Carolina Antoniadis ha presentado recientemente sus obras en forma simultánea en el Centro Cultural Recoleta y en Galería Infinito en Buenos Aires.
Ambas muestras constituyen un vivo testimonio de la madurez artística lograda por esta artista en su línea de trabajo donde lo decorativo, la sensorialidad del color y la línea describen sinuosos laberintos vinculados a la vida cotidiana y a la memoria familiar.
Ya a fines de la década del 80 (El fin de los sueños, 1988) se hizo muy evidente que sus investigaciones del espacio reclamaban, provocadoramente, un protagonismo.
Espacio aplanado, saturado, donde las figuras humanas de diferente escala se superponen o deslizan entre núcleos abstractos en un decorativismo vertiginoso y arrebatador. Espíritu decorativo que parecería anular el planismo pero que al mismo tiempo lo restituye en una graciosa, múltiple y vital homologación muy de nuestra época. Es que la publicidad y la gráfica contemporáneas impregnan esa característica de Antoniadis que Elena Oliveras —con mucho acierto— ha denominado su “mentalidad collagista”.

Su interés por el collage ha hecho que conserve su heterogeneidad y ánimo controversial asimilado a cierto clima cool y conceptual propio de algunos artistas de la generación del 80. El espacio adquiere así dimensión desmesurada por su sobreabundancia de referencias figurativas y no figurativas que se contraponen y fragmentan, orientando hacia interpretaciones diversas.
Entre los elementos no figurativos distinguimos aquellos que ella introduce para quebrar la unidad de la imagen y al mismo tiempo dotarla de elementos de cohesión y aquellos que provienen de su profunda vinculación con elementos de decoración. De origen artesanal o industrial, texturados o no, propios de la tapicería, la moda, estandarizados o menos convencionales, éstos se distribuyen en sus superficies con ilimitada variedad y exuberancia.
Y como en un encadenamiento que parecería no tener fin, van apareciendo distintas huellas, motivaciones, estratos de su inconsciente. Su abuela y su madre estaban relacionadas con el mundo de la moda femenina. Esta última fue decisiva en estimular su imaginación y hacerla atravesar alegremente la opacidad de lo cotidiano. A partir de allí surgen otras figuras familiares —su padre, su hermano— con sus fotografías y el abuelo Demetrio, pintor, a quien conoció a través de su obra.
Sus recuerdos y fantasmagorías de la infancia, más allá de cualquier idealización, revelan su acceso temprano a puertas que se abren y muros que se derrumban en la percepción de lo cotidiano. Ningún encierro, solo el goce de vivir que la artista ha conservado cuidadosamente en su obra comprobando la idea de Nietzsche: El arte afirma.
De su tradición familiar, Antoniadis recibió un sí a la vida, a la poiesis, a la creación, a la manipulación de materiales, para hacerles decir algo que iba más allá de sí mismos, y con toda naturalidad, ella nos habla del mundo de su generación —nació en Rosario en 1961— con las claves que su núcleo familiar le entregó.
Y así comprendemos, desde otro ángulo, esas redes intrincadas que nos sorprenden desde su obra sobre el plano, tanto como sus objetos o relieves.
Interviene entonces en su ejercicio de imaginación, como factor determinante, el tiempo. George Steiner nos ha hablado de esa experiencia única del hombre, capaz de expresar a través de los distintos tiempos verbales —sobre todo a través de subjuntivos, condicionales y futuros— esa posibilidad de despegarse del despotismo y la inevitabilidad del hecho inmediato.
Cuando Antoniadis titula sus cuadros —con una sonrisa— Pretérito perfecto o Pretérito pluscuamperfecto o Indefinido, etc., nos habla de su pasado, lo hace con humor, como en una parodia evocativa de la escuela y también de la posibilidad de introducir sutilmente en ese pasado hecho presente, ese esprit de finesse, del ser humano que le permite jugar con los tiempos, los géneros, con su propia historia y multiplicar creativamente la percepción de la realidad.
NELLY PERAZzO
