Carlos Amorales

Espejo oscuro, 2005. Fotofija de video.

Monografíaoct 2006 - dic 2006· Por José Manuel Springer

Carlos Amorales

Museo Universitario de Ciencias y Artes, MUCA

Hace algunos años conocí a Carlos Amorales en Ámsterdam, cuando en esa ciudad tenía establecida su residencia. En aquel entonces, Amorales se había hecho de una reputación con sus espectáculos performanceros de lucha libre, convocando al cuadrilátero la presencia de luchadores profesionales y luchadores sociales como el conocido Superbarrio, un pseudo héroe mexicano que surgió como portavoz de la sociedad civil, aquella que se organizó luego de los terremotos de 1985. Ahora Carlos Amorales reside en México, su carrera se encuentra viento en popa y la diversificación de sus actividades artísticas lo ha llevado a crear iniciativas como la disquera Nuevos Ricos, que promueve a grupos de música contemporánea, con una mezcla de sonidos locales, culturas regionales y ritmos globales.

En su más reciente exposición, Amorales lanza al ruedo, con el desenfado que caracteriza todas sus acciones artísticas, una pregunta que es el título de la muestra: ¿Por qué temer al futuro? Parece que, siguiendo su costumbre de confrontar lo real con la imaginación a través del poder de la imagen, Amorales se adelantaba a la visión de un futuro hoy más incierto para aquellos que vivimos sin camino, sin ruta.

La tarjeta de invitación de la muestra ostenta como símbolo de los tiempos una versión reciente de aquella paloma de la paz que sobre la silueta negra de los dígitos 68 sirviera de emblema a los juegos de la XIX Olimpiada realizada en México en el aciago, pero todavía cercano, año de 1968, año de revoluciones y represiones que marcó a toda una época y a varias generaciones. Sólo que en el caso de Amorales no se trata de una paloma exactamente sino de un ave genérica, una mancha negra de las que se colocan en las ventanas de los edificios para evitar que estos animales se estrellen contra los ventanales de los rascacielos.

Monografía: Carlos Amorales — imagen 1
Sala de lectura para cartas, 2005. Instalación con afiches, juego de cartas y muebles. Dimensiones variables. Cortesía: Kurimanzutto.

La propuesta de Carlos Amorales está más ligada a la interpretación del presente que al futuro. A diferencia de la obra que realizó para el pabellón holandés en la Bienal de Venecia de 2003, en la que instaló una fábrica maquiladora de zapatos deportivos para que el público europeo pudiera experimentar de primera mano las condiciones de la maquila, esta exposición que se originó en una muestra en Madrid, y que se repone en el Museo Universitario de Ciencias y Artes de la Universidad Nacional Autónoma de México, se lee más como una alegoría de lo que todos quisiéramos saber: cuál es el sentir de un mundo sin utopías, sin liderazgo y sujeto al vaivén de la incertidumbre. Preguntas que se hacen particularmente los mexicanos, los venezolanos, los cubanos, bolivianos, chilenos, brasileños, y el mundo en general.

La muestra comienza con un bosque nebuloso dibujado sobre las paredes de la sala, escenario sobre el que se mecen, en móviles metálicos, aves blancas como manchas apenas grises que se distinguen sobre el horizonte. La obra de Amorales se caracteriza por el empleo de tonos y siluetas que se recortan sobre fondos fríos. Esas formas simples, que recuerdan desde los primeros dibujos prehistóricos hasta los más sofisticados sistemas de notación, como las señalizaciones urbanas, tienen la ventaja de ser absorbidas como símbolo y signo por el espectador. Y, por supuesto, esta reducción de la representación a la sombra básica que ha pasado desde la caverna al dibujo y de éste a la fotografía y los primeros prototipos de cine dispara el accionar interpretativo de la mente.

En la segunda sala, sobre un conjunto de mesas se despliegan cientos de sombras recortadas en láminas de papel. Se trata de dibujos trazados digitalmente que muestran el universo de símbolos que emplea el artista como abecedario para deletrear el futuro. Hay figuras de animales salvajes como lobos y hienas, figuras humanas bailando, con los brazos en alto, recostadas, con vestido y saco, o cabelleras despeinadas y rostros cubiertos por máscaras. También hay siluetas de aviones modernos, complejas telarañas, ramajes de árboles, animales antropomórficos y mobiliarios urbanos. En el extremo de la sala se despliegan dos mesas con todo el abecedario dibujado con líneas simétricas alargadas, en un estilo grafitero expresionista. El arreglo de las figuras en cada mesa tiene orden alfabético y cada una aparece perfectamente encuadrada y aislada del resto, siguiendo un orden lineal preciso. Las siluetas fueron usadas como emblema de una carta de la baraja que utilizan los adivinos para leer la fortuna de ávidos clientes.

Ese depósito de imágenes arquetípicas, emanadas de lo cotidiano y lo anecdótico, es usado por tres adivinos para leer el futuro, conjurar los símbolos funestos y llamar a los símbolos propiciatorios frente a un cliente omnisciente, que está registrado en video y del que sólo tenemos una referencia por la voz que le habla con gravedad poética sobre los futuros que le aguardan. Los escépticos dudan, los timoratos se obsesionan, pero todos concurren con curiosidad para saber qué depara el futuro, aunque sólo sea para comprobar y desaprobar. Para muchos estas prácticas adivinatorias del futuro son tan válidas como la predicción del clima o de los futuros de la bolsa de valores, de cualquier manera el ser humano se obsesiona por saber y calcular el futuro.

Para Amorales el futuro es juego, es asociación de ideas y revelación de símbolos. Como en sus instalaciones anteriores, en ésta ha colocado una sala con mesa y dos sillas para que la gente tome la baraja y ponga a prueba su capacidad de lectura, pero no la lectura manida de la cartomancia, sino la lectura de las imágenes. Y aunque los criterios de validez de métodos populares son ambiguos, en la siguiente sala un video demuestra el proceso de las manchas Rorschach empleadas en la psicología clínica para interpretar la personalidad de los individuos a través de lo que su imaginación les lleva a encontrar en las gotas de tinta. Revelación de la personalidad, del carácter o del temperamento, las manchas se agrupan para formar rostros, animales, figuras simbólicas, producto de la libertad creativa y la facultad asociativa de la mente.

En la última sala la interpretación toma forma narrativa, ayudada por la secuencia de un video realizado en colaboración con André Pahl. Aquí el efecto de las imágenes es más poético que simbólico; una tras una se suceden secuencias de aviones aterrizando sobre un paraje de árboles, monos que se despliegan sobre un horizonte formado por manchas rojas escurriendo, hombres lobo que elevan la cabeza al cielo, o una ave negra que estalla en pedazos; todo acompañado por la música hipnotizante del piano compuesta por José Serralde. El video es una suma de los elementos observados en las salas anteriores, es una lectura expresiva de sombras y luces que crean la ilusión de situaciones alegóricas, donde cada cual puede encontrar una ilación o una respuesta a sus inquietudes. Pocos escapan de la capacidad evocativa de la obra de una belleza formal insólita de gran sencillez. Detrás de la pantalla se observa al pianista ejecutando la música de este acto de adivinación que es, como lo índica el título, un espejo negro donde cada quien se proyecta.

El juego que propone Amorales resume esa voluntad de creencia y de ilusión que deviene de las imágenes, tan característico de las culturas no europeas, donde la percepción de la política, el dinero, la vida amorosa o los largos períodos de infortunio son vistos como destino o vocación. En la América del realismo mágico, del humor y la resignación, el futuro es producto del azar, alejado de los designios impuestos externamente por la hegemonía globalizante que ha instaurado el presente como el único tiempo imaginable. La obra de Carlos Amorales nos demuestra que aun esto es absolutamente relativo y, entonces, ¿para qué temer al futuro?

JOSÉ MANUEL SPRINGER

Escritor y crítico de arte mexicano.

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