Alejandro Almanza (México, 1977) tiene clara la situación de su generación: la única seguridad es la inseguridad, el peligro es cada vez más amplio y sus presentaciones pueden adquirir diversos formatos. Es a través de los formatos insólitos —un tanto neo sesenta—, que el artista enfrenta al espectador con situaciones de alto riesgo. En todo su planteo hay una picardía: no solo el peligro está en lo visible, sino, ¡atención!, hay puntos sueltos que el espectador debe percibir, unir, entender, adivinar. Lo que parece ser el problema, por ejemplo, los enchufes sin conectar, es sólo la manera encubierta, la manera de distraer; el problema está en lo demás, dos ordenadas hileras de bolsas y cajas de material que, si se juntaran, ahí estallaría el verdadero peligro.

Stand Clear / Manténgase alejado, también implica, indiscutiblemente, manténgase alerta. Con alejarse sólo se soluciona el aspecto de la seguridad inmediata, con mantenerse alerta se atiende a la reflexión que se debe generar. Las instalaciones de Almanza son como momentos de la sociedad actual. Los roperos, esquinas y entrepaños vienen siendo una reflexiva advertencia del artista. El equilibrio inestable de la mayoría de sus instalaciones así como la evidencia del complejo riesgo en la formulación y realización de las instalaciones, constituyen la estructura visual de sus obras. Habitualmente, la gente evita apoyar poner peso sobre un espejo sobre tubos de vidrio dedicados a iluminación. “Habitualmente” sería aquí un sinónimo de antes, en otra época, en cualquier momento pre-9/11 y antes del Tsunami. ¿Quién se habría basado en sostener un televisor por medio de un gran tubo de neón? En Sin título (Mesa), la posición del monitor puede ingenuamente entenderse como “para ver la TV acostado”, para eso hay otras soluciones, desde los brazos metálicos que se venden –como se encuentran en algunos hospitales u hoteles–, hasta un sencillo entrepaño en la pared. ¿Hace esto pensar que la preocupación de Almanza no es ver la tv acostado? Evidentemente. El monitor es lo que menos importancia tiene; de hecho, el monitor está desfasado de su eje y de su soporte (la mesita) por el gran tubo-peligro. La clave está en el equilibrio de lo frágil sosteniendo lo pesado (léase, la fragilidad del ser humano debe sostener el denso estado de alerta y riesgo).
¿Por cuánto tiempo puede sostenerse este tipo de agudos equilibrios inestables, tanto los creados por el artista como los de la humanidad? En el caso de las obras de Almanza, el artista puede aludir a algo semiefímero pero puede trabajarlo con aceros reforzados y convertir la instalación en algo perdurable. Esta situación pone más en evidencia que lo que importa en su obra es una estética de señales. La obra puede tener la vida asegurada: con una construcción adecuada, con reemplazos parciales o totales si fuera necesario; en cambio, el ser humano puede ejercer una construcción/protección adecuada, puede tener reemplazos parciales pero no puede ejercer la tercera opción recién mencionada. En cuanto a la constante de los cables a la vista, es el énfasis de lo temporario. Es un momento de una construcción inestable. ¿Acaso se puede creer que haber visto en vivo la Guerra por televisión nos deja incólumes por estar lejos? El mundo de las ondas de transmisión hace su efecto. Nada es ya sólo virtual, todo deja secuela, incluso los agresivos jueguitos virtuales.
Nuevamente memento, reforzando la idea de lo que está ahí por un tiempo breve, las fotografías están presentadas en ese mismo tono, desarticuladas del habitual “objeto estético”. En su presentación y en la espacialidad que refieren, esas fotografías de Almanza Pereda confirman que atienden al recorrido de un acontecer fugaz, a algo registrado con cierto anonimato. El artista estudió y vive en Estados Unidos, en ésta, su primera exposición individual en esta ciudad, es el factótum de todo esto que sucede en una galería de arte en Chelsea, en medio de talleres de reparación automotriz, bodegas y los más sofisticados espacios comerciales de arte. A través de una de sus dos ventanas al nivel de la calle se ve un grueso bloque de cemento sostenido por grandes bulbos de luz cuyos filamentos anaranjados indican que están conectados aún durante el día (aún durante el día, el mundo está en riesgo). La otra ventada encortinada oculta el resto de las instalaciones; al entrar, el ambiente pequeño, compartimentado, mantiene la misma sensación dual que ofrecen las obras de Almanza: teatralidad y advertencia, o sea, un artista asumiendo el barroco desde el presente, creando extremas tensiones que hasta pueden parecer sólo teatrales pero son en realidad, desarrollos de altares a la humanidad resueltos con materiales propios de la vida terrenal.
GRACIELA KARTOFEL
