el sufrimiento ajeno, y aunque es verdad que en ocasiones sus construcciones minimalistas caen en un preciosismo que contrasta con la precariedad de los paisajes y personajes que recogen, también es verdad que nos ha ofrecido algunas de las imágenes más políticamente potentes que haya dado el arte contemporáneo. Aquellas cajas negras llenas de fotografías ocultas para siempre, de las que sólo podíamos leer una descripción; la desaparición ante nuestros ojos de esa mujer negra que nos recordaba la invisibilidad a la que se encuentra condenado todo el continente africano, o el millón de diapositivas sobre una mesa de luz que recogen un millón de veces la mirada de Gutete Emerita, testigo involuntario de la matanza de 400 personas, son algunas de sus aportaciones al debate sobre la situación del mundo postcolonial y su relación con el mundo desarrollado. Curiosamente, aquellos trabajos, si bien gozaban de terminados impecables y, ciertamente, de un alto componente estético, carecían de romanticismo. Se trataba, en todo caso, del artista en tanto testigo de una situación que, a través de su trabajo, buscaba darle voz a quien no la tenía, de ahí la ambigüedad de su propia posición frente a las situaciones que denunciaba.

El caso de Muxima es, en este sentido, radicalmente distinto. El punto de partida de la película, de unos 40 minutos de duración, es su propia colección de música africana —una pasión personal derivada sin duda de sus múltiples viajes—, en la que encuentra distintas versiones de una misma canción tradicional angoleña, y que sirven de hilo conductor para una sucesión de estampas en movimiento que pretenden iluminar algún aspecto del contexto político y social en el que fue hecha cada una de las grabaciones. Jaar lo define como un poema visual, aunque su referencia al haiku es quizá algo excesiva. El resultado es una serie de estampas irregulares en su fuerza pero que dejan algunas imágenes memorables, como la de un teatro al aire libre completamente vacío que sirve de metáfora al tema recurrente en la obra de Jaar, la invisibilidad, la falta de testigos en algunos lugares del mundo. En sus mejores momentos, la película logra imágenes de mucha fuerza y el papel de la música es en efecto fundamental. De hecho, la pura transformación sonora de la canción que le da título es riquísima en evocaciones. Quizá el punto débil se encuentre en la ambigüedad que Jaar plantea entre la mirada documental y la mirada construida. La sensación de situaciones encontradas muchas veces se diluye frente a la evidencia de una puesta en escena. Aunque el mismo Jaar afirma no haber hecho uso de actores, de efectos especiales ni de luces artificiales, si se percibe, sin embargo, una cierta dirección de escena, especialmente en aquellas tomas que incluyen personajes. En este sentido, la construcción en movimiento que plantea Jaar —a diferencia de sus fotografías y cajas de luz— reactiva críticamente la polémica sobre la utilización de los sujetos y la mirada que el artista posa sobre ellos. De hecho, la película funciona mejor siempre en aquellas imágenes más estáticas, más simples y, por lo tanto, más potentes. Para confirmar esta evaluación, basta con ver las cajas de luz y fotografías que se exponen paralelamente en la galería; en este caso todas demandan atención y todas son imágenes excelentes que concentran el drama, la belleza y la actualidad social y económica de Angola. Estas fotografías continúan, sin duda, la vertiente de denuncia a la que el artista nos tiene más habituados, aunque quizá con un poco menos de dolor y un poco más de resignación. O mejor, con una esperanza que busca sobreponer el carácter de todo un pueblo a los avatares políticos y económicos. En este sentido, se trata como indicaba más arriba, de un trabajo sorprendentemente romántico que evoca, sobre todo, la mirada de un artista enamorado y conocedor de su tema, convencido de la belleza y el atractivo de lo que nos muestra y encantado de compartirlo.
ISSA Mª BENÍTEZ DUEÑAS
