En la trayectoria del artista mexicano Yoshua Okón podemos encontrar lo que aparece como un conjunto de obras “graciosas”: policías que bailan torpemente, improvisados actores que representan diversos melodramas en el contexto de una fábrica de muebles, un video interminable en el que sólo aparecen los patrocinadores... En la exposición que presenta en la Galería Espacio Mínimo de Madrid este tono parece perpetuarse: jóvenes absortos en la música que sale de sus audífonos, mientras mueven la cabeza rítmicamente, o la recreación de un tiroteo en la que los advenedizos actores hacen “pum” cada vez que simulan un disparo, por ejemplo. Se trata, en todos los casos, de trabajos que se sostienen sobre la finísima línea entre la realidad y la representación, se trata de obras de arte del género “casero”, es decir, alejadas de las superproducciones y purismos que se acostumbran en el arte más contemporáneo. Este carácter evidentemente deliberado está dotado de una particular gravedad que se manifiesta en los temas a los que Okón alude.

El trabajo de Okón sólo es gracioso en la superficie, la mayor parte del tiempo linda los bordes de lo político y lo patético sin mayor pretensión pero con una gran certeza y una buena dosis de acidez.
La presente exposición está conformada por cuatro piezas bastante contundentes y que se relacionan entre sí sólo por el tratamiento que Okón da a los temas que toca.
Por una parte, encontramos un conjunto de fotografías de la acción Coyotería, en la que el artista reproduce la famosísima acción de Joseph Beuys I like America and America likes me, en la que el artista-gurú alemán se encerró con un coyote en una galería en Nueva York. En este caso, el animal ha sido sustituido por un coyote mexicano, esto es, una persona que por una “mordida” gestiona papeles, acelera procesos burocráticos o pasa gente al otro lado de la frontera. El fieltro, el bastón de chamán y los periódicos que utilizara Beuys han sido sustituidos por una porra de policía, una cobija de tela sintética adornada con la imagen de un coyote o un lobo y un montón de Tele-guías (revista semanal mexicana en la que además de chismes del mundo del espectáculo se dan las programaciones televisivas). La equiparación es algo más que un chiste sobre la historia del arte o un símil fácil sobre la proliferación de este tipo de personas en México. Las fotografías son especialmente fuertes, en la medida en que recogen con una acuciante claridad cuestiones sumamente idiosincrásicas que van desde la apariencia del “coyote” —el traje, el peinado, las joyas— hasta las referencias al Tele-guía que sustituye el periódico de Beuys. Todo el montaje es un comentario implacable, no sólo sobre la corrupción o el nivel cultural de México, sino también sobre el sistema del arte y sus alcances en ese contexto.
A esta pieza se contrapone la videoinstalación Shoot. Okón encontró en un desguace en Los Ángeles un coche de policía abollado y tiroteado. Aparentemente había participado en un tiroteo durante el asalto a un banco que fue retransmitido por televisión en tiempo real. A partir de esta anécdota, Okón dirigió a un grupo de camarógrafos, que con sus cámaras ocupan el papel de los ladrones. Por otra parte, contrató a un grupo de inmigrantes indocumentados de diversos países latinoamericanos para hacer el papel de policías. La acción torpe e improvisada, tanto de los cámaras como de los actores, se acerca, sin embargo, bastante a la sensación de indefensión que debe tenerse al encontrarse en una situación similar, en este caso, revertida, pues ahora los indocumentados hacen de policías, muy lejos ya de los tiroteos filmados en Hollywood.
Las otras dos piezas que completan la exposición son más discretas aunque también gozan de múltiples referencias. US es un proyecto de monumento para ubicarse en Estados Unidos. Dos gigantescas letras que forman la palabra "US" hechas de oro sólido que juegan con el “nosotros” en inglés y las siglas de United States.
Finalmente, en Jedbangers, una pantalla colocada sobre una pirámide de altavoces que emiten ruido blanco nos deja ver alternativamente a distintos jóvenes que mueven la cabeza al ritmo de sus audífonos. Todos cierran los ojos y flotan en un fondo oscuro, de modo que estos jóvenes rockeros no parecen violentos ni amenazantes. Al contrario, absortos en su música, parecen llevar a cabo algún ejercicio ritual, que no evita la reflexión sobre el estado de introspección e individualismo de la juventud actual.
En conjunto, el trabajo de Yoshua Okón alude a situaciones cotidianas que, separadas de su contexto, se nos muestran extrañas, torpes e incluso lastimosas. Son trabajos que nos incomodan, en la misma medida en que nos revelan una pequeña parte de nosotros mismos.
ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS
