Exposición Individualjun 2006 - ago 2006· Por Eva Grinstein

Sandro Pereira

Daniel Abate Galería

La pequeña sala de exhibiciones del galerista argentino Daniel Abate —una sala pequeña en dimensiones y enorme en calidad de criterios— vuelve a deleitarnos con una selección de trabajos que generan una inmediata sensación de intimidad y sensibilidad exacerbada. La exposición individual de Sandro Pereira (Tucumán, 1974) es una invitación a la pausa, imprescindible para adentrarse en el clima autorreferencial y a la vez pudoroso del artista, quien desde fines de la década pasada comenzó a presentarse como un caso atípico de artista introspectivo pero no egocéntrico. Pereira trabaja su propia imagen de un modo crítico, burlón, caracterizándose antes que nada como antihéroe.

Formado en una ciudad geográfica y económicamente alejada de Buenos Aires, Pereira ganó un creciente reconocimiento a lo largo de estos años gracias a un sistema de trabajo concentrado y lento, cuya única estridencia fue probablemente la que dio el puntapié inicial a su carrera: la instalación pública de la inmensa obra Homenaje al sánguche de milanesa, ubicada temporariamente entre los próceres del principal parque tucumano. Aquella pieza que ironizaba acerca de la monumentalidad ­—rindiendo tributo a uno de los alimentos más populares de esa ciudad y del país— implicó para el artista una primera instancia de gran visibilidad nacional e incluso internacional, que derivaría en su actual posición de referente entre los jóvenes artistas locales.

Exposición Individual: Sandro Pereira — imagen 1
Sandro Pereira. Payaso triste, 2005. Escultura, resina poliéster policromada y pedestal de madera. 45 x 60 x 45 cm. (17 3/4 x 23 3/5 x 17 3/4 pulgadas).

La selección de trabajos recientes, que Pereira presenta en Abate bajo el título Alguien, recorre diversos aspectos de su producción. Un par de piezas escultóricas, una colección de dibujos sobre papel, fotografías intervenidas y un conjunto de pinturas de pequeñísimo formato sobre cartón conviven en el espacio de la galería desdoblando sobre distintos soportes el imaginario de Sandro, basado en la representación de su propio cuerpo y de su bagaje emocional. Los protagonistas de su narrativa son unas figuras que su público aprendió a reconocer como posibles Sandros, en la corpulencia o en ciertos rasgos de la cara, y sin embargo, está claro que el artista no habla necesariamente de sí mismo. En todo caso, su manera de hablar de sí mismo es remitiéndose a la particularidad que cualquiera, alguien, tiene en relación con un otro.

Probablemente lo más novedoso de esta exhibición es la incorporación de la fotografía, medio que Pereira exploró durante los tres últimos años en el marco del Programa Rojas Kuitca, que integró junto a una treintena de jóvenes y talentosos artistas argentinos. Radicado en Buenos Aires para participar de este taller de perfeccionamiento, Pereira acusó recibo en su obra del impacto de trabajar y vivir en un nuevo medio, probablemente más hostil que su contexto de origen. Las imágenes fotográficas de Sandro Pereira son el resultado de la superposición, perforación y reelaboración de fotos que muestran su figura a la manera picassiana, desarmada y rearmada en la suma de sus caras. Un rostro que sobrevive a las contingencias y emerge como un cuerpo nuevo, lacerado pero aún así reconocible y fiel a sus expresiones vitales.

Los dibujos y pinturas representan la veta más tierna y candorosa de Pereira; árboles, algún animalito, la figura del artista observando el mundo desde un avión de hélice, más árboles. Las esculturas mantienen la principal continuidad con su obra anterior, que se había iniciado con un material casi infantil, la plastilina, y atravesó diferentes recursos hasta llegar al busto entronizado del payaso triste que preside aquí la sala. En el contexto de la obra de Pereira cada pieza figurativa remite al eje del autorretrato, en ese sentido y a pesar de que no se hace explícito textualmente dado que el artista suele prescindir de los títulos demasiado informativos, el rostro del payaso con una mueca entre triste y risueña (lágrima en el ojo guiñado, sonrisa apenas marcada) pareciera insinuar que es esa la imagen más distintiva, o la máscara, que el artista elige hoy para relatarse.

EVA GRINSTEIN

Sandro Pereira, por Eva Grinstein | artnexus