Exposición Individualjun 2006 - ago 2006· Por Carlos Jiménez

Miguel Río Branco

Galería Oliva Arauna

Entre febrero y marzo de este año Miguel Río Branco expuso de nuevo en Madrid, y las 27 fotografías que colgó en la Galería Oliva Arauna de esa ciudad compusieron no una pavana por La Habana, como tal vez hubiese querido el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, quien parafraseó en su novela La Habana para un infante difunto el título de un concierto de piano de 1899 de Maurice Ravel, titulado precisamente Pavane pour une infante défunte. No, lo que había en las obras expuestas por Río Branco en Madrid era algo mucho más sobrecogedor que lo que hay, si es que hay algo, en la pavana de Ravel. Lo que había era nostalgia e inclusive esa dulce melancolía de la que habló Verlaine. O sea, esos dos estados del alma angustiada que Cabrera Infante logró invocar con tanta maestría en su extraordinaria novela y que las fotografías de Río Branco —captadas en la capital de Cuba entre 1994 y 2001— igualmente evocan y conjuran. Solo que en la novela de Cabrera Infante, La Habana es la prolongada remembranza de una ciudad irremediablemente perdida para su autor, deslumbrado sin remedio cuando, siendo apenas un niño provinciano, llegó a ella y descubrió por primera vez que una casa podía tener una escalera y que esa escalera podía ser una gran escalera de mármol. En las fotos de Río Branco, en cambio, La Habana es sobre todo un cementerio de automóviles. Y de automóviles norteamericanos de finales de los años 50 del siglo pasado, que se quedaron en La Habana suspendidos en el tiempo, si es que hemos de creer en el registro gráfico de Río Branco, un artista tan dado, por lo demás, a enfatizar o a reiterar todo lo que en la fotografía está entregado a la suspensión del tiempo y a los deterioros causados por esa detención. Reconozco que él intentó evitar en este caso los efectos entrópicos de esa suspensión poniendo el foco de sus cibachrones en las operaciones de acondicionamiento y reparación cotidiana, en las que tanto se empeñan los habaneros que quieren mantener en funcionamiento unos automóviles viejísimos que en el Primer Mundo ya no son más que piezas de museo. Es decir, objetos de contemplación y de veneración de un público y de un coleccionismo a los que, en el fondo, nada distingue del público y del coleccionismo de antigüedades clásicas o de las obras de las vanguardias artísticas llamadas históricas. Los habaneros —que padecen problemas crónicos de transporte público— intentan que sus coches sigan funcionando mucho más allá de los límites fijados de su vida útil, y sin contar siquiera con los repuestos que ya hace mucho dejaron de producir las empresas que los fabricaron en el extranjero. En esas operaciones hay ciertamente empeño, ingenio, inventiva y picaresca, cualidades, que cuando se acoplan felizmente, logran auténticas proezas. Las proezas típicas de quienes, sabiendo lo poco que tienen, están, sin embargo, dispuestos a hacer milagros con ese poco.

Exposición Individual: Miguel Río Branco — imagen 1
Miguel Río Branco. Vestido rojo, 1994 – 2001. Cibachrome. 120 x 120 cm. (47 1/5 x 47 1/5 pulgadas). Ed. 1/3.

Pero es justamente esta dimensión vital, transformadora y tan necesaria como deseable la que se escapa irremediablemente de las fotos de Río Branco. Y no sólo por responsabilidad suya, sino también por la de un medio como el de la fotografía, tan consagrado y por la suspensión del tiempo, mediante la congelación de la imagen. De allí que, en el conjunto de la exposición de Río Branco, terminara siendo una contribución más a esos ejercicios melancólicos a los que yo mismo me entregado en mis visitas a La Habana, circulando por las calles cochambrosas de La Habana vieja, sin capacidad de entender por qué tantos edificios y tantas casas magníficas se vienen abajo sin que nadie, ni las autoridades, ni quienes las usan y las habitan, parezca capaz de hacer nada para evitarlo.

En realidad, las fotografías habaneras de Río Branco pueden funcionar muy bien como un excelente introito o proemio de las obras más reveladoras de Carlos Garaicoa, empeñado en descubrir en el entramado y en la estructura misma de arquitectura de La Habana las claves su actual estado ruinoso. Él ve en esas ruinas el fracaso del proyecto moderno, enunciado por primera vez en ese siglo de las luces que da título a una gran novela de Alejo Carpentier, y que fue llevado hasta extremos insoportables por el comunismo. Quizás Garaicoa tenga más razón que el gobierno cubano, que tiende a achacar todos los males que padece actualmente la isla al implacable bloqueo norteamericano. Pero yo, como dudo, me abstengo, y en mi abstención me dejo arrastrar sin resistencia por la dulce melancolía que toma forma y figura en la suite habanera de Miguel Río Branco.

CARLOS JIMÉNEZ

Miguel Río Branco, por Carlos Jiménez | artnexus