Titulada Maestro de los sueños la primera exposición de Rodolfo Morales, tras su fallecimiento en 2001, se presenta en la sala Carlos Pellicer del Museo de Arte Moderno de la ciudad de México. La exposición itinerante permaneció hasta el 6 de agosto, y después viajará al norte del país, luego a Bogotá, Colombia y finalmente a Los Ángeles. De entre los más de 200 ejemplos de su obra, aquí reunidos –donde abundan óleos y dibujos de gran formato-, destacan justamente los que escapan a la convención del encuadre. Objetos tales como columnas decoradas, collages en papel y tela, biombos y un desayunador, pintados en el particular estilo de Morales. Aunque sus paisajes suelen ser descripciones de la frontera entre la vigilia y el sueño, las atmósferas descritas por Morales son un tanto irreales. Esas imágenes hablan de una arcadia bucólica, constituyen el recuento poetizado de su pueblo natal (Ocotlán de Morelos, Oaxaca) representado a partir de una iconografía, lo mismo actual que decimonónica y peculiar de aquella provincia; locomotoras de vapor, actos cívicos, trajes típicos y escudos nacionales del pasado republicano.

Usualmente citada junto a la de sus coterráneos Rodolfo Nieto y Francisco Toledo —como si la casualidad del origen per se explicara algo—, la pintura de Morales ha sido encasillada por la crítica que la describe aún con los términos empleados hace ya seis décadas para hablar de una generación anterior y tildada de naïve.
Se le compara con la geografía del nacionalismo mexicano que ilustraran Rufino Tamayo, María Izquierdo o Antonio “el Corcito” Ruiz. Aunque la pintura de Morales sí sea de postales que denuncian el pasado (la pobreza de su pueblo y la corrupción de autoridades locales), romantizan el presente (a Ocotlán lo definen la ensoñación y el primor) y exigen un mejor porvenir (desconfianza y distancia críticas del pueblerino frente al Estado), esta exposición resulta ser la oportunidad esperada para renovar el léxico interpretativo que expliquen al oaxaqueño y su obra. Ello supone que la obra de Morales es mucho más que el universo emocional ligado a una tradición inventada y que compartirían solamente sus paisanos. Así, existen cinco entidades fundamentales que pueblan el imaginario de Morales: el silencio en que vivía el autor, las mujeres-flores de su pueblo, los perros callejeros, la casa del pintor abierta al público y a la discusión de problemáticas sociales, además de la topografía misma de aquel poblado mexicano. La referencia al mundo de los sueños como explicación del universo imaginativo de un provinciano viejo espera iluminar el significado de paisajes un tanto metafísicos (calles invariablemente vacías y que se pierden cuan lejos el horizonte), la ausencia de hombres (solamente mujeres y animales parecen vivir en la villa que observamos) y la convivencia de lo real con las ficciones propias de toda historia patria.
Paradójicamente, respecto a su intensa labor social y política, Morales pareciera retratar al imaginario colectivo, el cómo se prefiere pensar a un pueblo y su devenir en dos siglos, de manera subjetiva y sin bosquejar apuntes sociológicos sobre la realidad de su estado. Por otro lado, la curaduría poco imaginativa de Guillermo Sepúlveda ha vuelto a optar por el catálogo pintoresco, sin entablar diálogo alguno entre las obras, ni sugerir lecturas a partir de la concatenación de series iconográficas.
Si bien la exposición cuenta con una museografía ejemplar, no parece haber orden alguno en el agregado de obras. La lógica interna de este ejercicio no es cronológica, tampoco formal, ni temática; la exposición se pretende nada más exhaustiva. De igual manera, el espacio inherentemente plástico y versátil en la estructura circular que supone el edificio para el Museo de Arte Moderno se halla aquí lamentablemente desaprovechado.
En cierto sentido, la pintura de Morales aparece como anacrónica para el público mexicano y ello explica también la ausencia de fortuna crítica positiva para esta exposición en México. Pertenece a un arte común en México entre 1920 y 1950, peculiar sistema a partir del cual las ideas de “lo mexicano” y “el problema indio” eran hechas enunciados explícitos, generando un manifiesto que se construye a sí mismo, solidificando las fronteras político-culturales que el Estado imponía. Es la lírica estatista de un régimen que ya no está en el poder, explicación de una secuencia de períodos en la historia de México definiéndole racial y culturalmente desde su elemento indígena. Ese que vive en pueblos como el de Rodolfo Morales.
Éste ha sobrevivido en lo profundo y el vilipendio cinco siglos, y es entonces el que vale la pena rescatar y difundir de las artes de la Colonia, el período moderno y la actualidad. Esa misma temática es la que parece retratar Morales, y a los ojos de muchos, hoy ya no tiene sentido sino como ilustración turística o elegía artesanal.
CARLOS MOLINA
