“Yo soy pintor, ése es mi oficio”, insiste el artista Santiago Cárdenas (Bogotá, 1937), frente a las reiteradas preguntas del público asistente a la exposición que el Museo de Arte Moderno de Bogotá, MAMBO, le dedicó desde el 23 de febrero hasta el 1 de abril en sus amplias salas.
Santiago Cárdenas se formó en Estados Unidos, durante la época en que el expresionismo abstracto estaba en pleno auge. Algunos de los expresionistas fueron sus profesores: “lo miraban a uno feo cuando hacía algo figurativo”, señala el artista. Por esos años, a fines de los cincuenta, el arte pop estaba cogiendo fuerza y Cárdenas se siente cada vez más atraído por éste. Ello explica estas dos influencias en su obra. Luego de tener muy claro lo que recibe como educación y lo que verdaderamente le interesa, se instala en Bogotá en 1965, donde, además de la pintura, se dedica a la enseñanza en la Universidad de los Andes y en la Universidad Nacional. Santiago Cárdenas: Exposición retrospectiva recoge, en 120 obras, su producción desde ese año hasta 2006.

En obras de los sesenta como Supermercado de la séptima, se advierte la influencia del Pop en la planimetría y los colores primarios. Más tarde, Cárdenas abandona el interés por la figura humana, su mayor relación con el Pop, y reconoce en los objetos más cotidianos su belleza. Comienza pintando tazas de café, después aparecen paraguas, ganchos, percheros, que se han convertido en el sello personal del artista. La manera como llega a ellos es casual, sin buscarlos, luego de usarlos diariamente los descubre; así sucede con Rincón y paraguas. Se trata de un lienzo de gran formato donde el espectador puede adivinar la llegada del artista a su estudio, que deja el paraguas en la entrada, para que se escurra la lluvia. Este objeto, como parte de algo autobiográfico y arqueológico, se repite en toda la exposición y constituye, en medio de enchufes y tijeras al óleo, el núcleo de unión en las obras ubicadas en la planta inferior.
En la reciente serie Sombras, se reconoce el interés por lo tridimensional. En medio del silencio que domina estas obras, se insinúa la presencia de la naturaleza, en lo que podría ser un jardín, a través de sutiles ramas que no pueden extenderse, debido al bloqueo que establece la geometría de las ventanas. Con estos lienzos, casi monocromos, dominados por el blanco, como homenaje al Blanco sobre blanco de Malevich, y con pocos grises, se confirman la preocupación y el gusto que siente Cárdenas con respecto a la luz, que para él es el tema real de sus cuadros, y que, junto al espacio, es la protagonista.
Una de las obras más polémicas presentadas es una enorme instalación llamada Espacios ambientales II, homenaje a Marta Traba. En 1968, el Museo de Arte Moderno, en la Universidad Nacional, presentó “Espacios ambientales”, organizada por Álvaro Barrios y Marta Traba, donde participó Cárdenas con Espacios negativos, junto a otros artistas. Aquélla consistía en pintar las paredes sobre las mismas paredes, como un gran mural que daba la sensación de mayor amplitud. En su obra para el MAMBO, Cárdenas se apropia otra vez del espacio, lo vuelve ilusorio; ahora utiliza un atrevido rojo que se presenta como elemento formal de continuidad, pero también soberbio, en las blancas paredes de la sala.
Como parte de la exposición, se destacan dos de sus primeras obras: Florero (1958) y Paisaje de Barrington, R.I. (1959) escogidas, según explica la curadora María Elvira Ardila, a manera de anécdota. Aquí también aparecen sus grandes óleos con ventanas, espejos, cajas de cartón y las pizarras o tableros. Cárdenas ve el mundo de una manera diferente de cómo se presenta normalmente; en ese sentido, luego de pintar el tablero, se apropia de él como objeto y lo interviene una y otra vez con la tiza, como si estuviera en medio de una clase. Tres grandes lienzos de 140 x 500 cm se exhiben como esos objetos que nos recuerdan los años de infancia. Acompañándolos, se reconoce el más antiguo de ellos, el pequeño aeiou (1976).
La exposición cierra con un cromatismo no usual en la trayectoria de Cárdenas, que supone una ruptura en los años ochenta. Tal vez para liberarse de la fidelidad a la precisión del dibujo, por esos años, trabaja en obras expresionistas donde el color irrumpe a través de brochazos gestuales y se convierte en protagonista.
En medio del interesante despliegue del arte conceptual en el país, Bogotá y, luego, Medellín viven otra vez la pintura, de la mano de uno de sus mejores exponentes.
MILADYS ÁLVAREZ
