Con una trayectoria bien interesante y sin embargo de poca repercusión en la prensa local, la madrileña galería Raquel Ponce, viene desarrollando un programa de exposiciones bien heterogéneo pero, sin duda certero, en el que se maneja una nómina de creadores latinoamericanos cuyas poéticas alcanzan ya un estado de madurez atendible. Una de las últimas muestras de esta temporada la dedicó al excelente artista dominicano Jorge Pineda (Barahona, 1961).

La muestra, orquestada bajo el sugestivo, poético y no menos inquietante título de Frágil, lanza una reflexión dura, frontal y, si se quiere, rabiosamente hermosa, sobre la subjetividad infantil y el desorden de las marcas punitivas que son infligidas desde el poder de la mirada adulta, su desatino y su horror. Esta muestra tiene la rara virtud de conjugar en el conjunto de sus obras el lirismo y el dolor, la mueca y la sonrisa. Todas las piezas, ordenadas en un trazado con énfasis dramatúrgico, centralizan la luz sobre un drama, lanzan una advertencia a tiempo sobre el destino incierto de una infancia desposeída, sobre la capacidad de la cultura para matar aquello que en principio ama. Sus personajes pequeños, sumidos en un silencio y una soledad ensordecedoras que les coarta todo arrebato de felicidad, resultan una prueba gráfica de varios estados de violencia. El trabajo de Pineda es documento de violencia, denuncia de ésta, indagación en la arquitectura de un hecho que está siendo ahora mismo motivo de preocupación para el mundo. Es aquí, en esa interiorización poética en el drama del dolor infantil, donde su obra reciente se revela poderosa, poseedora de una fuerte tensión entre la contestación social y la lucidez artística.
En este sentido, las obras, más allá de lo literal de su propuesta, de lo palmario de la representación casi artesanal y minuciosa, resultan abiertamente audaces en la configuración de múltiples metáforas de mayor alcance, dado que desde la perturbación infantil, desde el desvarío de una subjetividad que es apenas consciente de la crueldad del mundo que le rodea, Pineda está trazando un mapa antropológico de la mentalidad cultural adulta y de sus mecanismo de engaño y perversión. Una mentalidad, por fuerza, desprovista de piedad, desconocedora de la clemencia, dispuesta a calcular y a conseguir la excitación infeliz de la hormona muy a pesar del precio y de los sujetos menores que hagan entonces la suerte trágica (y desfavorable) de objetos furtivos del deseo. De este modo, los pequeños cuerpos de nobles anatomías, aún en crecimiento y enmascarados en el más brutal estilo leather, no son más que la proyección del deseo punitivo de la mirada dominante. Ellos son la construcción de un imaginario pervertido que alimenta un tipo de sed: la que gusta devorar sin prejuicio todo gesto de candidez y ternura. El mundo contemporáneo es duro y Pineda no se agota en subrayar su crueldad, su doblez, su cubismo afacetado de múltiples caras.
Esta perspectiva cuestionadora y reflexiva en la obra de Pineda es uno de los rasgos más gratificantes de su discurso como hacedor estético de la periferia del mundo. En tanto artista contemporáneo, inserto en su realidad sociocultural transterritorial, diaspórica y exiliada, Pineda reacciona como un relator de lujo, una especie de poeta visual que hurga y ensaya discursos con una factura dramática de sobrado lirismo. El conflicto de los exiliados, de los sujetos marginales que habitan en el margen de la permisivilidad, de la mujer criolla vendida como souvenir y emblema de una cultura exótica al turismo exógeno…son de las muchas problemáticas que su obra ha tenido a bien reflejar e incitar al debate colectivo. Si una virtud desborda la propuesta de este artista dominicano, y que no hace más que refrendar lo dicho, es que su obra advierte un aguzado dominio de la metáfora gráfica. Siendo así, resulta imposible la pasividad de un pase de vista desprevenido ante el número, a veces insospechado, de advertencias y de giros que esconden tras de sí el posicionamiento poético de matiz lorquiano frente al llanto acallado del mundo contemporáneo. Es por ello, creo, que no debe considerársele tan sólo un relator de la realidad dominicana, de la que sin dudas es un conocedor y portador en potencia.
En el orden estrictamente formal se corrobora una coherencia finísima entre la resolución visual de las piezas planimétricas, que a ratos incorporan la pared como elemento conceptual determinante, y las instalaciones colocadas en medio del espacio galerístico. Pineda, al igual que otros artistas del área, es un artífice del espacio y logra, con una destreza camaleónica, hacer que cada una de las piezas (aun cuando se trata de morfologías diversas) dialoguen de un modo estable y ponderado. En estas obras la figura plana de los niños y niñas (a ratos existe cierto guiño a la cuestión genérica) remite de manera explícita a la iconografía infantil del dibujo en el muro o al imaginario de las muñequitas de papel que permitían el cambio infinito de atuendos. También, y en grado sumo, proyecciones sexistas de una mirada falocéntrica que ha tenido históricamente a bien el diseño de la subjetividad del otro. Ésta es una muestra en la que transcurren la ambigüedad, la contradicción soterrada, el arrebato del deseo e infinitas tensiones.
ANDRÉS ISAAC SANTANA
