Con más de diez exposiciones individuales en su currículo, realizadas en diversos países de América Latina y Estados Unidos, la pintora peruana Rosario D. Pinasco se presenta por primera vez en Lima, en el Museo Pedro de Osma. La muestra puede considerarse antológica, en la medida en que los trabajos (básicamente, acrílicos sobre lienzo de gran formato, a los que se añaden otros sobre aglomerado de madera y objetos tridimensionales) han sido realizados desde el inicio de la carrera profesional de la artista (2000). Sin el concurso de un curador, Pinasco opta por seleccionar las piezas que habrán de dar cuenta de su trabajo a un público que aún no había podido confrontarse con éste.
La artista se afirma en la abstracción como lenguaje plástico, la que cultiva incidiendo en la gestualidad como rasgo eminente de su retórica visual. En este afán de imprimirles vitalidad a sus campanas, leitmotiv de la propuesta junto con las frutas, la artista apela a los colores puros y a los marcados contrastes de luces y sombras. Acá puede reconocerse uno de los méritos de la exposición: Pinasco dice su verdad sin regodearse en sofisticaciones técnicas. El talante vitalista de la obra podría disolverse en una ejecución repulida, y felizmente esto no es así.

Sin duda, las formas reconocibles de campanas y frutas se ponen al servicio de la sugestión de presencias humanas. Aun cuando el color puede sumergir al espectador en un clima de directa sensualidad, puede asimismo intuirse el carácter desapacible de los intercambios entre estos seres cuya interacción se inscribe en espacios cerrados, apenas insinuados por vectores arquitectónicos. Pareciera que, en el universo habitable delimitado por el formato, los personajes pugnasen por hacerse escuchar (¿campanas?), por conquistar un espacio (¿habitaciones?) o por afirmarse desde su esencia biológica (¿frutas?). En este nivel, la ambigüedad funciona como recurso deliberado y deja al espectador la autonomía de leer el discurso en sus propios términos. En efecto, la artista se detiene en este punto haciendo clara su intención de prescindir de cualquier forma de intelectualización. Se trata de sugerir impulsos vitales, y acaso de sacudir el adormecimiento sensorial de una ciudad condicionada por la grisura de su cielo y su entorno desértico.
Si bien los ensamblajes tridimensionales pueden haber sido incluidos en la muestra por la intención antológica advertida, Pinasco busca afirmarse como pintora, y debe persistir en este camino. Su libertad gestual le exige formatos grandes, y es de esperarse que siga manifestando su comodidad con estos; por otro lado, su manejo del color es solvente. Es en estos dos terrenos donde la artista exhibe un mérito reconocible y que justifica el seguimiento de su trabajo por venir.
En suma, un primer encuentro entre la pintora y su ciudad. Encuentro sui géneris, por tratarse de alguien que parece moverse con mayor soltura en espacios internacionales que en el circuito galerístico local. En esta medida, la opción de Pinasco llama la atención acerca de la ineludible necesidad de penetración del arte peruano con mayor decisión en la escena global.
LUIS AGUSTI
