Los extraordinarios y controvertibles dibujos Adán y Eva que Antonio Fonseca (Puerto Rico, 1972) presentó en algunas recientes ferias internacionales de arte, y su reciente BACCHUS, han hecho que muchos se pregunten quién es este joven artista que les da vida en sus obras a los límites/precipicios/libertades del sexo y la sexualidad, a la vez que nos confronta con la muerte. Y tal parece que lo que algunos críticos vimos en la obra de Fonseca cuando era estudiante de la Escuela de Artes Plásticas de Puerto Rico en la década de 1990 — un excelente artista con el potencial de dialogar de tú a tú con artistas de la anterior generación como Arnaldo Roche Rabell, Mari Mater O’Neill y Jorge Zeno — se está haciendo evidente hoy en 2006, cuando este cronista y transgresor nos presenta sus dibujos y pinturas más recientes en la Galería Viota, bajo el título de Doble sentido, y nos insta a revaluar todo lo que había hecho después de graduarse del programa de Maestría en Arte de Cornell University en 1999.

Como estudiante, Fonseca se forma bajo la tutela de importantes maestros puertorriqueños. No obstante, son los pintores Domingo García y Arnaldo Roche Rabell, y los grabadores Myrna Báez, Susana Herrero y Haydee Landing, los que tendrán la mayor influencia en el desarrollo de su discurso estético y ético. De ellos aprenderá las distintas bellezas/profundidades/enigmas del hombre y la mujer traducidos al arte; de Susana Herrero, específicamente, acepta y hace suya la ambigüedad sexual y la pasión de los cuerpos que ella hace resucitar en sus trabajos, y Roche Rabell lo ayuda a aventurarse en la construcción de su propio barroco tropical. Pero es con Haydee Landing —extraordinaria grabadora que se educa en México y que crea unos fascinantes panteones repletos de seres fantasmagóricos (severos/indescifrables) que nos recuerdan a los personajes de Pedro Páramo de Juan Rulfo — con quien Antonio Fonseca establece un inteligente y honesto diálogo, clave para entender la primera etapa de su producción artística. En este período surgen sus primeros personajes, “fuerzas” que buscan su espacio/razón de ser/felicidad en esta vida. También comienza la presencia e importancia de la calavera como símbolo de la muerte, de la vida, de la evolución. Desde ahora, el artista le dará vida a la eterna lucha entre Eros y Tanatos, la constante lucha entre la carne y el espíritu, la perpetua lucha entre la injusticia y la justicia, las marcadas fronteras/barreras del sexo.
Esta obra de Fonseca es dura y difícil pero también contiene un lirismo existencial asombroso, lo que hace que el joven artista gane prestigiosos certámenes locales.
Una vez en el programa de Maestría en Arte de Cornell University, bajo la tutela de un grupo de prestigiosos artistas que lo estimulan, expuesto a Eco y su semiótica y jugando con las propuestas de los posmodernos Derrida, Foucault y, específicamente, los postulados de Baudrillard (claro, sin olvidarse de Freud y Jung), la obra Fonseca logra nuevas y elocuentes formas de expresión y requerirán múltiples lecturas.
Para la composición de sus nuevos escenarios/crónicas, el artista asume tanto la posición de protagonista como la de espectador/voyerista de unas naturalezas de sexualidades confusas/difíciles/ambiguas. En ellas vamos a ver los laberínticos juegos de sus subconscientes con las realidades que lo rodean: su matrimonio, su condición de minoría en Estados Unidos (vivir en una Nueva Inglaterra liberal pero llena de estructuras muy rígidas donde un caribeño es "el otro" distinto e indescifrable) y ser de Puerto Rico (Puerto Rico, USA: una colonia que se cree primer mundista pero que no es otra cosa que una isla de contradicciones en un Caribe de Carnavales y Globalización), sus posiciones ante el sexo y la sexualidad.
En sus últimas obras (los dibujos, medios mixtos y pinturas expuestas en Viota Gallery), Fonseca continúa dejando atrás ataduras y miedos, y decide construir unos escenarios sin reglas, sin límites, donde (como dice el regetonista puertorriqueño René Pérez, el Residente de Calle 13), “Se vale to’ to” to”. En su impactante y provocador políptico, titulado Toxicidad social, Antonio Fonseca crea un retablo barroco/posmoderno donde construye una esquina de su presente mitología, llena de alucinantes intertextualidades: un Disney Bush (43) con la orejas de Mickey Mouse, coronado por una moneda de 25 centavos americanos; un ángel anunciándole a Fonseca (posando como John Lennon) el Apocalipsis; una perra coronada con graffiti, etc. No obstante, aunque ésta y otras pinturas recientes son excelentes, el paso del dibujo a la pintura no siempre ha sido fácil para este artista. A veces las sutilezas, el dramatismo y las profundidades que lo han definido simplemente no se traducen en su pintura. Sin embargo, vista en su totalidad, toda esta nueva producción de Fonseca, su Doble sentido, es verdaderamente catártica y logra su propósito: que analicemos la vida, como ya nos lo había dicho Sócrates hace 25 siglos.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
