Antes de que existieran el multiculturalismo, el hibridismo y el artista global existió José Gurvich, un modernista menor que, no obstante, logró sintetizar los temas y estilos más importantes de su época a la vez que absorbía una serie de culturas, todas fusionadas orgánicamente, para darle a su obra un lugar único en la historia del arte. Lamentablemente, ese legado había permanecido casi desconocido fuera de su nativo Uruguay, hasta esta primera retrospectiva presentada en Nueva York, en la que se vieron pinturas, obras en medios múltiples y esculturas en arcilla.
Nacido en Lituania en 1927 con el nombre de Joseph Gurvich, emigró a Uruguay con su familia cuando tenía seis años. Aunque tomó el nombre de José y abrazó la lengua y la literatura españolas, el artista creció hablando yiddish en la gran comunidad judía de Montevideo, el Barrio Sur. La música fue una de sus primeras pasiones y ambiciones, pero su talento estaba en el dibujo. Después de un breve período en la Escuela de Bellas Artes de Montevideo a mediados de la década de 1940, se unió al grupo inaugural de acólitos en el Taller Torres García, fundado por Joaquín Torres García, quien, recién llegado de Europa, llevó a su país los avances del vanguardismo europeo y les inculcó a sus entusiastas discípulos una nueva filosofía artística, “el constructivismo universal”.
Las enseñanzas de Torres García, que defendían la unidad de forma, espacio y vida cotidiana, le dieron al maduro Gurvich, quizás de manera inconsciente, las herramientas que necesitaba para tender un puente entre los distintos elementos e influencias que confluían en su propio mundo. Gurvich empleó abstracción y motivos geométricos recurrentes para crear “música visual”: pinturas como Construcción en blanco y negro (1962) exhiben su ferviente intento por imitar los ampulosos movimientos y tonos de su primer amor.

Asimismo, el contacto con Bosch y Brueghel en un viaje a Europa encontró resonancia, por la vía del constructivismo, en el arte de Gurvich. A lo largo de su carrera, describió la vida cotidiana y los ritmos de las comunidades de las clases trabajadoras de Uruguay, Israel y, más tarde, Nueva York. Los enfoques estilísticos de Chagall, Miró, Klee, De Chirico y Ernst se abrieron camino hasta su visión del mundo. Esta combinación de influencias artísticas y sociales está representada como un colorido y alegre remolino de animales, figuras, símbolos y formas en Mundo fantástico con fondo blanco (1966).
Esta pintura también presenta elementos de medios múltiples, como el tul: a Gurvich le encantaba coleccionar e incorporar chucherías de la vida diaria. Su empleo de arpillera como elemento superficial característico les da textura y especificidad cultural a sus descripciones de la vida cotidiana, a menudo fantásticas, y en última instancia hablaría de desplazamiento y añoranza en sus últimas obras, pintadas en East Village, Nueva York, menos de diez años después. La contribución más destacada y original del artista parece ser su sensibilidad a lo táctil como medio de acceso a la experiencia humana y a los ideales estéticos. Sus dioramas en arcilla, sus tapices del tipo móvil, y su escultura figurativa combinan formas arcaicas, materiales elementales y pedacitos manufacturados de cultura en obras impactantes, incluso místicas.
La hermana de Gurvich, Miriam, cofundó un kibbutz en Israel (donde más tarde se radicaron también sus padres). A lo largo de su vida adulta, el artista viajó con frecuencia a Israel para vivir y hacer arte en el colectivo del kibbutz, y a veces trabajó como pastor. En 1970, mientras estaba allá con su esposa y su hijo, la agitación política en Uruguay lo indujo a trasladar a su familia a Nueva York, donde se estaba montando una exposición de Torres García en el Museo Guggenheim. Algunos compañeros del Taller también se habían establecido en la ciudad, y Gurvich trató de que ésta también fuera su hogar (durante los que serían sus últimos cuatro años de vida, pues en 1947 falleció de un derrame cerebral mientras estaba en su estudio; tenía 47 años). Durante este período en Nueva York produjo inquietantes y melancólicas, aunque todavía fantásticas, visiones de la vida cotidiana, desplazada ahora a un frenético ambiente urbano.
En Nueva York, Gurvich ejecutó lo que se consideraría una culminación de la experiencia de su vida, los Proyectos para monumentos (I-IV) (1971). En témpera sobre papel, estos diseños visionarios hacen alusión a sus esculturas en arcilla, pero también contienen algunos de los temas utópicos de su temprana formación en el Taller e incluso el idealismo colectivo del kibbutz. Con el paisaje urbano de Nueva York en el fondo, Gurvich sugiere que la existencia humana es un recubrimiento de experiencia y entorno condensados en formas esenciales, reproducibles e incluso transferibles. Su corta, peripatética y prolífica vida fue su mejor ejemplo.
JOHN EWING
