Exposición Individualoct 2006 - dic 2006· Por Caridad Blanco de la Cruz

Eduardo Ponjuán

La Casona Galería de Arte

Cuando Milan Kundera afirmó: “la contradicción entre el peso y la levedad es la más misteriosa y equívoca de todas las contradicciones” colocaba al hombre en posición de un levantador de pesos metafísicos. De igual modo, desplazó la operatoria del equilibrismo hacia los ámbitos de la Historia.

Esa inextricable contradicción de La insoportable levedad del ser reaparece ante la poética de Eduardo Ponjuán, en sus atmósferas; primero, en el uso del papel de techo como material cardinal en 2003, con Limbo (Galería Habana) y Koan (Museo del Ron), hasta llegar a ese atisbo de la mente humana que fue Lo tengo en la punta de la lengua (Museo Nacional de Bellas Artes, 2004).

Exposición Individual: Eduardo Ponjuán — imagen 1
Eduardo Ponjuán. Opera rex, 2006. Instalación con tres globos de PVC, balones de gas-helio, cobertor de ómnibus. Dimensiones variables.

Ahora retornó con Opera Rex, su reciente exposición personal en La Casona, abierta al público el 27 de marzo y mantenida durante todo abril. Con ella estuvo inserto en la nómina de los artistas cubanos invitados a la IX Edición de La Bienal de La Habana. La muestra, configurada a partir de dos “instalaciones” bien diferenciadas, guarda una relación directa con el arribo al país de un gran número de ómnibus Yutong y doce locomotoras que el gobierno cubano compró a China. El contraste entre el peso del parque móvil en relación con la ligereza de los cobertores utilizados para protegerlos durante la travesía colocó en manos del creador materiales sugerentes para ser manipulados que contenían en sí mismos una fuerte carga simbólica.

Acaso yo hablo en chino fue erigida a partir del forro sintético de una de aquellas locomotoras. Tenía las huellas del viaje hasta la isla: salitre, grasa, roturas. El interior de las dos salas de la galería lo ocupó su estructura, semejante a una enorme casa de campaña en movimiento suspendida en el aire. El gris plata de esa cubierta fue pródigo en matices, mientras ostentaba inscripciones en rojo de datos en chino e inglés referentes al objeto que había protegido.

El público sólo tenía que levantar el borde de la cubierta para adentrarse en un ambiente asfixiante y sobrecogedor. La visualidad interior cambiaba al entrar la luz por el espacio que separaba la pieza del piso, produciéndose así sutiles movimientos oscilantes en la penumbra. El centro de atención lo marcó el reflejo de una videoproyección que ofrecía una imagen virtual de la ciudad en un recorrido de 360 grados, tras la filmación de la imagen espejeada en la tambora de la cámara oscura de un periscopio. La proyección podía ser la visión del maquinista en la cabina de conducción (o la nuestra acerca del mundo exterior). Distorsionada y engañosa, al disponerse sobre una textura irregular, dejaba intuir fragmentos de ciudad, edificios, gente en las calles, un buque en la bahía. La letanía conservada en la banda sonora reforzó la sensación de movimiento ofrecida por Acaso yo hablo en chino. ¿Locomotora? ¿Atalaya?

En lo alto del patio central de La Casona estaba Opera Rex, dispuesta diagonalmente desde el techo de la construcción hasta el alero del primer piso. Pura ligereza el cobertor blanco y rectangular, con sus amarres, marcas de óxido y grasa, resguardo de una Yutong hasta Cuba. Es imposible negar su impacto visual, y esto sumado al vaivén del viento y la luminosidad, hacía que se concentrara durante el día la ambigüedad de tres grandes globos de PVC flotando en su interior, alimentados con helio desde balones en el suelo. Era un destello, el aura de una utopía, un sueño desplegado. En esa belleza suya, difícil de explicar y entender, no fue posible dilucidar si, la frontera blanquísima sobre nuestras cabezas era un mecanismo de contención contra la huida o el vuelo de los globos en ascenso, o si éstos apuntalaban la densidad y el rigor de esa otra realidad encimada en ellos.

El público que alcanzó a mezclarse con la performatividad de esas construcciones —retratos, tal vez, de ciertas circunstancias—, es probable que sintiera su esquiva naturaleza, su escurridizo sentido. Afirmar o negar será siempre desde los territorios de la duda. Sin embargo, la exposición Opera Rex me hace volver a Kundera, tras la reflexión forzada por el artista a partir del material que elige, su escala, su tiempo. Cuanto más pesadas, frágiles y difusas son las zonas hacia las que desplaza su ejercicio, como lo fue recrear la insolubilidad meditativa del zen, los enigmas de donde nace el pensamiento, la memoria y su excepcionalidad, se funden en la argamasa que somos. Por el contrario, cuando aligera la materia para su ardid operacional potencia la crónica, el relato cuál lastre del acontecer. Mientras más agónico el estado al que se refiere, leve se torna la materia. Desde adentro, las palabras impresas y el sonido de las “arquitecturas” de Eduardo Ponjuán pasaron a mezclarse con palabras que fueron realmente dichas y los ruidos estuvieron en la calle, sucedían en la vida, y los ecos del arte se extraviaron.

CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ

Eduardo Ponjuán, por Caridad Blanco de la Cruz | artnexus