La pasión con que Ernesto Ballesteros (Buenos Aires, 1963) habla de los mundos invisibles y la convicción con la que juega con las líneas y los puntos son equivalentes al silencioso vigor de su obra, que trabaja sobre el espectador sin que éste sepa exactamente cómo.
En las obras que exhibe en la Galería Ruth Benzacar, Ballesteros vuelve a demostrar la potencia del dibujo “que lo puede todo”, como dice Marta Traba, aludiendo a su relevancia, intimidad y expresividad. La exposición consiste en vistas abstractas, dibujos con la “cantidad de kilómetros de línea aplicados a un paisaje”, y en una instalación de 40.000 kilómetros (el equivalente a la circunferencia terrestre) de hebras negras en el centro de la galería, junto a una intervención sonora. La música de Nicolás Bacal y Nicolás Mastracchio, con un programa con constantes y mínimas variaciones, es casi imperceptible.

Los “paisajes” están inspirados en la obra de George Seurat (1859-1891), original y refinado estudioso de estética y tratados científicos que utiliza la técnica del puntillismo o divisionismo (como él la llama); pequeños puntos de colores puros uno junto al otro, produciendo “un efecto de mayor vibración y luminosidad con esta mezcla óptica”.
Precisamente, las maravillosas obras rojas, verdes, amarillas, azules, moradas, negras, también vibran y generan representaciones sensibles y crepitaciones casi invisibles. Sin estridencias y según la presión de los lápices en contacto con los papeles, surgen imágenes que aparecen como brumosos horizontes, espléndidos amaneceres, mágicos crepúsculos. Con formas ovales, cuadradas, rectangulares, los papeles enmarcados dan cuenta de la minuciosa planificación del artista para arribar a estas casi etéreas pero vibrantes abstracciones.
Las piezas fueron realizadas por Ballesteros, junto a otros once artistas, a la manera de los talleres del Renacimiento. ¿Ballesteros propone la disolución del autor? ¿Transparenta gozosamente una práctica generalizada?
El catálogo, con un texto de Lux Lindner, nombra a los colaboradores y publica un centenar de fotos que testimonian la producción y las obras, y el ocio del grupo liderado por Ballesteros. Lo curioso es que algunos de sus entusiastas dibujantes son artistas emergentes que ya se han labrado un lugar propio como Nicolás Domínguez Nacif, Isabel Peña, Juliana Iriart, Eduardo Navarro, entre otros.
Ésta no es la primera muestra de Ballesteros dedicada principalmente al dibujo. En 2000 y 2001 también se ocupa de puntos, líneas e intersecciones, dispuestos al compás de una aritmética en contacto con su imaginación. Su fascinación con el dibujo comienza a los cinco años cuando hace sus primeros garabatos. Su padre capta las inquietudes del niño cuando lo observa, prendado y quietito, siguiendo el día a día de la pintura de un tío abuelo, y luego lo envía a un taller a estudiar.
Agudo observador, Ballesteros se inicia profesionalmente haciendo historietas. Aunque parece obvio que quiere ser artista, al terminar el colegio secundario, se pregunta a qué se va a dedicar. Como le interesan la filosofía, la biología y la genética, se pone a estudiar publicidad para poder subsistir. Cursa tres años de la carrera de Bellas Artes y la abandona cuando deja de “intentar demostrar algo para intentar mostrar algo”.
Es entonces que en su trabajo en la tela aparecen Vito/Ver y Vito/Verá, personajes que nacen del dibujo gestual, de la pintura de acción, devenidos protagonistas excluyentes de sus historietas. Luego, estos protagonistas vuelven a la tela, agigantados hasta perder su especificidad y tornarse abstractos. Simultáneamente, salen a la calle transformándose en graffiti pintados con aerosol en cincuenta muros de la ciudad.
Quizá como contrapunto a la emotividad de los dibujos de esta exposición, la ineludible instalación de gran volumen pone en relieve el significado de la línea en un cruce con el interés de Ballesteros por la racionalidad científica. “La mía no es una actitud científica sino la de alguien que observa las implicancias filosóficas que traen aparejados los descubrimientos científicos”.
Tras profundizar sus lecturas sobre astronomía, física cuántica y cosmología, comprende que el vacío no existe y que es el observador el que le da forma al universo. “Lo que llamamos vacío está lleno de energía. Lo único que nos separa de ver algo de ese vacío se halla en el alcance de los instrumentos de observación”.
Punto por punto y con estas ideas rondando por su cabeza, el artista logra crear obras resplandecientes de conmovedora belleza.
VICTORIA VERLICHAK
