En el mes de diciembre se llevó a cabo, en la ciudad de Tunja, el XI Salón Regional de la Zona Centro. Para esta versión, el Ministerio de Cultura hizo una convocatoria de carácter curatorial, en las distintas zonas del país. En la zona central, conformada por los departamentos de Cundinamarca y Boyacá, resultaron elegidos los proyectos de Natalia Gutiérrez, Un lugar en el mundo, una convocatoria para los artistas de Bogotá, y Paisaje: una cartografía contemporánea en Boyacá, propuesta de Gabriela Numpaque y Jairo Moreno que se mostró en la sede de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. En esta reseña me ocuparé de Un lugar en el mundo.

Este Salón resultó bastante diferente de los anteriores, tanto por el montaje como por el carácter de las obras presentadas. La curaduría, según los argumentos de Natalia Gutiérrez, tomó como punto de partida “el arte como una manera de pensar, mediante la cual los artistas relacionan las vivencias y los acontecimientos diarios de otra manera, diferente en todo caso a la de los medios de comunicación de masas y del sistema de poder que son los que tienen a su cargo resignificarlos”. Por otra parte, se propuso no imponer una temática a los artistas, sino más bien “engastar las obras —como una joya en lo posible—, con un correcto planteamiento en el espacio”. Y en cuanto a la escogencia de las obras, ésta estuvo guiada por una de tantas definiciones de arte del artista alemán Joseph Beuys (…): “Arte es ese lugar donde el hombre experimenta y pone a prueba su lugar en el mundo, y de donde sale algo que se inserta en el mundo y lo hace entrar en movimiento"1.

En salones anteriores, frecuentemente se percibía que los artistas, de una manera bastante forzada, “hacían obras de Salón”; esto quiere decir que hacían enormes esfuerzos por hacerse notar dentro de un grupo muy amplio de participantes y en los enormes recintos de Corferias, donde frecuentemente se realizaban estos eventos. Recurrían, a veces, a lenguajes y materiales grandilocuentes, realizando obras a escalas desmesuradas y, a veces, procurando entrar dentro de categorías impuestas, ajenas a sus intenciones. Si bien en esta ocasión la gran mayoría de los participantes hizo su obra para el salón y para un sitio específico, sus estrategias fueron contrarias a las descritas. El lugar elegido fue para la mayoría de los participantes el detonante de sus propuestas. Esta relación con el lugar se buscó también en el VIII Salón Regional de 1997, cuando se eligió la antigua Estación del tren de la sabana en Bogotá y se convocó con una temática común: la memoria; la imposición del tema se hizo evidente en la mayoría de las obras, con una importante excepción, la memorable intervención de María Elvira Escallón, titulada In vitro.

Para esta versión, previo a la realización de las obras, los artistas y la curadora visitaron en varias ocasiones la ciudad de Tunja, recorrieron la ciudad y cada uno de los espacios seleccionados, de manera que el primer ejercicio fue de reconocimiento y apropiación del lugar. A través de estas visitas, se hizo un acercamiento íntimo y particular, lo que permitió que las propuestas fueran surgiendo a partir de la vivencia de cada artista. En cuanto al montaje, efectivamente, las obras se “engastaron como joyas”, y esa inserción hizo entrar en movimiento a la ciudad. Ver el Salón implicaba hacer un recorrido por el sector colonial, y a través de este iban apareciendo, una a una, las obras, entablando un diálogo abierto con el espacio y con el espectador, reavivando el pasado histórico de Tunja desde las circunstancias del presente inmediato.
Tunja fue una ciudad sumamente importante durante el período colonial, razón por la que existen construcciones de gran valor patrimonial. Con el paso de los años, perdió su relevancia, convirtiéndose en una ciudad pequeña de tierra fría, una de las ciudades más frías del país, en la que, en medio de una topografía muy quebrada y bajo una luz muy intensa, fue apareciendo una arquitectura menor, pobre, anodina, que rodea y, de alguna manera, oculta el esplendor de su pasado.

La muestra se distribuyó en distintas edificaciones coloniales, y una de las virtudes de este Salón, gracias al “engastamiento” de las obras, fue que logró crear una atmósfera particular, íntimamente ligada al espíritu y la historia de cada uno de los espacios escogidos; una de las edificaciones fue la Casa del Escribano Don Juan de Vargas, hoy convertida en museo. A la entrada de la casa Jaime Ávila, nacido en Tunja, propuso un taller con un grupo de jóvenes de la ciudad, quienes elaboraron un proyecto para un hotel en Tunja; los participantes, con relatos y fotografías, hicieron su proyecto, revelando con mucho humor los imaginarios de la ciudad. La casa tiene como curiosidad un techo pintado con frescos en los que aparecen rinocerontes, elefantes, una fauna exótica, inspirada en murales europeos que son trasplantados con mucha ingenuidad al mundo colonial. Esta característica dio la nota predominante a varias de las obras que allí se expusieron. La representación del rinoceronte fue el tema central de la obra de Juan Mejía, quien desde hace varios años viene investigando acerca de la representación de los animales en la historia del arte; en esta ocasión trajo un conocido álbum en el que aparecen distintas versiones del rinoceronte. Giovanni Vargas, sobre una enorme mesa de madera maciza y oscura, y en otras mesas de la amplia biblioteca de Tunja, dispuso reproducciones humorísticas alusivas a ese animal extraño, pesado y de aspecto antediluviano, que hoy se presta para hacer comentarios sobre la diversidad sexual, sobre lo “normal y lo anormal”. Para Alberto Baraya, el mural fue la ocasión de traer a la memoria, a través de vídeos, la famosa hacienda Nápoles, donde Pablo Escobar, en su época de esplendor, desarrolló un enorme zoológico en las afueras de Medellín, en el que había elefantes, rinocerontes, hipopótamos y jirafas; para observar estos videos, la “disposición museal” de los muebles se transformó en un sala con ambiente más familiar y propicio para ver la televisión. Las vitrinas donde se exhiben distintos objetos religiosos de la Colonia, se convirtieron en unos de los lugares privilegiados a intervenir: los cuernos metálicos de Alberto Baraya, alusivos a los del rinoceronte; las carteras y paraguas de porcelana dorada de Barbarita Cardozo, réplicas una afamada casa de modas; los ciervos de Carolina Calle, objetos que se realizan con la ironía propia del mundo contemporáneo, compartían su lugar con elaboradas casullas y objetos de la liturgia católica que hacen parte de nuestra tradición religiosa. La cualidades arquitectónicas de un recinto cuadrado de paredes austeras y blancas, con una pila de piedra de tono rosa, se hicieron aún más visibles con la intervención de un techo blando, realizado con fique de Rosario López, y los dibujos en alambre de Johana Calle; la delicadeza de estas obras le confirieron una fuerza particular al recinto. Luis Roldán intervino con un dibujo que traía el diseño de una reja del claustro de San Agustín a las vitrinas donde se exhiben piezas precolombinas. Danilo Dueñas, quien deconstruye espacios y objetos, sacó de su contexto habitual un enorme mueble y lo colocó de forma insólita sobre las mesas de la biblioteca y utilizó sus cajones para realizar una construcción “geométrica-colonial”, uniendo así una práctica contemporánea con el mobiliario del pasado. Una de las obras más contundentes de la casa de don Juan de Vargas, fue la de José Alejandro Restrepo, quien hizo alusión a las imágenes religiosas, específicamente a la cabeza de san Juan Bautista y a los ojos de santa Lucía, mostrando la cabeza y los ojos de los santos, desprendidos del cuerpo a través imágenes en vídeo, que se colocaron sobre bandejas de plata. Se dejaron a la vista todos los cables, creando una extraña relación entre la tecnología, la religión y el cuerpo humano. Manuel Romero también aludió a las imágenes religiosas: cubrió con dibujos muy sencillos, bordados sobre liencillo blanco, los rostros adoloridos de santos y vírgenes, propios de una religión que fundamenta su fe en el martirio y el horror. Mauricio Bejarano aludió al carácter religioso de la Colonia a través de un trabajo sonoro en el que se sobreponen rezos y voces elaboradas a través de grabaciones realizadas en una iglesia. Mario Opazo, sobre unas paredes algo amarillentas y ligeramente descascaradas por la humedad, presentó un video en el que hace una escultura imposible a orillas del río Magdalena. Un vídeo conmovedor en el que el artista laboriosamente cava un hueco en la arena para guardar una caja cubierta de arena en la que se escribe la palabra “olvido”, mientras el ruido del río acompaña la acción que se repite una y otra vez. También en la casa de don Juan de Vargas se exhibieron las fotografías de María Isabel Rueda que muestran cámaras fotográficas hechas por sus alumnos de barrios marginales en los talleres propiciados por el IDCT. En la cocina de la casa, Carolina Rojas instaló sus sofisticados dibujos de funcionales cocinas contemporáneas que entraron en diálogo con el horno de leña de la época colonial y con el video donde se muestra paso a paso el rito de comerse un tamal, de Víctor Escobar.

La iglesia de Santa Clara la Real presentaba un ambiente muy diferente a la casa anterior, donde, a excepción de algunas obras, la intervención estaba mediada por el humor. Los artistas que intervinieron la iglesia y el claustro se comprometieron con el espíritu de la vida de clausura de las monjas. Beatriz Eugenia Díaz quien trabaja con intervenciones sonoras, captó el espíritu femenino del claustro, su voz irradiaba desde el coro, que fue intervenido de forma casi imperceptible con representaciones de notas sonoras; el sonido se construyó cuidadosamente a partir de una revisión histórica del lugar y manteniendo una relación con el número siete, como es habitual en sus obras. En esta capilla, la madre Josefa del Castillo escribió unas de las páginas más importantes de la literatura mística en América Latina; allí están su celda de oración, su habitación y su escritorio. En este último recinto, Clemencia Echeverri, con sumo cuidado, trajo los rasgos de su caligrafía y escribió con tinta invisible, que sólo puede apreciarse en la oscuridad, un fragmento literario donde la monja habla de los tormentos del cuerpo y del alma; el primer encuentro con esta escritura hacía pensar que siempre había estado allí y que la oscuridad delataba su presencia. Los pescados de Miguel Ángel Rojas sólo se descubrían si el espectador miraba con detenimiento el artesonado de la iglesia que cubre los muros de la capilla. En medio de las volutas doradas que adornan las paredes rojas aparecían tres pescados cubiertos de oro, y cuando uno se acercaba era evidente que se trataba de bocachicos disecados. Estos pescados entraban en diálogo con algunos dibujos un tanto extraños, imperceptibles a primera vista, donde se sobrepone el lenguaje del barroco español con la mano de obra de los indígenas. El video de María Elvira Escallón, proyectado sobre una ventana del coro que se abre hacia el claustro, delataba la apropiación indebida que se ha hecho de esta obra colonial, por parte del departamento de impuestos nacionales, que tiene sumida en la ruina este magnífico edificio que colinda con la capilla.

El Claustro de San Agustín es la construcción más grande e imponente de todas las elegidas; actualmente, allí funciona la Biblioteca del Banco de la República. En este espacio se exhibieron obras muy diversas que también entraron en franco diálogo con el lugar, como la “oficina” que montó Fernando Escobar, en el “archivo de Tunja”, un espacio donde están arrumados asientos y una gran cantidad de papeles. En su intervención con toda clase de objetos, libros viejos, juguetes, papeles, ventiladores, mostraban con mucho humor el “archivo de Tunja”. Los dibujos en esferográfico azul de Juan Mejía, donde retrató toda clase de personajes con barba, desde Durero hasta Marx, con sus marcos corrientes, parecían parte del mobiliario oficial del edificio. Las fotografías de Jaime Iregui, que hacen parte de su investigación sobre los modos de exhibición urbanos, recogen imágenes de almacenes muy tradicionales donde venden figuras religiosas en el centro de Bogotá; éstas se pusieron dentro de vitrinas, mimetizándose con el lugar. Las enormes fotografías de Fernando Cruz parecían mostrar una majestuosa arquitectura oriental, pero estas imágenes, sorprendentes por su nitidez y por el manejo de la luz, traen la imagen de las areneras de Bogotá donde miles de niños trabajan bajo circunstancias infrahumanas. Las areneras también se hicieron presentes con una instalación, también de Fernando Cruz, en un amplio descanso de la escalera con ladrillos sin cocer. El colectivo Trailer dispuso en distintos espacios enormes fotografías con fragmentos de edificios en ruinas. El grupo Tangrama reprodujo el diseño de unas flores coloniales que adornan de forma muy característica la arquitectura colonial, y lo distribuyó por toda la ciudad, sobre cerramientos de latón, postes y muros, bajo el sugestivo título de Prohibido poner avisos.

En la casa del fundador, Gonzalo Suárez Rendón, se mostró el trabajo de Manuel Santana, Echando lápiz, y en el Café Andalucía, una gran casona colonial donde funciona un restaurante y una panadería, Pablo Adarme mostró sus casas, que parecen hechas en pastillaje, pero realmente son de plástico, en un mostrador de tortas que giraba continuamente.
La experiencia de este salón me confirma lo que dije hace un año cuando comenté el Salón Nacional: las obras de los artistas de hoy se inscriben como “notas a pie de página del mundo exterior”, como comentarios y señalamientos de lo que acontece en el mundo. En esta ocasión, el “mundo” tenía unos límites más precisos: Tunja, esa pequeña ciudad, hoy bastante anodina, con un pasado colonial fastuoso, signado por el poder político-religioso importado por los españoles. Su historia, asumida desde el presente inmediato, se convirtió en el tema de las motivaciones personales de un grupo de 52 artistas que, acompañados por una curadora, decidieron convertir a Tunja en “un lugar en el mundo”. En este Salón realmente algo sucedió, algo se “puso en movimiento”, generando una experiencia inolvidable, un recorrido propiciado por la mirada aguda, sorprendente, de los artistas. Lo que sucedió puede resumirse en la acción de Carolina Calle, quien recorrió a Tunja con un marco en la mano, enmarcando distintos objetos y lugares; el marco y su mano que sostiene fueron fijados en fotografías que se dispusieron en los distintos espacios. Esta acción sitúa nuestra mirada bajo otra perspectiva, nos muestra fragmentos del mundo, en este caso, de Tunja, cambiando nuestro marco de referencia: el mundo, el presente y su historia aparecen bajo el punto de vista de los artistas de hoy, revelándonos un mundo en el que requerimos que existan más lugares en el mundo.
NOTA
1. Estos conceptos fueron tomados del proyecto de curaduría presentado por Natalia Gutiérrez al Ministerio de Cultura.
Fotos: Serviteca (Caja de servicios).
MARTA RODRÍGUEZ

