Recientemente se clausuró en la Galería 39 la muestra Bichus de Mercedes Elena González. Titulada de esta manera —para diferenciarse de los Bichos de Gego—, esta muestra es resultado de cuatro años de investigación en la que la artista no sólo indagó en nuevos planteamientos conceptuales y formales, sino que profundizó aún más en algunos aspectos trabajados anteriormente, logrando una obra distinta y novedosa.
Ciertamente, en su serie conocida como Neurohilados o Entretejimientos —expuesta en la Sala Alternativa en 2001—, buscaba crear un macrocosmos en obras de muy pequeño formato cuyas telas o látex estaban “enmarcados” con tamborcillos de bordar. Se trataba de una obra de referencia marcadamente femenina e íntima pero a la vez con lecturas muy diversas, que van desde la representación del cosmos —de un mapa sideral cuya infinitud quedaba simbolizada por la circularidad del formato— hasta representaciones orgánicas en las que la obra, como una piel, transparentaba redes capilares o redes neurológicas del hombre, imágenes que la artista usaba como pretexto para armar una “escritura”. Ésta, a su vez, podía leerse de manera reversible, pues visualizar el espacio sideral era equivalente a visualizar una imagen marcadamente orgánica vista a través del lente de un microscopio. Un juego donde los opuestos son posibles, donde macrocosmos y microcosmos son pictóricamente la misma cosa.

Esta relación “arte-ciencia” continúa en su obra reciente. Sin embargo, al igual que en la serie anterior, esto es apenas un aspecto de la obra de Mercedes Elena González. Porque Bichus también es una obra pluridimensional. De ella, al igual que en los neurohilados, podemos hablar de biología, de neurología, de astronomía, como también de anatomía —por el uso de radiografías—, e incluso de “corte y costura”. La diferencia está en que ahora la artista busca otras alternativas plásticas no pictóricas como la tridimensionalidad, al poner en funcionamiento estos bichus en el espacio. Primero como “relieves” en formas ovoidales, de cuyos neurohilados brotan ramificaciones y filamentos; luego, en piezas autónomas, independientes: los bichus propiamente dichos.
El resultado es una instalación compuesta de pequeños cuerpos orgánicos creados mediante radiografías recortadas con tijeritas de uñas y convertidas en finos filamentos, anudados, entrelazados. Son cuerpos inclasificables, muy sutiles, surgidos del azar, mezcla de insecto o de microbio, de plantas incluso, “composiciones orgánicas” que se “posan” sobre la pared o sobre una mesa. Estos bichus son híbridos que resultan, paradójicamente, de desechos de un material industrial como la placa fotográfica de la radiografía, y a la vez, son representación de cuerpos orgánicos.
Al igual que en los neurohilados, la artista vuelve a utilizar recursos monocromáticos, trabajando elementos oscuros sobre el plano blanco de la pared. De esta forma, vuelve a “hilar la noche” mediante un nuevo tejido. Sólo que este nuevo tejido no está hecho con un pincel que “borda” hilos, sino con hilos enmarañados de radiografías cortadas de las que salen hilos o partes sueltas, cuyo conjunto conforma el cuerpo del bichu. Vistas como unidad, son pequeñas y frágiles esculturas; vistas en conjunto, trazan una nueva escritura que se despliega sobre la pared. Pero, en una interpretación amplia, también son otra manera de entender el dibujo. Dibujo concebido de tres maneras: uno que se da por las siluetas mismas creadas con las radiografías cortadas en filamentos, que, siendo un material oscuro, contrasta con la blancura del entorno (la pared y la mesa o base blanca utilizada en la sala expositiva); otro, visto como dibujo sin papel, que resulta de las sombras proyectadas por estos bichus sobre la pared, cuyas líneas varían según la incidencia de la luz; el tercero, es el dibujo real hecho sobre papel, que la artista, consciente de los efectos producidos por las sombras en los dos primeros casos, aprovecha y los dibuja. Estas imágenes dan muestra de un mundo biológico imposible e inclasificable.
Esta exposición marca una etapa importante en el desarrollo plástico de la artista. Al “abrirse al espacio”, no sólo abandona progresivamente los recursos pictóricos utilizados en sus neurohilados sino que explora en nuevos materiales y en las posibilidades espaciales que estas piezas tridimensionales le ofrecen. Éstas, en su pequeñez, van invadiendo el espacio de manera indiscriminada y sin límite, acción que demarca un nuevo punto de partida para la artista, pues su próximo paso son piezas de mayor formato. La conducta invasiva de estas obras no sólo apunta a una manera de ver y entender su proceso creativo como un proceso en continua transformación. De allí, estas piezas orgánicas, “vivas”, mutantes y silentes: los bichus de Mercedes Elena González.
SUSANA BENKO
