Cuando Rafael Ferrer puso sus bloques de hielo en el Whitney Museum a finales de la década de 1960, dejó en claro que no sólo era un atrevido/provocador/brillante artista vanguardista que había adoptado con gran honestidad y originalidad lo que estaba ocurriendo en el mundo de las artes plásticas durante una de las décadas más importantes del siglo XX sino que estaba listo para el mismo tipo de proyectores que habían brillado sobre su hermano, el actor José Ferrer, ganador de un Óscar (Cyrano de Bergerac, 1950), en los cincuentas y los sesentas. Desde entonces, la carrera artística de Ferrer ha sido una caprichosa aunque inteligente y variada secuencia de experiencias/acontecimientos/discursos/periodos creativos en los que ha producido tanto obras muy íntimas (marcadas por un extraordinario lirismo) y verdaderas obras maestras (pinturas, esculturas, experiencias dimensionales, instalaciones) muchas de las cuales se hallan ahora en algunas de las mejores colecciones privadas de todo el mundo o exhibidas en museos como el Metropolitan de Nueva York.
En su exposición Etcétera, llevada a cabo durante febrero y marzo en la Galería Petrus de San Juan, los amantes del arte pudieron ver a un Ferrer antiguo. Marcado por la esencia de su amado Puerto Rico (el artista vive en Nueva York pero las piezas de la exposición fueron concebidas en una herida pero todavía hermosa Vieques, la controversial isla que se liberó hace poco de la presencia/los bombardeos/la destrucción ecológica de la Armada de los Estados Unidos) y la belleza/las contradicciones/la magia del Caribe en general, este maestro combina de nuevo sus recursos ingenuos/primitivos, sus talentos literarios, su interés en los discursos del arte urbano y su condición existencialista posmoderna.

En su última exposición importante en San Juan, Ferrer presentó algunos de sus nuevos protagonistas: enigmáticos mapas tridimensionales de la isla de Puerto Rico (hechos de metal, higueras y otros materiales) y con sus escenarios tropicales y sus deliciosas frutas nos recordó que es un importante pintor. En esta exposición el artista quiso compartir todo lo que está haciendo como versado cronista/ iconoclasta que ha estado experimentando como creador por más de 50 años. Es por esto que presentó jarras minimalistas (jarras murales hechas de metal y esmalte), austeras representaciones de la bandera puertorriqueña (metal), avisos (notas escritas sobre zinc) donde lo kitsch, el melodrama y el cinismo se abrazaban, y sus impresionantes cabezas (cabezas tridimensionales en metal, esmalte, graffiti), rostros/fuerzas/deidades que podían verse como un minipanteón caribeño gobernado por las leyes de la libertad y la sensualidad.
La pieza más importante, dramática y trascendental de esta exposición era Pizarras, una instalación mural hecha de 96 minitableros (dos menos de 98, el año en que Puerto Rico se convirtió en trofeo después de la guerra entre España y Estados Unidos) que eran en realidad 96 poderosos mensajes que podían leerse de manera individual o como un todo y que nos llevaban a experimentar los puntos de vista de Ferrer (¿cinismo? ¿parodia? ¿plegaria?) sobre las trayectorias y los abismos éticos y estéticos que nos definen hoy.
En esta exposición Ferrer jugó con el sexo, la sexualidad, las identidades de Puerto Rico y el macho, pistolas, juguetes bélicos, fórmulas africanas y ahitianas, la sintaxis urbana, la estética de los números, el poder de las palabras coño y puñeta, y gritó "museo de mierda". Construyó libros y se burló de los turistas. Condenó las guerras, alabó la belleza y cuestionó la fama y la fortuna. Ferrer no le teme a los ecos de Duchamp. DaDa, Dubuffet, Rauschenberg, Cy Twombly, pero, sobre todo, no tiene miedo de sí mismo porque se ha aceptado como verdadero poeta.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
