La reconfiguración del espacio museístico a partir de sus propios elementos arquitectónicos, permitiendo la hibridación de momentos artísticos nacionales, parece ser el eje conceptual que une la instalación recientemente presentada por Thomas Glassford en el Museo Universitario de Ciencias y Artes (MUCA Campus), con el título que la acompaña, Cadáver exquisito.
La instalación, inaugurada el pasado 21 de enero, consistió en la remoción de un plafón de acrílico translúcido agregado al museo a principios de los años sesenta que ocultaba la estructura arquitectónica modernista original, en favor de la concepción de la sala de exposiciones como un cubo blanco. El plafón fue recolocado por el artista dentro de la sala de exposiciones como un juego de pelota mesoamericano-minimalista.
Mediante una apropiación espacial del juego surrealista del Cadáver exquisito, Glassford recupera la idea de trabajar con fragmentos de obras anteriores, apropiándose en este caso de tres discursos estilísticos emblemáticos de la arquitectura mexicana: el juego de pelota mesoamericano, la arquitectura funcionalista de Ciudad Universitaria y el posminimalismo. En este sentido, la instalación no sólo es una maquinaria de relaciones estilísticas, sino que obliga al espectador a repensar la historia de los discursos de identidad en México, desde la glorificación grandilocuente del pasado precolombino hasta los repetitivos intentos —fracasados— de alcanzar la modernidad occidental, ya sea desde la imitación de arquitecturas provenientes de la Bauhaus hasta la necesidad de reafirmar una autoconciencia posmoderna.

Es particularmente interesante que el plafón de acrílico fue removido de la sala de exposiciones, pero no de otras áreas del museo —entradas, oficinas, baños—, pues permite al espectador comprender ambas arquitecturas: la original y la adaptación pseudo modernizadora. En la primera existen referencias a arquitecturas de tipo fabriles, mientras que la segunda funciona como simple pastiche del museo ideal setentero.
En esta obra, Glassford resignifica la idea de museo, no como un espacio para la contemplación de objetos, sino como lugar de reflexión, donde el visitante es concebido como parte fundamental de la obra, pues éste es colocado súbitamente en el centro del juego de pelota, no ya como un espectador pasivo, sino como jugador activo y centro de la obra de arte. En ella, el espectador es enfrentado a sí mismo en un espacio que lo obliga a permanecer callado, que inmediatamente le genera conciencia sobre sus propios movimientos corporales, pues mientras recorre el largo pasillo, se siente más en contacto consigo mismo. Al final del pasillo, Glassford ha colocado una banca, desde donde el espectador puede vivenciar toda la pieza, y descubrir, maravillado, la forma en que otros espectadores se comportan dentro de ésta, y extrañamente, repiten su propia conducta.
Cadáver exquisito es una obra en la que la luz y el sonido se revelan como elementos fundamentales de ella, pues al quitar el plafón de acrílico del techo del museo, se evidenció que la arquitectura original, proyectada por José Villagrán García, Alfonso Liceaga y Xavier García Lascuráin. contemplaba la iluminación natural del recinto. Así, la pieza es iluminada desde fuera por la luz natural, transformándose a lo largo del día, y desde dentro de las paredes translúcidas del juego de pelota, con luz artificial, provocando la sensación de estar en un espacio que recuerda el imaginario propio de la ciencia ficción, quizá una nave espacial a lo Kubrick, alguna edificación diseñada por Calatrava, o tal vez la forma en que los aficionados al fenómeno ovni se imaginan a los extraterrestres ayudando a los mayas a edificar los juegos de pelota.
La exposición contempla la inclusión de dos piezas más de su obra más temprana: Valley (1989), un viejo catre partido por la mitad por una canaleta de hojalata, y Floater (1990), un flotador de tinaco cromado y montado a lo alto del muro. Ambas piezas hacen discretos comentarios acerca de las estrategias creativas del artista en diferentes momentos de su producción. El reciclaje y la resemantización de objetos cotidianos se vislumbran como unas de las líneas de investigación más prolíficas en su obra, donde el cuerpo siempre es aludido de una u otra forma. El espectador pronto descubre que Valley es una obra que repite la forma de Cadáver exquisito, pero a escala humana. En la exposición también se incluyen dos videos, uno pedagógico, donde se muestra el proceso de construcción de la obra y se incluyen entrevistas al artista y a la curadora de la exhibición, Patricia Sloane, y el segundo es resultado de una proyección en tiempo real de la pieza, a manera de cámara de seguridad, que permite observar desde fuera la instalación y el comportamiento de los espectadores dentro de ella.
En esta muestra, primero pensada como una exposición retrospectiva, Thomas Glassford prefirió elaborar obra nueva, que se relacionara directamente con el espectador y el espacio que lo acogía, pues para el artista, la idea de las exposiciones retrospectivas se relaciona con lo que ya está muerto, con el homenaje póstumo; mientras que a él le interesan las transformaciones vitales: no el cadáver homenajeado, sino el juego intrínseco del Cadáver exquisito.
Larisa Escobedo
