La idea de hacer una exposición de cerámica —ese trabajo milenario que se remonta al sexto milenio antes de Cristo- en la sala de exposiciones transitorias del Museo de Arte del Banco de la República fue excelente. En medio de tanta obra experimental, hecha con muchos materiales de todo tipo, siempre es bueno abrir un espacio y revisar un oficio tradicional que todavía cuenta con numerosos practicantes en todo el mundo. Con curaduría del historiador y crítico de arte venezolano Juan Carlos Palenzuela, la muestra denominada Ágora de fuego reunió 21 ceramistas, diez colombianos y once venezolanos, de varias generaciones y de muy diversos trabajos, tanto desde el punto de vista formal y temático como del técnico. Según el curador: “apartir del barro, evitando las mezclas, le heterogeneidad del arte contemporáneo, nos abrimos a todas las convicciones posibles de lo actual, a las aventuras de fuerte acento individual y a las indagaciones en la historia, en la tradición, en las simbologías, en la plasticidad del barro”.


Entre la figuración y la abstracción pueden citarse a Doménica Aglialoro, con unos impresionantes esqueletos de animales desconocidos, hechos de elementos, a veces como ramajes, de gres ensartados en alambres de aluminio; a Valerie Brathwaite, quien reunió 75 piezas de pequeño formato en un jardín colorido de sorprendentes excrecencias en las que lo vegetal se confunde sutilmente con lo sexual; a Isabel Cisneros, con una bella instalación titulada Como agua de río en la que, a partir de un pequeño módulo triangular, la artista alude a la “irrupción del agua del río por los desniveles de las piedras, así como al trazado de los surcos en su cauce por las diferencias topográficas”, según palabras de la ceramista; a Noemí Márquez, con sus conocidas y altas estelas en cuyas superficies aparecen texturas irregulares, así como caligrafías y signos de diferentes procedencias; a Dalita Navarro con sus varias cerámicas de la serie Erosiones, en la que conformó finas piezas con claras alusiones al mundo de los caracoles; a Cecilia Ordóñez, quien reunió placas de piso y de pared cubiertas de ondas irregulares, a veces concéntricas, a veces con surcos de recorridos enfrentados, o a veces con elementos radiales; a Belén Parada, que presentó una instalación de grandes conos, unos apoyados en el piso y otros, del mismo tamaño, colgados con sus vértices hacia abajo y enfrentados a los de los conos asentados, todos con sus superficies cuidadosamente elaboradas, cubiertas de delicados collages, incisiones, signos, texturas y colores; a Nicole Sivickas, como siempre con una producción severa, sin concesiones estéticas, en esta oportunidad con una instalación de Cuerpos colgados, hechos de barro, manchas oscuras de óxido y varillas de hierro, y a Carol Young, con una instalación de 280 piezas titulada Blanco ascendente”, hechas de cerámica modelada a mano, con recuerdos de rollos que parecen multiplicarse, ascender, convertirse en formas casi evanescentes.

El grupo de los artistas con objetos cerámicos puede constituirse con Carolina Encinales y Enrique Margulis, quienes mostraron platos y vasijas, la primera con motivos figurativos y abstractos, bellos esmaltes de colores y óxido de hierro, y Margulis, con piezas de gruesas, costras producto de la elaboración de sus cerámicas en doble faz; con Mariana Salazar, cuyas vasijas sobresalen por sus superficies maculadas por varias quemas realizadas en hornos primitivos; con Andreína Umérez y José Ignacio Vélez, cuyos platos son enteramente distintos; siendo los de la primera objetos sencillos, de sobrias y elegantes decoraciones, y los de Vélez, un grupo poderoso perteneciente a la serie Inundaciones, en la que el artista plantea sus inquietudes respecto a este fenómeno natural representando caseríos, barrios, pueblos, sembrados, manglares, canoas y peces muertos cubiertos de agua. Y con Gisela Tello y Seka, dos refinadas ceramistas de formas puras; la primera realizando familias de piezas ovoides en porcelana de color blanco, salvo siempre una pintada de rojo, y Seka, de la que se presentaron trabajos de varios años, en una minirretrospectiva, y que invitaron a recordar algunas palabras de Roberto Guevara, el crítico venezolano a quien fue dedicada la exposicion Ágora de fuego: “lo primero que nos recuerda la obra concluyente y sintetizadora de Seka son los conceptos de André Malraux. De acuerdo al brillante escritor francés, somos herederos de toda la historia y el haber cultural de la humanidad. Esto nos convierte en testigos apoyados en una inmensa vastedad creadora…las formas globales de Seka, que un día se cerraron para convertirse en pequeños mundos de maravilla, contienen sumas de destrezas milenarias”.

La muestra del Museo de Arte del Banco de la República fue una grata experiencia. Venezuela y Colombia tienen ceramistas importantes. Algunos excelentes. Empero, fue una lástima que no todos los participantes fueran los mejores. Sobraban algunos pocos. Y tal vez algunos hubieran podido tener menos obras. Finalmente, el montaje, la presentación general de la exposición, dejó mucho que desear. El equipo de museografía de la Biblioteca Luis Angel Arango que siempre hace excelentes trabajos, en este caso falló. Hubo obras, como la de Carol Young, que se perdieron en la sala abierta. Muchas cerámicas se vieron atiborradas y, a veces, entre la producción de un artista y la de los vecinos faltaron espacios, muchas distancias. La nivelación de varias obras en una larga pasarela cubierta de pequeñas piedras no fue lo más afortunado. Las cajas acrílicas para las piezas de Seka se veían muy mal.
GERMÁN RUBIANO CABALLERO

