Exposición Individualoct 2006 - dic 2006· Por Andrés Isaac Santana

Mónica Van Asperen

Galería Fernado Pradilla

Una de las grandes virtudes que reside y se localiza en el trabajo de muchos artistas contemporáneos latinoamericanos, es la enorme capacidad con la que sus poéticas relatan, aquellos fenómenos que han llegado a convertirse en verdaderas obsesiones para la cultura contemporánea. El conjunto de los discursos ideoestéticos más sólidos de la creación latinoamericana actual es, por fuerza, un escenario de reflexión aguda, no sólo sobre los tópicos fundamentales que hacen sitio en la agenda de debates, sino que sus advertencias alcanzan el propio terreno del arte, de sus mecanismos de articulación y de sus presuntas responsabilidades en medio de una cultura anclada en el simulacro y la cosmética.

Exposición Individual: Mónica Van Asperen — imagen 1
Mónica Van Asperen. Irrupción de mí hacia lo otro I, 2003. Fotografía sobre aluminio.124 x 124 cm. (48 4/5 x 48 4/5 pulgadas).

En este sentido, la fotografía latinoamericana, en tanto registro que ha probado la vulneración de sus límites y sus irrefutables posibilidades de indagación en el revés de una realidad cultural con infinitas gradaciones, viene a ser (sin dudas) uno de los soportes desde los que con mayor acierto se opera una comprensión poética de un presente bastante surrealista e incorregiblemente paradójico.

La obra fotográfica y el universo instalativo camaleónico de Mónica Van Asperen (Buenos Aires, 1962), expuestos en diversas ocasiones en la madrileña Galería Fernando Pradilla, es un caso emblemático de esta tendencia estética que, desde el regodeo de lo formal y el convincente artilugio compositivo de exquisita factura, consigue establecer profundas metáforas respecto al estado esquizoide de la cultura contemporánea. De ahí, en parte, que su trabajo sorprenda por la agudeza y soltura con la que pone en discusión un grupo de cuestiones asociadas el cuerpo y a sus representaciones (entre estiramientos forzados y tensiones agudas), que advierten sobre sus insospechados límites y sobre el modo en que éste es capaz de responder a las demandas hegemónicas que le convierten en un auténtico simulacro de virtudes o en un nuevo paradigma higienista-estético de sobrado rendimiento. Por esta vía, las fotos expuestas, junto al paisaje objetual de la instalación, centralizan el conflicto de los opuestos, cuestión harto recurrente y aún irresuelta en el relato estético occidental. Cuerpo-ausencia de éste, materia-vacío, ausencia-presencia, cuerpo-aire, cuerpo-liberación, existencia-levedad de ésta son algunas de las ideas que se pueden deducir de la mirada de sus fotos. El cuerpo, que es la prueba primera de nuestra identidad y de nuestro “estar en el mundo de las cosas tangibles”, es invadido desde una astucia poética que delata la incomunicación con el otro, la miseria que le convierte en fetiche de miles de escaparates, en materia maleable sobre la que se estructuran e imprimen infinitas huellas de comportamiento desde los centros de poder y control.

Éste es otro de los rasgos que se hace común a muchas fotógrafas latinoamericanas, el de ser ellas mismas, en su gran mayoría, el objeto que hace la suerte de emblema central de sus fotografías. La artista y su cuerpo, en medio de un ensayo de naturaleza performática, son el centro de mira del discurso fotográfico. Un tipo de instantánea que, anclada en el yo, trasciende la imagen de sí misma para convertirse en la voz amplificada de muchas. Desde su realidad, sexual, genérica, racial, existencial, y también cultural, son capaces de tejer universos autorreferenciales ligados a sus contextos de actuación mediante infinitas conexiones, algunas sospechadas por la crítica de turno.

Ésta es una de las razones por las que no resulta del todo convincente el ataque gratuito que suele arremeterse muchas veces contra aquellas obras cuya belleza visual explota un hedonismo de factura y de composición muy significativos. Fotógrafas como Cecilia Paredes, Priscila Monge, Marta María Pérez, Milagro de la Torre, Cirenaica Moreira, Patricia Martín, entre otras muchas hacedoras del lente, apelan a un uso pulcro y hedonista de la fotografía, sin evitar con ello hundir el alcance y elocuencia de sus discursos en el entramado profundo y riquísimo de prácticas culturales de ascendencia antropológica, religiosa, ecológica, social y cultural, además de todas aquellas preocupaciones que provienen del campo de los estudios de género y la articulación pertinente de una voz con signo propio. La obra de Van Asperen disfruta de esa virtud: la de ser por derecho propio una lectura hermosa y contrastada de la realidad humana, tomando como eje discursivo su propio cuerpo o cuerpos ajenos que hablan del ser-genérico en su eterno dilema de ubicación, reencuentro y también pérdida.

Un aspecto formal de estas instantáneas, y que ha devenido sello de su propuesta, es el uso de ciertos elementos, como globos dispuestos de maneras infinitas y antojadizas, así como un registro de posiciones muy bien conseguidas que hacen de la composición un lujo a la mirada y remiten al pasado de la artista. Sus cuerpos-esculturas, que seducen sin remilgos por sus cualidades táctiles y erógenas, resultan relecturas audaces del mundo frío y neobarroco del maniquí y, por extensión, del universo acelerado y exasperante de la pasarela. Por otra parte, la intencionalidad cromática y el trabajo espectacular con la luz, que consiguen un aura pictórica de tintes clínicos, pudieran ser leídos como el nuevo modelo de virtud corporal, asociado al mundo del laboratorio y la corrección de la apariencia. Los cuerpos de Van Asperen aguardan tranquilos a que los designios de la crítica consigan en algún momento revelar las claves de ese estar enigmático e inquietante.

ANDRÉS ISAAC SANTANA

Mónica Van Asperen, por Andrés Isaac Santana | artnexus