Leo Matiz

Leo Matiz. Cartagena, Colombia, 1970. Fotografía en blanco y negro.

Monografíajun 2006 - ago 2006· Por Lily Kassner

Leo Matiz

“Yo quise ser escritor o pintor y  fui fotógrafo. Pero he sido artista. La fotografía es apenas un oficio cuando la ejerce un artesano. Pero es un arte en manos de un artista”.

Leo Matiz nació en la población costera de Aracataca, Colombia, el 1 de abril de 1917, y murió en Bogotá en 1998.

Sea este breve repaso panorámico de su vida y obra, en el que se enfatiza el lapso correspondiente a su estancia mexicana, un sentido homenaje a su memoria.

Leo Matiz fue uno de los más grandes fotógrafos latinoamericanos del siglo XX. Su obra, una de cuyas vertientes, quizá la más caudalosa, está dedicada a la actividad humana, urbana, rural, industrial y campesina, nos muestra en toda su verdad y dramatismo el poder creativo de las manos que trabajan. También pasa revista, con tino y profundidad, a innumerables rostros anónimos de la región, desconocidos personajes de raigambre popular, vasto bagaje de tipos heterogéneos que no obstante presentan un común denominador: todos corroboran gráficamente “el aire de familia” que, como dice Carlos Monsiváis, caracteriza al cúmulo de rasgos latinoamericanos de nuestra identidad, mostrando en sus instantáneas, todas inundadas de viril ternura, con solidaridad y simpatía, mediante sus reverberantes blancos, profundos negros y la extensa gama de grises, la riqueza y multiplicidad étnica de nuestros indígenas y el mestizaje generalizado que nos es consustancial; y lo hace de modo auténtico, riguroso, sin el folclorismo rampante que las fractura y manipula comercialmente.

Monografía: Leo Matiz — imagen 1
Leo Matiz. Frida Kahlo y Diego Rivera en la cocina de cerámica de Talavera. Coyoacán, México, 1946. Fotografía en blanco y negro.

Proclive al amor —formalizó matrimonio siete veces—. y viajero proverbial, su vida fue una constante errancia por todo el mundo, en la cual ni amores ni lugares lograron retenerlo mucho tiempo, aunque tuvo recodos en el camino donde su estancia en ocasiones gozó de una duración mayor, como ocurrió en México, país que amó, gozó y sufrió, como era su costumbre, intensamente.

Llegó a la ciudad de México a principios de los años cuarenta del pasado siglo, luego de un periplo cuyo itinerario, después de su salida de Colombia, a los 21 años de edad, pasó por Panamá, posteriormente Costa Rica, donde en San José expuso un centenar de caricaturas y cincuenta fotografías, experiencia que repite en El Salvador junto al grabador Amighetti, para, luego de ser representante artístico de un pianista en Honduras, entrar en el país por Tapachula al volante de su propio carro, en abril de 1941.

La capital de nuestra república, otrora ciudad de benignas cualidades que, en aquel tiempo, contaba con apenas tres millones de habitantes, en la que el fotógrafo recién llegado comparte con su paisano, el poeta Ricardo Arenales, quien firmaba su producción lírica y periodística como Porfirio Barba-Jacob, peligrosas y placenteras incursiones en los bajos fondos citadinos.

Monografía: Leo Matiz — imagen 2
Leo Matiz, 1945. Fotografía en blanco y negro.

Fue Barba-Jacob, por cierto, quien para definirlo propusiera que Matiz conjuntaba en su ser “una bacante loca y un sátiro afrentoso”, el mismo que lo presentó con Gregorio Ortega, el periodista mexicano y editor de la revista Así, donde nuestro fotógrafo ilustró, entre otros, varios reportajes debidos a plumas ilustres mexicanas, como la del poeta de la trepidante Declaración de odio, Efraín Huerta, respecto al mundo esclavizado de las costureras, la miseria de los trabajadores ferrocarrileros y el abasto clandestino de la ciudad de México. Otro reportaje memorable cuya gráfica sale de su cámara y de la experiencia de siete días vividos en las Islas Marías en compañía de su redactor, Luis Spota, es el titulado “Vengo de la isla de los desesperados”, publicado en siete entregas en la citada revista, donde también aportaría la gráfica de un texto firmado por José C. Valadés, que trata sobre una insólita población de origen ruso en Baja California, y en la cual aprende a discriminar y elegir de entre el vasto material recopilado las mejores muestras para su publicación, afinando un sentido estético que lo llevaría a ser clasificado entre los 10 mejores fotógrafos del mundo en aquella época.

Matiz, desde luego, no aprendió su oficio aquí, pero fue en México donde lo perfeccionó. Antes había trabajado, por cierto bajo las órdenes de otro poeta mexicano, autor del extraordinario Simbad el varado, Gilberto Owen, en la empresa de rotograbado de Bogotá, La estampa, y en el prestigioso diario El Tiempo, entre otras publicaciones periódicas de su natal Colombia.

Monografía: Leo Matiz — imagen 3
Leo Matiz. México, 1946. Fotografía en blanco y negro.

Un trabajo como fotógrafo profesional es referido por otro de sus paisanos poetas, también adicto a nuestra tierra natal, Álvaro Mutis, quien nos ofrece con la tersura de su prosa una certera semblanza de nuestro personaje inmerso en vicisitudes laborales, cuya transcripción por su tino se hace inevitable: “A Leo Matiz le debo las primeras imágenes intensas, inteligentes e inolvidables de México, país para mí desconocido entonces pero que me atraía poderosamente por sus pintores, sus paisajes, sus poetas, su vasta tierra llena de sorpresas. Lo que nunca pensé era que iría a vivir allí más tiempo del que he vivido en parte alguna (...) Durante varios años trabajamos juntos. Leo prestaba sus servicios de fotógrafo profesional al departamento de relaciones públicas que yo dirigía en una empresa petrolera norteamericana instalada en Colombia (...) Desde el primer día me sorprendí inmensamente ante el rigor con el cual, no sólo ponía precio y condiciones a su trabajo, sino que establecía normas correlativas de respeto y conciencia profesional que regían nuestra relación (...) Prueba de ello es precisamente la obra de Leo. No hay en ella la menor búsqueda de efectos de sorpresa ni la menor intención de hacer con la imagen literatura (...) En sus fotos no quiere decir ni más ni menos de lo que la cámara ha registrado. Hay en ellas esa honestidad básica, ese rechazo a toda retórica efectivista, a todo barroquismo de simular que las hace tan evidentemente valiosas y perdurables”.

Siempre cerca de las mesas de redacción periodística, como se dijo antes fue caricaturista en su juventud, el entrenamiento plástico de este oficio sin duda le sirvió no sólo para conformar el realismo y penetración psicológica de su galería retratística, sino también para afinar el notable sentido de la composición que ostentan sus obras, las cuales manifiestan un armónico y equilibrado espacio que envuelve y enmarca en su certera disposición al (o los) modelo(s) plasmados en sus fotografías.

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Leo Matiz. Luis Buñuel, México, 1945. Fotografía en blanco y negro.

En cuanto al encuadre, en general voluntariamente alejado del centralismo o la tendencia axial, Leo Matiz tuvo cierta predilección por el emplazamiento en contrapicada, engrandeciendo de este modo, por la peculiar perspectiva que este punto de vista proporciona, la estatura de las figuras fotografiadas, pues de esta manera el espectador las contempla de abajo hacia arriba. Es con esta técnica que captó su cámara diversas labores campesinas cuyas imágenes, entre otras, ilustran el presente artículo.

Sin embargo, una de sus fotografías más famosas, tomada dentro del lapso inicial de su carrera en México y publicada a mediados de 1941 en la citada revista Así, podría con toda razón desmentir el anterior aserto, pues ésta tiene una composición central o, más exactamente, por el dinamismo de la acción y la forma del instrumento pesquero que registra, diríamos centrípeta. Me refiero a la que expone una red abierta, en toda su circular amplitud por el impulso del brazo del pescador, ubicado al extremo de frágil cayuco, desde donde la proyecta a las aguas del mar, frente a la cámara matiziana, emplazada, centímetros más centímetros menos, a la altura del esbelto y potente lanzador marino.

Monografía: Leo Matiz — imagen 5
Leo Matiz. Ecuador, 1975. Fotografía en blanco y negro.

En nuestro país conoció y fue amigo, entre otros connotados mexicanos, de dos grandes de la fotografía, Gabriel Figueroa y Manuel Álvarez Bravo, integrándose prontamente a la lista de los creadores de la llamada época de oro del cine nacional, cayendo en la fascinación por María Félix, de quien realiza una serie de espléndidos retratos. Enriquecen también esta faceta de su acervo variadas imágenes, algunas posadas y otras plenas de naturalidad y cotidiana sencillez, de quien sería con el tiempo también internacionalmente reconocida, la pintora Frida Kahlo, en aquel tiempo casada con Diego Rivera, asimismo personaje famoso si los ha habido por él fotografiado.

A él le debemos creaciones plásticas de notable penetración psicológica, en las que captó con maestría la efigie y personalidad de muchos de nuestros más célebres artistas, literatos y hombres de estado latinoamericanos.

En uno de ellos —el surrealista poeta y director Luis Buñuel, cuya laureada y discutida película mexicana, Los olvidados, ubicada en proletarios espacios citadinos, debe al fotoperiodismo de la época, así sea de una manera indirecta y tangencial, el contexto visual de sus dramáticas imágenes cinematográficas—, insólitamente distorsiona con ambas manos sus rasgos faciales al posar para Matiz.

Monografía: Leo Matiz — imagen 6
Leo Matiz. Colombia, 1960. Fotografía en blanco y negro.

En cuanto a la composición, hay en su obra fotografías en planos generales, amplias panorámicas que por la conformación de sus objetivos nos recuerdan, si bien lejanamente y por coincidencia meramente formal, al constructivismo ruso, las cuales parecen haber sido miradas de través, de manera casi diagonal, como en los inquietantes plantíos de pepino, donde la ringlera de los surcos que se abrillantan por el reflejo del cielo en el agua contenida, cuyo carácter especular también alarga la serie de estacas o polines simétricamente dispuestos por un grupo de siluetas a contraluz, campesinos semidesnudos que se han detenido de frente a la cámara, en este extraño paisaje cuyas líneas perpendiculares se tocan virtualmente ahondándose en el horizonte, iluminado por los primeros resplandores crepusculares de nubosa figuración que en su claroscuro perecería presagiar borrasca.

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Leo Matiz. Indígena maya preparando el hilo de palma, 1945. Fotografía en blanco y negro.

Y concluye este breve ensayo-homenaje proponiendo que quizá uno de los más bellos ejemplares de su producción, en el que el reflejo acuático es intencionalmente aprovechado plásticamente por Leo Matiz, sea una marina tomada en Veracruz, en el que las siluetas humanas que transcurren en un estrecho muelle de madera. Captadas en primer plano, ofrecen una rara apariencia fantasmagórica, visión que se incrementa con un barco navegando en la lejanía, donde el linde del horizonte se diluye confundiendo el cielo con el mar, sensación que sólo recuerdo haber sentido al contemplar paisajes fluviales de Tse Chuang pertenecientes a la pintura clásica china.

LILY KASSNER

Crítica de arte.

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