El escritor usa el lenguaje figurado para que las palabras tomen un sentido en que denota ideas diferentes de lo que literalmente significan. Igual Esterio Segura, desde el título de su exposición, No todo lo que vuela se come, sugería un discurso visual alegórico, completado en los títulos de cada pieza (y en las piezas mismas), donde parecía expresar: “no todo lo que digo es de lo que realmente se trata”. Una suerte de invitación indirecta a que el espectador buscara lo que había detrás de lo que a simple vista mostraba.
En Cuba se atribuye a los chinos la idea —no sé si cierta o inventada— de que todo lo que camina, repta, corre, vuela o nada, se come. Cuando Esterio Segura especifica lo contrario, sugiere: “no te tragues (no asumas tal cual) todo esto”. Esta exposición lo reveló menos ecléctico de lo que comúnmente se le ha tildado, más en consonancia con un modo de hacer al “estilo internacional”, en el sentido de una visualidad minimalista, aunque como siempre subyace el comentario social, histórico, político, pero más velado. Tampoco estaba su peculiar manera de enfocar el humor.

Los conceptos abordados en cada escultura, fotografía digital o instalación fueron plasmados muy estéticamente. Predominaban aviones, pájaros y objetos alados. Cada uno de esos elementos tiene múltiples simbolismos, básicamente referidos al vuelo: sentido de libertad, de comunicación, de transgresión, de ir más allá de las capacidades del ser humano.
Pero ocurre que la mayoría de las cosas tienen un costado positivo y/o negativo, en dependencia del punto de vista del observador, del prisma a través del cual se mira, o del ángulo desde donde se enfoque. Así, las alas y el viaje que implican, están permeados de connotaciones buenas y malas. Basta para corroborarlo una ojeada al Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier, hecho en colaboración con Alain Gheerbrant.
Una lanza con alas entra en la pared como si fuera un cuerpo. De ella chorreaba sangre. Todo en color plata, predominante en la exposición. Al lado de esta pieza (hecha, como la mayoría, en materiales diversos), titulada Papá... ¿de qué color es la sangre de los héroes?, a un lindo Pinocho, afincado en una pila de libros, le apuntaba un avioncito en el extremo de su larga nariz, mientras ocultaba otro avión en sus manos, colocadas detrás de la espalda. Ésta se llamaba Pinocho y Napoleón cuentan la historia. Casi enfrente, un caimán —imagen recurrente para referirse a Cuba—, también alado, interrogaba: ¿Dónde se puede esconder el deseo si de la tierra se evapora el alma?
En la instalación que daba título a la muestra, compartían la escena 35 objetos diversos, de mediano formato, a los que puso alas. Híbrido de colibrí nombró un lindo bronce patinado, donde el pájaro, remedo de avión, parecía libar de una flor. Esa imagen, tatuada encima del pubis de su esposa, con la flor alrededor del ombligo, fue fotografiada por Esterio y expuesta como El ombligo del mundo. En Conversación sobre aeronáutica con Ana Mendieta, a la manera de las siluetas hechas por la artista cubanoamericana, Esterio Segura mostró la estructura de metal de un avión en llamas. Eso fue parte de un performance en que el avión yacía en una especie de trinchera y, a modo de azafata, Segura alimentaba a sus colegas con una parrillada. Según él, los artistas cubanos viven “atrincherados” en los aviones. Si antes preferían emigrar, ahora viajan: venden fuera, participan de becas y residencias, y se dan a conocer en eventos internacionales. En Cuba nadie tiene plata para comprar arte. En otra foto digital mostró un ala hecha de avioncitos de papel confeccionados por los niños del barrio. Una imagen muy plástica, lacónicamente titulada Vuelo blanco sobre fondo negro.
Según el diccionario mencionado, el sueño de vuelo suele terminar en pesadilla de caída: expresión simbólica de los fracasos reales. Señala: “Resulta curioso observar (...) que los vuelos espaciales, los proyectos interplanetarios (...) pueden ocultar la incapacidad de las grandes naciones industriales para resolver los problemas humanos del desarrollo económico y social. No sabiendo, no pudiendo o no queriendo utilizar sus inmensos recursos (...) en beneficio del hombre (...), se echan a volar por encima de la tierra. Es toda una psicología colectiva la que aquí se revela, en la que la voluntad de afirmar el poder en el cielo no hace más que compensar un sentimiento de impotencia sobre la tierra. Hay algo infantil en este gigantismo científico, que es testimonio de la inadaptación de esta sociedad para resolver sus propios problemas. Es como si fuese incapaz de asumirse a sí misma, para ordenar en primer lugar su propio destino. Renueva el mito de Ícaro y huye de sí misma, creyendo elevarse en el cielo”. Esterio Segura representó el poder como un hipopótamo alado en actitud de gritar.
ERENA HERNÁNDEZ
