Exposición Individualjun 2006 - ago 2006· Por Joel Weinstein

Rubén Torres Llorca

Patricia and Phillip Frost Art Museum

Si hay algo en lo que crea Rubén Torres Llorca es en la inexactitud del lenguaje y los pesares que sus traiciones le infligen a la humanidad. Y no es que sea fácil definir a este artista. Quienes visitaron la bifurcada instalación Modelo para armar, en el Frost Museum, el invierno pasado, se encontraron con una dosis de amor difícil, agridulce. No había un conjunto de signos, ni declaración del artista, ni conexión narrativa evidente entre una obra y la siguiente, aunque se entendía que el espectador debía recorrer el laberíntico trazado desde el principio hasta el fin como si fuera un ratón de laboratorio. La exposición se alimentaba y moría de lo que forraba las paredes y estaba tirado en el piso, y se requería de cierta paciencia y reflexión para sacar conclusiones.

Esto no es del todo malo. En una época en que los museos abruman a los visitantes con información sobre lo que están viendo, en la que abundan las etiquetas, los textos murales, las audioguías y los folletos con masticables bocados de ensayos explicativos, Modelo para armar fue una nítida y refrescante reversión; aún más si uno adivinaba cuánto circunda Torres Llorca, como animal al acecho, las nociones de que el arte existe como una forma de ilustración, un atavío de la celebridad, una baratija de consumo, o algo fácil de tragar.

Exposición Individual: Rubén Torres Llorca — imagen 1
Rubén Torres Llorca. Haz a tu madre orgullosa, 2005. Acrílico, madera, papel periódico y vinilo sobre lienzo. 91,4 x 91,4 cm. (36 x 36 pulgadas). Cortesía del artista.

Para empezar, había dos puertas de acceso, y no era disparatado suponer que una era una entrada, y la otra, una salida. Sobre la pared entre ellas, un conejo de Lewis Carroll, vestido de frac, montaba guardia junto a una cita que resumía en gran manera lo que les esperaba a los visitantes: “Lo único coherente que pueden esperar de mí es que hice y haré todo lo posible para decepcionarlos”.

Por supuesto, todo eso tenía el propósito de hacer espuma la ansiedad de quien visita un museo, pero si uno se relajaba en los expresivos recodos, los juegos de palabras poco convencionales y las complicadas bromas visuales que encontraba dentro de los muros, podía empezar a percibir las intenciones del artista, e incluso, disfrutarlas.

A Torres Llorca le gusta repetirse, pero lo bueno de visitar un conjunto tan importante de sus obras es que se ve en forma gráfica cómo estas repeticiones son en realidad variaciones o adornos sobre diversos temas, como en una sinfonía. Su afecto por las ambigüedades del lenguaje es bien conocido, e hizo que la base misma de la exposición fuera lingüística. La dualidad del problema de la entrada-salida tenía que ver con la traducción y su inexactitud, y su idea era que un hispanohablante entrara por una puerta, y un angloparlante, por la otra. Sin embargo, en un lugar de la exposición donde parecía haber una traducción directa, debajo de “Who’s been eating my porridge?” (¿Quién ha estado comiéndose mi avena?) se leía en español: “¿Quién ha estado acostándose en mi cama?”

La actitud belicosa de Torres Llorca con respecto a las modalidades del arte y el mercado del arte le son igualmente familiar a cualquiera que haya leído sus irritables opiniones acerca del sufrimiento del artista por obra de marchantes, críticos y propietarios, entre muchos otros. Un gran momento de la exposición se presentaba en la intersección de las dos vías de la instalación, donde había una planta del piso sobre la cual se encontraba una lista con los ingredientes de la instalación, incluidos “Dos directores del museo (temporales)… Un artista (opcional/ornamental)”. La maqueta llevaba la leyenda The Frost Art Museum, Easy to Build, una referencia —un poco antagónica, bajo las circunstancias—, a la complicada y triste tarea que el Frost está afrontando al tratar de terminar su nuevo edificio.

La frecuente aparición de figuras infantiles desproporcionadas, peludos animales en extrañas y amenazadoras circunstancias, y crueles aforismos basados en amados cuentos de hadas —“Hansel y Gretel fueron abandonados por sus padres. Fin de la historia”— entretejían por la exposición las tristezas más profundas de Torres Llorca, la naturaleza ilusoria de la inocencia y la infinita variedad de su decepción.

Pero Modelo para armar no era sólo juegos de palabras, burlas de artista-samurai y resolución de acertijos conceptuales. Como instalación, era límpida y elegante, como sus componentes, y había hermosas yuxtaposiciones que bien podían haber sido producto de afortunados accidentes que uno espera ver en obras de arte pero rara vez suceden. Al final de uno de los pasillos de la exposición —o quizás al principio—, una obra en la que se leía “haga que su madre se sienta orgullosa” presentaba la bien torneada figura arrodillada de una jovencita de la década de 1950 que señalaba un tablero vacío en forma de hueco, una divertidísima confabulación de sexo, incesto y presión de los padres y de la sociedad, que era al mismo tiempo una parodia del infinitamente fatuo jalón de barbas freudiano de la época, y una mirada penetrante a las flaquezas de la humanidad en cualquier momento. Cerca de ésta había una mesa antigua llamada , More & More, con una pequeña iglesia encima y un buzo que parecía emerger de debajo, y entre ellos la figura de una camarera que señalaba hacia la otra obra y el texto mural entre ellas que le advertía al espectador en una voz que sólo podía ser la del artista: “… si haces el bien, me verás una vez más, si haces el mal, me verás dos veces más”.

Rubén Torres Llorca, por Joel Weinstein | artnexus