Árboles y lunas fue el título de la muestra que el pintor Marco Miliani (Venezuela, 1933) presentó en la Galería Durban Segnini. Serie de paisajes con tono entre nostálgico, metafísico y romántico; especie de naturalezas muertas, solitarias y quietas, como pretexto para expresar un sueño que se instala en el inconsciente del artista. Formas estilizadas de la naturaleza salvaje del trópico, decantación del trabajo realizado hasta hoy, resumen metafórico del yo en la interioridad de la visión introspectiva, como apunta el crítico Perán Erminy en el catálogo, esta serie es “el … diario pictórico del artista … que viene a ser al mismo tiempo un diálogo con la pintura, con sí mismo y con el mundo cotidiano que va viviendo sin sobresaltos ni angustias mayores …”.

Miliani es arquitecto, lo que se nota en el manejo del espacio pictórico. Comenzó a ser pintor simultáneamente con sus inicios en la facultad de arquitectura de la Universidad Central de Venezuela (1951). Kandinsky y Klee serán las influencias iniciáticas, y a partir de 1953 se instala en el mundo artístico e intelectual de la Venezuela de la época. Vivirá largas temporadas en ciudades como Maracaibo y Mérida, ejerciendo una intensa actividad como arquitecto y artista dibujante, acuarelista, pintor y grabador. Su experiencia en el campo de la plástica luminosa le ha permitido abordar la experimentación creativa en diferentes dimensiones: la abstracción expresionista o lírica, el surrealismo, el informalismo, para tomar de todo esto el todo de su trabajo creador. Si bien se inspira en el mundo visible, es indudable que el árbol simplificado en líneas-ramas proyectadas hacia el espectador en primer plano es una abstracción del bosque construido como estructura sensible plástica, con significado emocional y simbólico. El artista, en acto intelectual y poético, rompe la unidad del paisaje convirtiéndolo en unas metáforas de la naturaleza. La evocación personal y la interpretación artística se juntan, produciendo una imagen animada y dinámica de suaves penumbras, aun cuando en algunos momentos el amarillo de la luna, cual mandala iridiscente, pareciera contradecirlo. Pinturas que, realmente, parecen ser evocaciones de la intimidad del ser del artista. Miliani es un hombre reposado, de hablar suave, de sonrisa, no de risas, de personalidad calmada, siempre en paz consigo mismo. Estrecha relación entre el artista y su obra. A sus recién pasados setenta años, la pintura de este artista venezolano muestra la frescura de la visión joven que captura y atrapa el instante presente en la intemporalidad de lo que no transcurre. Trazos rápidos y seguros, color sobrio dispuesto en manchas y gestos sobre la tela, enfocan el tema hacia cargas simbólicas de efectos líricos. Miliani actúa como un romántico que mira a la naturaleza desde una perspectiva poética y, como ya dijimos, nostálgica en atmósfera y espíritu, de extraña belleza.
Los materiales que utiliza son diversos, así como diferentes las técnicas, permitiéndole dotar la superficie de la pintura de una cierta textura matérica y también visual. Dos universos aparentemente antagónicos, la abstracción y la figuración, coinciden en el momento en que se percibe el tema árboles y lunas como síntesis de la naturaleza y la imagen luna. De no ser por la representación figurativa de estilizadas ramas o árboles (y por los títulos), el resto de las imágenes cargadas de color que le sirven de fondo forman un todo pictórico podría percibirse como abstracciones geométricas o líricas. En la jerarquía estricta del tema, la estética propuesta por Miliani en esta serie de pinturas se basa en la exploración de una tradición cultural heredada y otra adquirida, así como en la realidad íntima del paisaje natural y humano.
El espacio intemporal de este paisaje intimista y universal se expresa a través del color y su visualización en texturas, el color mismo unifica las relaciones estructurales entre todos los elementos que conforman la obra. Miliani asume en este último trabajo la realidad de una naturaleza categorizada en parcelas reducidas de un universo sin límites. Árboles y lunas forman el paisaje simbólico que continúa a las últimas series desarrolladas por el artista: Rituales, Encuentro de los signos y Ciudad de hojas, y en otra dimensión del paisaje en Venezuela, aquel de carácter intimista y metafísico, comulgando con un impasible realismo inspirado en una experiencia existencial.
BÉLGICA RODRÍGUEZ
